Lo importante es ganar, no participar

Para poder mostrarnos el lado entrañable del presidente, el partido en el gobierno ha tenido que convertir la televisión pública en un órgano de propaganda. 
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Una de las particularidades de la legislatura que acaba de concluir y de la campaña electoral que empieza en unas horas es la consolidación de una nueva manera de entender la política. Hay una demanda y también ha habido respuesta: en partidos políticos, en grupos de analistas, en organizaciones que montan debates. Hace unos días, en la Universidad Carlos III la asociación Demos celebró una discusión entre Albert Rivera y Pablo Iglesias, moderada por Carlos Alsina. El debate no solo reveló que el tuitero español medio es un gran conocedor de la obra de Kant, sino que permitió observar las posiciones y algunas de las debilidades y fortalezas de los dos candidatos en algo que se parecía a una conversación.

Este lunes se celebró un debate entre los candidatos de PSOE, Ciudadanos y Podemos (el presidente del Gobierno se negó a asistir, y El País, que organizaba la discusión, no aceptó que fuera en su lugar la vicepresidenta del gobierno). Pedro Sánchez -que tenía el papel más complicado- estuvo algo mejor de lo que muchos esperaban, aunque en esa apreciación la falta de expectativas fue al menos tan importante como la calidad de su actuación. Lo contrario le podría haber ocurrido a Albert Rivera: al margen de cierta sensación de cansancio, tiene que estar a la altura de la fama casi mítica de su capacidad dialéctica. Pablo Iglesias demostró lo que esencialmente es: un tertuliano. El líder que hablaba de asaltar los cielos tuvo algún momento sorprendente, como cuando recomendó -en dos ocasiones- moderación a sus interlocutores o cuando reclamó la importancia de hacer propuestas concretas.

Los debates entre los candidatos son entretenidos y tienen la ventaja de que no hay una contabilidad fiable: a diferencia de lo que pasa en un partido de fútbol o unas elecciones, uno siempre puede pensar que ha ganado. Los tres candidatos tenían algo que ofrecer a los suyos: Albert Rivera había ofrecido una imagen institucional, Pedro Sánchez había salido vivo, Pablo Iglesias había deslizado frames en un par de chistes.

Para sentirse ganador de un debate, ni siquiera es necesario ir. Pablo Casado señaló que el auténtico vencedor era Rajoy, que había estado en Telecinco esa misma noche, con una audiencia del 16,5% cercana a los tres millones de espectadores. El especial de 13TV, que incluía el debate, tuvo un extraordinario 4% de audiencia para la cadena, 755.000 espectadores. Lo importante, dicen, es ganar, no participar.

Belén Barreiro ha señalado una brecha en la política española entre lo analógico y lo digital. Kiko Llaneras ha analizado en El Españollas diferencias entre los simpatizantes de los partidos políticos. El factor más llamativo es la edad: los votantes de los dos partidos tradicionales son mayores. El PP tiene un 31% de simpatizantes entre los mayores de 64 años, pero solo el 11% entre los menores de 34.

En algunos sentidos, el PSOE parece tener razón cuando dice que su partido es el que más se parece a España: por ejemplo, en su sensación de fragmentación y en el desajuste con respecto a su propia imagen. Su mayor atractivo está en el pasado: la modernización, la entrada en Europa y el Estado de bienestar de Felipe González, los derechos sociales de la época de Zapatero. Hay un cierto síndrome de Norma Desmond, pero también da la sensación de que el partido se ve algo más joven de lo que es en realidad.

Ayer Mariano Rajoy tuvo un 23% de audiencia y 4,3 millones de espectadores en el programa de Bertín Osborne, En tu casa o en la mía. Ahí, con un entrevistador amable, un poco golfo pero en el fondo con buen corazón, y para una audiencia que incluye a muchos de sus votantes naturales, el presidente del Gobierno aparecía más relajado y natural que sus competidores. Era un espacio de populismo amable donde se señalaba que los españoles son buena gente y donde no era difícil acordarse de la frase de Lord Hailsham: “Los conservadores no creen que la lucha política sea lo más importante de la vida… Los más simples prefieren la caza del zorro, los más sabios la religión”. Fue un gesto hábil, un gran movimiento de precampaña, que nos recuerda que el mundo es algo más diverso que nuestro timeline. Para poder mostrarnos el lado entrañable del presidente y las versiones locales de la caza del zorro, el partido en el Gobierno ha tenido que convertir la televisión pública en un órgano de propaganda: un ejemplo del deterioro institucional que, sea cual sea el resultado de las elecciones, se debería corregir en la próxima legislatura.

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