Nos dejan hablando solos

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Hace unos días se apagó la vida de Alejandro Rossi y ya se escucha de nuevo aquel ladrido de las manadas de perros hambrientos que, como él mismo consignó en un texto impar, cruzan la Ciudad Universitaria de noche en busca de suculentos basureros. Una imagen exacta y con cierto tono crepuscular, una entre las muchas que el lector puede encontrar casi en cada página y en cada párrafo de su irregateable y concentrada obra. En la gran cuenta del Tiempo, de la que él tanto y tan eficazmente desconfiaba, hace apenas unos cuantos segundos que Ángel Jaramillo y yo lo entrevistamos para La Jornada Semanal —el domingo 9 de junio de 1996, para ser precisos. Desde antes, con los textos del Manual del distraído, El cielo de Sotero y Fábula de las regiones, la lectura de Rossi se había vuelto un auténtico magisterio literario, en el que además converge el gusto por el juego, la moral y la amistad. Para un par de tiernos y fatuos lectores que presumían poder recitar a la menor provocación las primeras e implacables frases de “En plena fuga”, su ingreso al Colegio Nacional en febrero de ese año supuso el pretexto inmejorable para conocer al mítico discípulo de Ryle en Oxford y de Heidegger en Friburgo, al autor de Lenguaje y significado e introductor de la filosofía analítica en México.

A la distancia resulta no ser una casualidad que la entrevista apareciera en el número 66 de La Jornada Semanal con un título inequívoco: “Los pretextos necesarios”.

A la manera de un hábil y diligente Metternich de la prensa cultural, Juan Villoro, entonces director del suplemento, intercedió para que la entrevista pudiera llevarse a cabo. Tras un breve intercambio de comentarios y preguntas vía fax, una tarde de mayo Jaramillo y yo nos dimos cita en un café cercano a la casa de Rossi. Llegado el momento, tocar a su puerta supuso un desafío mayor para el que nadie puede estar demasiado listo. Recuerdo que una señora amable y bajita, impecablemente uniformada, nos condujo hasta la sala, donde pasaríamos las siguientes dos horas con los nervios de punta. Desde una escalera, pudimos escuchar el carraspeo de Rossi avanzando hacia nosotros. Nos saludó sin excesivas formalidades y enseguida dio inició la entrevista. Rossi se acomodó en un sillón y no dejó de mirarnos por encima de sus anteojos. A ratos dejaba escapar un resoplido que en un principio confundimos con una justificada impaciencia ante nuestras preguntas. Nada más lejano que eso. El hecho de llevar un cuestionario anotado no solamente favoreció una cierta continuidad en nuestra conversación, por cierto no exenta de improvisaciones y giros espontáneos sobre algún tema no previsto, sino que además nos salvó de parecer un par de antropoides demasiado nerviosos ante los ojos del maestro. No faltaron la curiosidad por parte de Rossi ni el breve examen hacia sus entrevistadores. “¿Ha leído usted a Heidegger?”, recuerdo que le preguntó a Jaramillo, cuyas abrumadoras lecturas le permitieron salir del paso con suficiente decoro. En algún momento Rossi se detuvo y dio una orden marcial: traigan el whisky. La entrevista fue en realidad una larga y placentera divagación por las zonas y los territorios que cualquiera asociaría con Rossi: el doctor Johnson y otros célebres conversadores, el tequila, Borges, la novela policiaca, las mujeres, el cigarrillo, los hábitos y supersticiones que revolotean alrededor del ejercicio de la escritura.

La tarde pasó fugaz. Aquella fue una oportunidad invaluable para que Rossi demostrara, en la placentera intimidad de su propia casa, que la conversación es la continuación de la literatura por otros medios.

Siguieron un par de encuentros más para comentar y revisar distintos borradores de la entrevista, varios vasos de refrescante Campari en la legendaria veranda y con el murmullo vegetal de su jardín como telón de fondo. Al final creo que Rossi simpatizó con nosotros, sus inocentes y boquiabiertos interrogadores. Por razones del azar y la fortuna, cayeron en mis manos aquellas cuartillas sembradas de tachaduras y correcciones en las que Rossi despliega su ingenio creativo, su inteligencia e intuición a la hora de trabajar a fondo un texto. Las atesoro como el preciado documento que me obsequió un escritor titánico. Aún así, sigo envidiando a cualquiera que el día de hoy, esta misma tarde o en las próximas horas de la madrugada, está a punto de abrir un ejemplar del Manual del distraído por primera vez.

– Bruno H. Piché

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