Memorables y el olvido: Brion Gysin

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Si lo que usted busca son instrucciones para trepar y ser famoso, vaya a otra parte. Aquí se cuenta la historia de un hombre, Brion Gysin (1916-1986), que hizo cuanto pudo para ser olvidado. A ver: el tipo se obstina primero en nacer en un pueblo cualquiera, Taplow, Inglaterra, y se obstina después en perder ese pueblo y en no pertenecer a ninguna parte –crece en Edmonton, estudia en Stratton-on-the-Fosse, vive intermitentemente en Nueva York, administra un restaurante en Tánger y muere, un paro cardiaco, en París.

Si lo que usted busca son instrucciones para trepar y ser famoso, vaya a otra parte. Aquí se cuenta la historia de un hombre, Brion Gysin (1916-1986), que hizo cuanto pudo para ser olvidado.

A ver: el tipo se obstina primero en nacer en un pueblo cualquiera, Taplow, Inglaterra, y se obstina después en perder ese pueblo y en no pertenecer a ninguna parte –crece en Edmonton, estudia en Stratton-on-the-Fosse, vive intermitentemente en Nueva York, administra un restaurante en Tánger y muere, un paro cardiaco, en París.

A los 19 años, una trompetilla, alguna travesura, y listo –es expulsado del surrealismo por Breton y sus cuadros son desmontados unas horas antes de que se inaugure la mítica exposición surrealista de 1935.

Dos décadas más tarde: se distancia de la tropa beatnik justo cuando esta toma vuelo y se retira a un rincón a rumiar obras improbables –un guión jamás filmado de Naked Lunch, un inconcluso libro de artista con William Burroughs, una lámpara giratoria (the dream machine) que debía producir efectos visuales semejantes a los de las drogas psicodélicas.

En el momento en que los demás artistas y escritores delimitan sus tareas y acomodan el trasero en sus respectivos nichos, él se escurre por los bordes y se pierde ya para siempre en algún pliegue –escribe novelas (The Process, 1969; The Last Museum, 1985) sólo para demostrar que las novelas marchan cincuenta años detrás del arte, pinta lienzos y papeles más cercanos a la caligrafía y a la escritura que a la pintura, graba un álbum (Junk, 1986) no para hacer música sino para leer textos que sólo desean demostrar que los textos…

A su único momento de genio, el instante en que descubre la técnica del cut-up, le sigue un momento de insólita generosidad, el instante en que regala el hallazgo a Burroughs, de ahí en adelante el abanderado de esa estrategia.

La misma historia: cuando Alice B. Toklas lo invita a participar en el libro de cocina que ella coordina, él revela su receta especial –esos brownies de cannabis que a partir de entonces serán conocidos, ay, como los Alice B. Toklas brownies.

Además, claro, están sus dudas (“The way is nor this nor that”) y ese ánimo lúdico (“I enjoy inventing things out of fun. After all, life is a game, not a career”) que, ya se sabe, puede divertir pero no lleva –no, señor– a la fama.

Ahora bien: ¿cómo olvidar, de veras olvidar, a un tipo así?

Porque nada más no se puede, por ahí es posible todavía escuchar su voz y ver su rostro y toparse con algo de su obra, de su vaga sombra.

– Rafael Lemus