León Krauze a la cárcel

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Diez treinta de la noche. Autopista 74. Carolina del Norte. Acostumbrado a los caminos de su patria, donde el único policía es el que duerme torcido sobre la cuneta, un mexicano maneja a exceso de velocidad. No demasiado. Unas 10 o 15 millas por encima de las 55 establecidas como inexplicable límite en tamaño carreterón de cuatro carriles. De pronto, de la nada, aparece una patrulla. Las veinte luces azules montadas en la parrilla relampaguean en azul. El policía, sin embargo, mantiene su distancia. Al menos 400 metros, calcula el mexicano.

“No creo que me esté diciendo que me detenga”, piensa. “No escucho que me esté pidiendo que me ‘orille a la orilla’, que, como todo mundo sabe, es la manera correcta”, le dice, sin perder la compostura, a su acompañante, otro mexicano de mayor edad que sí ha comenzado a sudar. “Mira, mano, mejor párate. No vaya a ser”, le aconseja de vuelta.

Pero el joven mexicano es muy mexicano y decide, por sus pistolas, que el mentado policía no lo está buscando a él. “Yo no hice nada”, dice a sabiendas de que ha hecho más que suficiente para tener al sheriff pisándole los talones. Así pasan quizá cinco kilómetros. Y, entonces, la patrulla acelera hasta quedar a unos metros del paisano. Y, ahora sí, el mexicano al volante se toma las cosas en serio. “No, ps creo que mejor sí me paro”, dice medio cegado por la estridencia policial.

Enciende la luz intermitente y se orilla a la orilla. El policía se queda estacionado unos metros detrás, y prende un enorme reflector. El acompañante del mexicano infractor sugiere descender del vehículo para “platicar” con el oficial. El mexicano le propone no hacerlo: ha visto suficientes capítulos de “Videos asombrosos” para saber que el policía no verá con buenos ojos a un sospechoso campechano que se acerca con ganas de explicar la fuga.

Después de varios minutos llegan, en sentido contrario, como si estuvieran ante una verdadera emergencia, dos chillantes patrullas más. Ahora son tres las que se agolpan detrás del auto del paisano. “No, pues ahora sí ya se puso esto de la chingada”, acepta. Finalmente, el sheriff se acerca cargando una linterna que podría ser un faro. “Tenemos varios problemas,” empieza. “Primero, usted no se detuvo cuando vio las luces. Después, recorrió usted más de seis millas con la patrulla persiguiéndolo. Y para colmo cruzó usted las líneas del condado. Déme su licencia.”

Imaginándose ya en una celda rodeado de muy amigables colegas delincuentes, el mexicano infractor entrega su flamante permiso de manejo coyoacanense. El policía de caminos de Carolina del Norte lo revisa escéptico. “¿No sabía que tenía que detenerse?”, le pregunta. El mexicano trata de explicar que no, que en su país las cosas no se hacen sólo con lucecitas, sino que se necesita un altavoz y la voz viril de un gendarme para indicar al malhechor lo que tiene que hacer.

Pero el policía no se compra la historia y mejor se dirige de vuelta al cónclave de patrulleros que permanecen unos metros más atrás. Pasan diez minutos. Por la mente del mexicano pasan cientos de imágenes. Se siente protagonista de Prison Break. Piensa en Tim Robbins recorriendo millas de desagüe hasta alcanzar su libertad. Considera cambiarse el apellido por Dantés. La perspectiva de pasar unas semanas en una cárcel en el sur de Estados Unidos comienza a apetecerle. Vaya historia. Vaya novela potencial. En el fondo, piensa, esto es un golpe de suerte. Seré un mártir. Seré la causa de alguna ONG. Mis ex novias me recordarán de nuevo. Por un momento, mientras ve que se acerca una vez más el policía, desea que lo esposen, que lo avienten al asiento trasero de la patrulla.

“Me veo tentado a llevarlo a la cárcel”, dice el patrullero para regocijo del mexicano. “Pero esta vez lo dejaré ir con una advertencia.” El acompañante, que ya para entonces hacía planes para llamar al consulado y hacer un escándalo internacional en las páginas de Reforma y el Charlotte Courier, respira aliviado. Al mexicano al volante lo inunda, en cambio, una suerte de desilusión. De mártir en potencia ha pasado a turista regañado. Vaya chasco. El resto del camino transcurre en silencio.

– León Krauze

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