Las horas

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Grandes bloques de hielo
—nítidas piedras angulares—
bajan a tumbos por una banda móvil

hacia las aspas de un feroz
ventilador giratorio; estrépito en rotación
de mil patines y luego

las partículas salen volando ruidosas
por la manguera en un chorro de polvo diamantino,
y el equipo de filmación oscurece

la bien usada nieve de Manhattan
con una réplica de la nieve.

*

Remolques por el borde del Square,
lámparas de arco, los cables enredados
de un arte técnico, y nuestro parque

se convierte en una versión de sí mismo. Caminamos
por aquí diario, mis viejos perros y yo felices
con el rectángulo abierto del aire

sostenido en su marco de torres,
las cabezas quietas y erguidas
para atrapar la atmósfera intensa

y ácida del paseo canino, caras blanquecinas
—las suyas y la mía— alzadas hacia las ramas
grises que vetean el cielo variable.
Hoy nos detienen en la orilla:
a un tipo se le asigna la tarea
de proteger el campo prístino

que una mujer va a atravesar
—una vez resueltos los innumerables
detalles— por un ángulo preciso

en dirección a West Fourth.
Están filmando Las horas,
la novela de Michael, una transmutación

de la Sra. Dalloway. Ambos libros
transcurren en un solo día de junio;
el verbo es justo; en estos libros

se respira un aire de absoluta atención,
como si su substancia
fuera una mirada enteramente abierta

a la experiencia, deseosa de conocer.
En ambos se cree que el placer más profundo
está en ver y en decir cómo

vemos, aun cuando nos derrote
la aguda aflicción de la primavera, o una ola
constante de oscuridad, cada vez más próxima.

En la versión filmada es invierno;
buscan que el estreno se dé en las vacaciones
y por tanto deben apresurarse.

Alguien grita ¡Fondo!
y los neoyorquinos contratados comienzan
a circular detrás del campo perfecto,

algo cohibidos, en patines
o de compras, tan lentos que no convencen,
así que lo intentan de nuevo, Clarissa pasa

por el arco cubierto de arena
y ceñido por eslabones de metal,
monumento que brilla gris contra el gris.

*

Ya queda menos que amar en el mundo.
Taxi en Bleeker, tarde opaca, después
del paso de una resplandeciente, después de las horas
en estaciones y trenes, borrosas praderas
por las ventanas empañadas, sueño inquieto,
camino a casa, y ahora la oscuridad adentro
del taxi más honda que cualquier cosa que pudiera

ofrecer una tarde de invierno. Nada permanece, uno
no tiene poder sobre el tiempo, estamos atorados
en un nudo de tráfico, y luego esto: la florería,

donde ayer hubo otro negocio,
¿qué era? ¿Desaparecen las cosas tan rápido?
“Flores del paraíso”, en un arco de oro

sobre el vidrio de la ventana, estantes y filas
de flores, y una extraña desenvoltura en la banqueta
y, mira: el guión delator de los cables

que entintan la calle, los remolques cercanos, las

lámparas marcianas
y una silueta solitaria en un abrigo de caqui detenida
con un puñado de flores mientras revisan
su aspecto a través del lente: Clarissa,
que compra las flores ella misma.
Lo tomo de modo personal. Como si,

por encima de todo, persistiera este emblema:
una mujer salió a comprar flores, hace años,
en una novela, y el mundo

entró en ella. Luego, en otra novela,
su doble eligió sus propias flores
mientras la vida apática y dichosa

de la calle la traspasaba, y hoy
hela aquí, fulgurante en un surco indistinto
de febrero, el ahora una imagen

reducida por el lente, una versión más pequeña
de un cuarto donde residió el amor.
Aunque continúan, la sombra y la réplica,

la copia y la repetición —adaptadas, reducidas,
vueltas a enmarcar: versiones hermosas —margaritas en un cono de papel,
perro dorado que mordisquea un guante— fugaces

y no por falsas menos verdaderas. ~

— Versión de Teresa Landa

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