Niños en peligro

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Hacia 1985 –cuando apareció la primera novela de Bret Easton Ellis– tomó cuerpo una figura emblemática: el joven que quisiera ser convencional y no puede. La orfandad, la frivolidad y la nostalgia fueron sus rasgos. Detrás había un problema nunca bien ponderado: la reticencia a afirmarse, una como renuencia a la libertad. Para explicarla se invocó desde la confusión posmoderna hasta el fin de la utopía. Más pertinente, tal vez, habría sido una pregunta simple: ¿de dónde venían esos desganados, cómo había sido su infancia?

Meter en esta discusión a Ellis es natural; mentar a Kazuo Ishiguro ya es más raro. Uno es arquetipo del escritor juvenil, el otro parece haber sido siempre adulto. Ellis es el exceso y la mala educación, Ishiguro la disciplina y la cortesía. El hecho es que los dos, en sus últimas novelas, abordan la infancia; los dos –uno por vocación, otro por años– son miembros de la “generación X” que han llegado a la mediana edad y empiezan a mirar atrás; y al hacerlo echan luz, por fin, sobre su problema con la libertad.

Lunar Park, el nuevo libro de Ellis, viene adornado con un toque de chic posmoderno: un narrador que se llama igual que el autor. Pero lo central es el viaje alucinado a la infancia que “Bret” emprende el día que decide convertirse en padre. Algo va mal en la casa de los Ellis. El hijo adolescente lo odia; Sarah, la hijastra, se queja de su muñeco, una especie de pájaro siniestro: “Papá, el Terby está furioso”. (Terby, en uno de los momentos más camp del libro, resulta ser un anagrama: “ybret”, es decir Why, Bret?). Más tarde aparecen marcas de uñas en un muro, un gato destripado. Más porfía Bret para hacer de padre y más abundan esas advertencias. Los muebles cambian de lugar, emulando los de su habitación de niño. Recibe una filmación de las últimas horas de su finado padre. De éste –un abusivo al que Bret nunca perdonó– es también el auto color crema que acecha, así como Patrick Bateman, el protagonista de American Psycho, cuyo modelo fue igualmente su padre y que ahora anda por el mundo real. Cada mañana los diarios reportan niños desaparecidos.

Como en todo relato de terror que funcione, el trasfondo de Lunar Park es la tristeza. No se anda con vueltas Bret: si lo ronda el fantasma de su padre, si teme que a su hijo le pase algo, es porque ahora él ha asumido ese papel –padre, marido, burgués del suburbio– que hizo de su infancia un infierno. Todo ese cotillón de película clase B –lápidas, babas, muñecos malditos– corporiza el entramado de rencores y culpas que suele mortificar a quien funda una familia, ese punto de no retorno de la vida adulta. Pero, como en los sueños, lo aterrador también encubre un deseo; y Bret, creo que no por casualidad, acaba expulsado por sus monstruos, exiliado –¿voluntario?– de la normalidad que alguna vez buscó.

No les pasa lo mismo a los chicos de Nunca me abandones, la novela de Ishiguro. Lo que en Ellis es cine de terror, aquí es ciencia ficción y distopía. Hailsham parece un clásico colegio de élite: rural, bucólico, tolerante, con énfasis en la creatividad artística. A sus estudiantes les preocupa lo habitual: quién es amigo de quién, quién hace los mejores dibujos. Sin embargo el privilegio oculta una extraña precariedad: su ropa, sus objetos personales, son donativos o desechos. Más que educarlos, la meta parece criarlos como ganado. Un día una profesora los ilustra: todos son clones, creados para servir como donantes de órganos. Nadie cuestiona este destino atroz; a lo más que llegan Kathy, Tommy y Ruth, los protagonistas, es a abrigar la esperanza –fútil– de que el amor o el arte permita obtener una “prórroga”.

Ishiguro, pese al barniz dickensiano, convoca tanto como Ellis los tópicos de la “generación X”: el desamparo, la ausencia de ideales, las trampas del privilegio. También: la sensación histórica de haber llegado tarde, de vestir prendas ajenas. Lo llamativo es la impertérrita mansedumbre de los “donantes”. En Los restos del día (1989) la resignación se explicaba por el maniático ideal de compostura del protagonista; pero nada equivalente justifica a estos personajes, a quienes, fuera de su condición –meramente retórica– de clones, les sobrarían razones para rebelarse. ¿Por qué no lo hacen? En parte porque, como los personajes de Ellis, los clones de Ishiguro son trasuntos de la juventud acomodada posterior a los años sesenta. Unos y otros comparten un dilema: ¿qué se hace, cuando uno ha tenido una infancia a la vez consentida y desamparada y al margen del mundo real, al llegar a la edad adulta?

Ishiguro y Ellis tienen en común la nostalgia, la conciencia de que toda vida marcha hacia un matadero. Lo que los separa son sus opciones morales, que son también de forma. El terror de Ellis es una revuelta visceral contra el destino; y si Ishiguro se queda en el mero malestar y la melancolía es porque el destino de sus criaturas, en el fondo, no lo incomoda en exceso. Ellis es un escritor desparejo, plebeyo, de mal gusto; su coetáneo lo supera de lejos en finura, pero al leerlos sentí que de optar íntimamente por Lunar Park dependía algo inesperado: mi libertad, mi dignidad de hombre. ~

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