Max Schreck como Nosferatu, 1921

Nosferatu: historia y vida / 1

Primera parte de una historia de esa criatura de la noche, el murciélago-vampiro.
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Cuando empiezo a teclear estas líneas, allá en Hollywood, o en cualquiera de sus sucursales o réplicas en el mundo, se estará filmando una enésima versión o secuela o parodia de Drácula, de modo que el personaje nunca dejará de ser uno de los Inmortales del Momento… et tout terriblement (como decía Guillaume Apollinaire).

El siempre retornable vampiro humano pertenece a las mitologías nocturnas y terroríficas. En la Edad Media y hasta el siglo XVI espeluznaba a la gente más que el volátil fantasma o espectro. Según el médico alemán Andrés Rudigero(1673-1731) en su tratado Física divina, si a los fantasmas, seres de nula corporeidad, los disuelve la luz del día atravesándolos como al agua o al cristal, en cambio los vampiros humanos, aunque también son perecederos a la luz del alba, resultan más temibles porque poseen densidad carnal (aunque nunca se ha visto un vampiro cabalmente gordo: sería menos horroroso que ridículo). Al parecer, Rudigero había comparado, reloj en mano, el tiempo en que se desvanecía un fantasma y el tiempo en que un vampiro quedaba, literalmente, hecho polvo. Y, por cierto, si en su pasada vida viva el vampiro había sido loco por las mujeres, tras la muerte se convertía en polvo enamorado (de lo cual podemos deducir que cuando Quevedo escribió el sublime endecasílabo “polvo seré, mas polvo enamorado”, tal vez decía entre líneas que deseaba convertirse en vampiro, pecado del que, con una estricta piedad, lo habría corregido a hierro y fuego la purificadora Santa Inquisición).  

En antiguas crónicas, en páginas quebradizas y de letra gótica, son las mujeres quienes más se pretenden vampirizadas, y los hombres no tanto, pero ellas y ellos coinciden en atribuir causas sobrenaturales a los hechos que evaden la razón. Con el fin de rechazar o aplacar a esos muertos que retornaban rencorosos y/o lujuriosos para seducir y desangrar y vampirizar a los vivos, se les clavaba estacas en el corazón, se incineraban sus cadáveres, se inscribían exorcismos en las lápidas, se ponían cruces y ristras de ajos en las ventanas y chimeneas por donde, resurrectos, podían entrar. Pero, como la angustia, más que el dolor, se asocia a la idea de la muerte, se creía que los Blutsauge (traducción: los sorbedores de sangre) eran tanto más temibles por cuanto casi no causaban dolor físico: la agonía de la víctima vampirizada era un lento, largo y casi dulce desmayo. Tampoco los grandes murciélagos de las tierras centro y sudamericanas, los precisamente apodados “vampiros”, hacen sufrir a la res y a la bestezuela a las que aplican mordedura tan suave y casi tan tierna como el amoroso “beso mordelón” cantado en el melodrama de barriada del cine mexicano.

Criatura también de la noche, el murciélago-vampiro, de fealdad honorablemente gotica, de maligna cabeza de duende, de alas membranosas y ganchudas como las de Satán, es calvo y ratonil, y por eso en Francia lo llaman chauve-souris, es decir “ratón calvo”. Dotado de radar para sus viajes aeronáuticos y para detectar en su presa el bocado más sabroso, lleva en las venas una sustancia venenosa y/o adormecedora: la draculina, como quisieron llamarla los científicos descubridores, quienes evidentemente habían leído a Stoker o visto alguna película draculesca. A tal sustancia también se la pudo llamar nosferatuina, pues Nosferatu es, como veremos, el otro nombre de Drácula.

El personaje tiene fundamento histórico.  Se basa en el vóivoda Vlad Drácula, un tenebroso príncipe de los Cárpatos, un jefe guerrero, torturador y empalador de invasores turcos, y héroe patrio de la vieja Valaquia, que vivió aristocrática e ignominiosamente en el siglo XVI. Resulta ser, entonces, el modelo original, aunque para nada es un modelo moral, de una ficticia familia sucesiva de Dráculas y de Nosferatus llevados a las páginas y a las pantallas.

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En las anteriores líneas quizá se ha demostrado que el vampiro existe tanto en la zoología como en la leyenda, y ahora falta detectarlo en la literatura o el cine de ficción.

El primer novelador formal de Drácula fue el irlandés Abraham “Bram” Stoker (Dublin, 1847 – Londres, 1912), periodista, administrador y prácticamente sirviente del célebre actor shakespiriano Henry Irving, que lo tiranizó y humilló durante años hasta que un día “Bram” descubrió, en amarillentas crónicas acerca del vóivoda Drácula, algunos abominables rasgos de de conducta que también percibía en el pomposo Irving , quien además de exigirle que le sirviera puntualmente el five o’clock tea, lo aburría improvisando monólogos dizque hamletianos a propósito de cualquier vulgar minucia de la vida cotidiana. Así que, documentándose en libros, en archivos, en antiguos pergaminos y papeles colectados en sus viajes de periodista por la Europa Central, Stoker decidió fundir al príncipe de los Cárpatos y al actor tirano en una novela fantástica que sería su venganza y una obra maestra en el género por ella misma iniciado. Y acertó, pues Drácula, publicada en 1897, se inició y perduró en el buen éxito, y salió de los estantes de la literatura menor cuando, un siglo después, el exigente ensayista y crítico Harold Bloom la incluyó en la privilegiadora lista de su libro El Canon Occidental y se declaró fan de todas las películas draculianas.

 

(Continuará

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