Mutis de vuelta

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¿Qué escritor colombiano puede dialogar hoy en día, con tranquilo entusiasmo, con autores tan diversos como el italiano Ungaretti, el francés Ponge, el polaco Milosz o el brasileño João Cabral de Melo Neto, además de los que son o han sido sus amigos personales, como Octavio Paz y Gabriel García Márquez?
Sin lugar a dudas el único que tiene la vasta cultura universal para traspasar lenguas y fronteras y unirse en torno a un estimulante coloquio, donde la poesía y el destino de la criatura humana sobre este planeta incierto logre unir a todos ellos, es Álvaro Mutis, nacido en 1923.
      
     I
     Su obra está traducida a veinte lenguas (inglés, francés, alemán, italiano, portugués, japonés, griego, hebreo, turco, polaco, holandés, sueco, danés…) y cumple así la petición de Goethe sobre una literatura mundial. Pero además su poesía y sus cuentos, novelas y ensayos trazan una vasta parábola de referencias —desde la Biblia, pasando por las culturas islámica y bizantina, hasta llegar, por ejemplo, a la figura de Simón Bolívar— que esclarece,  en el espacio de sus páginas, las complejas relaciones entre Europa y América.
     Un diálogo universal de culturas que, como lo ejemplarizan sus ensayos y notas de lectura, revela un muy preciso conocimiento de la literatura rusa, la historia francesa o la novelística norteamericana, sin soslayar por ello, en ningún momento, el papel conformador de España en la idiosincrasia americana.
     Mutis, como lo pedía Borges, es un buen cosmopolita y a la vez un latinoamericano capaz de entender, comprender y valorar, en sus creaciones, las variadas patrias que un mundo muy amplio nos brinda. Mundo visto desde una perspectiva unificadora y a la vez marginal: la que nos da un desplazado, errante por los mares del mundo, que asume sus aventuras, tan peregrinas como irrisorias, con una fatalidad lúcida. Su conciencia de la desesperanza es una firme toma de partido para abordar las complejas relaciones entre una naturaleza tropical y sus insondables criaturas. Ahí surge Maqroll el Gaviero. Clarividente y despojado de todo engaño, convive, además, con una sobria y elevada piedad por las ilusiones de la criatura humana, lo que hace de Maqroll una de las más logradas creaciones de las letras hispanoamericanas en este siglo. Para lectores de todo el mundo, se ha vuelto un ser entrañable y necesario.
     Quizás comparten con él lo que el narrador de Amirbar dice sobre el personaje: "un asentimiento a las leyes nunca escritas que rigen el destino de los hombres y una muda, fraterna solidaridad con quienes habían compartido un trecho de ese camino hecho gozosa indiferencia ante el infortunio."
     Todo ello, además, se sitúa en el sugerente marco de una tierra caliente donde el esplendor y el hastío, el consuelo de la carne y la violencia del poder, la fragilidad de la memoria y el arrasador ímpetu genérico de una naturaleza bravía se conjugan para definir el terco afán del hombre en su anhelo de persistir: su propósito, siempre fallido y cuestionado, de hacer más consistente el tránsito personal en medio de sociedades frágiles y conflictivas. De ahí que la selva, el burdel, el barco a punto de ser desguazado o la quimérica busca del oro se nos ofrezcan como escenarios privilegiados. Allí podemos ver mejor la eclosión de las pasiones y su ineluctable agonía.
     Una conciencia muy antigua se confronta con un mundo en perpetua crisis y reelaboración. De allí han surgido las vigorosas páginas de La Nieve del Almirante, Ilona llega con la lluvia, La última escala del Tramp Steamer, Un bel morir, Amirbar, Abdul Bashur, soñador de navíos y los testimonios incluidos en el Diario de Lecumberri. Con refinada sabiduría literaria, Mutis termina por elaborar una saga que, si bien se inicia con la poesía, recopilada en la Summa de Maqroll el Gaviero, con sus entrecruzados ecos de Saint-John Perse y Pablo Neruda, nunca ha perdido el contacto con ella.
     Por el contrario, su ficción termina por ofrecer una postrera y sagaz imagen no sólo de Colombia y las tierras cafeteras de su infancia —que cada día pierden mayor peso específico en la economía de un país que llegó a caracterizarse por ese producto—, sino que se proyecta a todo el continente americano, en reiteración de iniciativas truncas y quimeras fallidas.
     Muestra así, indirectamente —como corresponde a toda ficción válida—, cuánto ha cambiado un país y cómo los valores sobre los que se asentaba han sido arrasados por las duras y aflictivas circunstancias de una desigualdad secular y unas nuevas y ambiciosas clases sociales, ávidas de satisfacer la demanda de las drogas que Estados Unidos y Europa reclaman todos los días. Pero Mutis va siempre más allá de los aparentes determinismos políticos o económicos, en un claro propósito de plantear preguntas esenciales y confrontar a sus personajes con su propia verdad trascendente. La gente guerrera  bien puede caer en ensimismada contemplación budista. A la plenitud no le es ajena la nada.
     Así, desde su exilio en México, Álvaro Mutis ha logrado certeras y conmovedoras recreaciones de su tierra y de la realidad americana en general, y a partir de ellas ha edificado un mundo propio que perdurará por su rigor interno y por su fidelidad a las obsesiones que lo acompañan desde 1948, cuando publicó su primer cuaderno de poemas: La balanza. Sus personajes han madurado en el fuego fecundo de una larga convivencia.
     Se entrecruzan en ellos los aportes de la herencia cultural europea y occidental con los mestizajes, adulteraciones y metamorfosis que ella experimenta al llegar al Nuevo Mundo. Pero su obra no es un ensayo sobre la identidad: es un logrado espejo para mirarnos a nosotros mismos. La utopía que Mutis termina por proponer es precisamente la de una lectura infinita, semejante a la que Joseph Conrad esbozó refiriéndose a Marcel Proust: aquella donde el análisis se ha vuelto creador; donde el libro no se agota en una única lectura: nos acompaña en los sucesivos cambios que jalonan nuestra vida. Por ello ya es hora de volverlo a leer, de vuelta.
      
     II
     Si bien la poesía de Mutis trae un tono desusado a la poesía hasta entonces escrita en Colombia, y esto se hace aún más singular al agruparla toda en torno a una imaginaria máscara poética —la de Maqroll el Gaviero y sus irrisorias aventuras—, una porción considerable de su obra, sobre todo en los últimos años, se enfoca hacia lo que, utilizando la expresión de Valéry Larbaud, podríamos llamar "dominio hispánico": desde la Córdoba del califato omeya hasta el Escorial de Felipe ii, pasando por la figura del Quijote. Se abre hacia una dimensión histórica muy concreta, a pesar de su vasta dimensión temporal, que contrasta, de modo notorio, con los azares casi delictivos con que Maqroll da bandazos, entre esguinces a la policía y sospechosos contrabandos de armas. Sólo que una corriente milenarista, de asumido fatalismo, termina por fundir estos hemisferios en apariencia tan disímiles.
     "Tedio y ceniza", "Rutina y pesadumbre", "nada ocurre": las letanías que el poeta había salmodiado una y otra vez —rechazando las posibilidades de la poesía, en este tiempo de los asesinos que mencionaba Rimbaud—, se vuelan hacia un pasado de dominio imperial e intolerancia religiosa. Todo ello dentro de la atmósfera fúnebre de un duelo y un entierro. La palabra como último crespón de luto. El mismo que el arquero de los tercios de Flandes, relator de desastres, dibuja con sugestiva imprecisión: afín, por cierto, al ejercicio de introspección con que Maqroll repasa sus peregrinajes.
     Por ello Mutis, el admirador de Napoleón o del castillo que, en Vaux-le-Viconte, construyó Fouquet, introduce así la amarga gota de escepticismo reaccionario en los fastos de una historia que parecía regir el mundo. Nunca deja de señalar la "desleída necedad" de un presente que no sólo le resulta abominable sino peor aún: anodino. Y pone en boca de su personaje femenino en La última escala del Tramp Steamer (1988) esta desencantada reflexión, que ya creemos haber oído tantas veces, y que quizá encierra estos dos mundos, en apariencia tan distantes, en un mismo círculo de eterno retorno: "Pero si quiere que le cuente lo que voy sintiendo en Europa, le diría que es una lenta pero creciente decepción." "Es como si todo esto que ahora trato de ver y de absorber en Europa ya me fuera conocido y ya me hubiera aburrido antes".
     Ese déjà vu une a Mutis con García Márquez en sus reflexiones sobre una historia europea que se erige como la historia por excelencia —ante la cual los conatos de independencia de los países periféricos semejan siempre gestos truncos que no terminan por concretarse— y depara dos resultados: la constatación de una violencia que no es propiedad exclusiva de ningún pueblo del mundo, sino que todos la ejercen en determinados momentos y con intensidades afines, y esa sensación alucinante de estar siempre repitiendo los mismos impulsos para concluir siempre en idénticas acciones baldías. Todo ello justificado por una retórica cada vez más vacua y erosionada: la del progreso.
     Las sociedades marginales, que repiten fatalidades previas y scondenas ancestrales, intentan en vano exorcizar viejas deudas. A partir de allí la cadena de venganzas resultará inexhausta: un tumultuoso río de sadismo, degüellos y rabia que sólo la poesía de la ficción es capaz de conjurar, dándonos a entender cómo la lección europea no consiste en conocer mejor el pasado para así no repetirlo, sino en dejarlo de lado para construir nuestros propios olvidos. Ese inmenso olvido que sólo la escritura es capaz de preservar, guardar y rehacer en forma definitiva. La feliz amnesia que la imaginación engendra al cancelar lo que fue y proponer lo que todavía no existe, salvo como opción de lectura. Por ello hay que volver a Mutis, de vuelta.
      
     III
     Lo que era fasto y ceremonia en el entierro del Duque de Viana, por ejemplo, terminará por equipararse con la dilatada agonía con que Maqroll parece sucumbir, muerto en vida, en la succionante vorágine de la selva, cuando astutamente se lo preserva como hilo resurrecto de un relato inacabable. Todos —guerreros o parias, zarinas o apátridas— concluyen en la misma inerte materia: en el desdeñoso voltear de la espalda con que las cosas nos dejan para siempre ("Historia natural de las cosas"). Esa espera permanente de "la inefable señal, la siempre esperada y siempre postergada/ señal de su definitiva disolución en la nada bienhechora", como dice Mutis en su poema "Noticias del Hades", es lo único que subsiste en medio de las trapacerías con que los listos se engañan pretendiendo engañarnos, y con que los reyes edifican sólidas celdas para aislarse mejor, allí, en la soledad de sus rezos. Todos incapaces ya de eludir el más radical examen de conciencia, y confiando apenas en la injusticia de Dios para recibir un perdón que ni aun así aliviará la llaga siempre abierta: vivir y verse vivir, al mismo tiempo.
     "La encontrada estrella de su errancia insaciable", dirá Mutis refiriéndose a su personaje. Pero cuerpos y negocios, ferocidad del entorno y miseria corporal terminan por mirarse con el mismo "leve asombro" con el cual Felipe ii contempla "el torpe desorden/ y la fugaz necedad de las pasiones". Esa negativa a comulgar con ruedas de molino, sin embargo, no se evade hacia fantasías sustitutivas ni hacia redenciones impensables. Todo está en su sitio.
     Las princesas se hallan presas en el marco de sus cuadros, y el pincel de Sánchez Coello sólo registra un admirable teatro de sombras. El único acorde posible entre la naturaleza americana y la historia europea radica en la aceptación de esa diferencia tajante: ese desencuentro reconocido, que no se aliviará con la rapacidad del mercado libre ni las falacias de una globalización desigual, sino con aceptar, a partir de la muerte ineludible, la simple, redentora fatalidad humana.
     De allí que el poeta comience por reconocer, desde el inicio, su fracaso, sin atenuantes. Los ácidos del análisis han resultado implacables. Pero de ese mínimo extracto, con que la poesía reduce los seres y los hechos a simple nada, surgen certezas irrefutables. A ellas debemos aferrarnos. Por ejemplo a "la nostalgia lacerante de un enigma/ que ha de quedar sin respuesta para siempre". La misma que Gershom Scholem nos planteó, al preguntar si acaso no era el propio Paraíso el que había perdido más con la expulsión del hombre. –

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