Novedad de la nieve

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1

Hoy en Saltillo ha caído la primera nieve en años (“seis, siete años”, dijo el locutor). Recuerdo intensamente aquella nevada. Primero, porque fue tres o cuatro veces mayor que ésta. Y, segundo, porque cayó de manera temprana y sorpresiva un 12 de diciembre. El día del cumpleaños de mi madre. “Es mi regalo”, recuerdo que dijo ella. Hace cuatro meses, un 10 de septiembre, mi madre murió de septicemia derivada de una leucemia mielítica aguda que la había aquejado durante más de un año. Inevitable, cursimente, repito hoy ese poema que José Carlos Becerra escribiera al fantasma de su progenitora: “Hoy llueve, es tu primera lluvia”.

Y, al mismo tiempo, no: lo que hace que esta nieve sea la misma que antes es que está cayendo por primera vez. No hay nada nuevo bajo la nieve. Y mi mamá no fue enterrada sino que yace hecha cenizas (cenizas tan mansas e invisibles e inexorables como los copos de esta nevada diluida) dentro de una horrible urna que imita al mármol color de rosa que imita la forma cúbica del mundo.

2

Hace mucho, en diciembre de 1993, cometí la imprudencia de casarme con una mujer religiosa. Naturalmente, lo hicimos por la iglesia. Todas las tardes de una semana especialmente helada acudí a las pláticas premaritales que nos obsequiaba un anciano muy solemne. Cada vez que yo me quejaba del frío, él engolaba la voz para decir: “yo dejé de tener frío después de la Gran Nevada”. Por las noches, mi fiancé y yo cenábamos en casa de sus padres. Por tratarse de la época de fiestas, la casa estaba siempre llena de comensales. Entre los concurrentes destacaba un septuagenario alcohólico, tío abuelo –creo– de mi novia, que cada vez que alguien abría la puerta y entraba el ventarrón él exclamaba: “¡Ay jijo e su pinche madre, ciérrenle que nos alcanza de vuelta la Gran Nevada!”…

Platicando con ambos viejos (“adultos en plenitud”, los llaman ahora los charlatanes; pero yo hablo de gente que vivió en tiempos más dignos que éstos) me enteré de que la Gran Nevada había abatido a mi ciudad en el cincuenta y tantos. Nevó sin parar durante más de una semana. Puesto que el pueblo no estaba preparado para semejante acontecimiento, toda la vida comunitaria se detuvo: cerraron las iglesias (me dijo el anciano de las pláticas premaritales) y hasta las cantinas (terciaba por la noche el tío alcohólico). En los entreactos de la liturgia y la parranda, ambos hombres me contaban espléndidas anécdotas: de cómo un cura defendió a punta de escopeta los predios suburbanos invadidos por su grey; de cómo el abuelo de mi novia, primer taxista del pueblo y miembro de la policía secreta, había matado a balazos al líder de los tablajeros porque este último se oponía a las políticas económicas del señor gobernador en turno.

Siempre quise escribir una crónica que diera cuenta de la historia moderna de Saltillo a través de esas dos voces (misa y cantina) y tuviera como eje la nevada del cincuenta y tantos. Hablé mucho del proyecto. Nunca lo llevé a cabo: estaba ocupado casándome, divorciándome, teniendo unas cuantas amantes y dos hijos. Ahora ambos viejos están muertos. Por fortuna, nadie llegó a humillarlos nunca con motes como “adultos mayores” o “adultos en plenitud”, expresiones de las que seguramente se habrían burlado. Como se burlarían de esta ridícula nevada, de este friecito –para ellos– ínfimo.

Supongo que el recuerdo del frío hace menos frío el frío.

3

En uno de sus libros (no recuerdo si en las Seis propuestas… o en Por qué leer a los clásicos; estoy citando de memoria) Italo Calvino llama la atención sobre el modo en que Dante construye la visibilidad de sus imágenes. Dante-personaje ve los acontecimientos, mas no en forma tridimensional: las visiones (especialmente las del infierno) se le presentan a manera de grabados, superficies planas, mecanismos que carecen de profundidad. Incluso hay un momento en el que el personaje cierra los ojos y las imágenes infernales siguen cayendo (cayendo y no simplemente “apareciendo”) debajo de sus párpados. Y entonces Calvino cita un verso impresionante: las imágenes caen bajo los párpados “como blanca nieve que cae sin viento”…

Me asomo a la ventana y entiendo con todo el cuerpo esta imagen: el frío, cuando es extático, es capaz de plegar sobre sí misma la realidad. La calle de mi casa parece un grabado que los copos de nieve van sutilmente imprimiendo –o borrando.

– Julián Herbert

El Morillo, 8 de enero de 2010