Otro príncipe proletario

Los líderes sindicales conforman una aristocracia absoluta que no rinde cuentas, que es vitalicia y hereditaria, exceptuada del escrutinio y amparada por derechos divinos.
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Qué rara cosa esta fascinación mexicana con la aristocracia, esta nostalgia de las figuras reales elegidas por Dios e investidas de poderes absolutos, coronadas la testas de oro, cubiertos los hombros de armiños y de seda china las imperiales nalgas.

¿Será una pulsión inconsciente de los años en que el emperador azteca era un diosecito emplumado, con su harén y su berrinche? O peor aún, ¿será consciente? ¿O habrá logrado destilarse en la retorta de la Nacional Psique Patria por la envidiosa memoria de los reyes españoles que la subyugaron luego?

Un par de veces inventamos emperadores fulgurantes y emperatrices cachetonas, ducados y marquesados de oropel, condesas de tutti frutti, desfiles suntuosos en carrozas de merengue, banquetes con ricos y deliciosos tamales oaxaqueños rellenos de pavorreales y todas esas cosas tan elegantes que tan patéticamente azuzan la desigual batalla contra el complejo de inferioridad, que sigue cotizándose a la alza.

Que toda esa pataleta por no ser un reino, y mucho menos un imperio, esté refundida en los principios republicanos, con su supuesto culto de la moderación y la probidad, solo ha servido para crear aristocracias supletorias: abyectos marquesados de chapuza con fortunas sospechosas, emperadores de polvorón sentados en tronos de paraísos fiscales, rodeados de princesas de diamantina y delfines que aprenden polo montados en caballos con más pura sangre de la que jamás tendrán ellos.

Las fantasías por ingresar a los almanaques de la aristocracia atizan a políticos que mercan principados de papel en las nomenclaturas de sus partidos, y en los prohombres de la industria y el comercio que se coronan de paspartú en los palmarés de Forbes (sí, estos por lo menos arriesgan algo y crean empleos —que tratarán de pagar tan mal como se pueda).

Pero mis preferidas son las casas reales mexicanas que presiden sus altezas serenísimas los líderes sindicales: una aristocracia absoluta que no rinde cuentas, que es vitalicia y hereditaria, impermeable a las bastillas, exceptuada del escrutinio, amparada por derechos divinos y obviamente lujosa, elegante y fina. 

Un reportaje de El Universal muestra a un particular miembro de esta curiosa aportación patria a la historia del absolutismo que es la Casa Real Proletaria. (Ya alguna vez escribí sobre uno de sus más conspicuos adalides, el Príncipe Romero Deschamps).

En esta ocasión hablaremos del compañero líder Su Alteza Hiperrealista don Víctor Fuentes del Villar y García de Rodríguez zu Alcaine y de la Pérez y Pérez, príncipe de Fluido Eléctrico, duque de Electrones, marqués de Watt y Voltio y conde de la Reconexión.

Esta Su Alteza es desde 2005 y por la gracia de Dios el Secretario General del Sindicato Único de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana (SUTERM). Es proletario de gran linaje, pues desciende de la nobilísima y antiquísima casa Rodríguez y es, de hecho, sobrino del nunca suficientemente llorado Emperador Leonardo I de Rodríguez y Alcaine (alias La Güera), quien en su superior discernimiento escogió a su sobrino para cuidar del proletariado electricista cuando el Compañero Señor a Su Seno lo llamase.

En fin, lo de siempre en ese almanaque de Fideles, Maestras, Deschamps y Napoleones. Lo que singulariza a este Príncipe Compañero es el modus operandi que, al parecer, consiste en que como le gustan mucho las compañeras señoras y señoritas, él mismo se las escoge y se las ingresa en los diferentes escalafones del Reino. De ahí que afuera de la corte, como lo muestran las fotografías y videos, haya todos los días gran alboroto de señoras y señoritas que coquetamente peinadas, maquilladas, descotadas y minifaldeadas esperan la hora en que Su Alteza sale de Palacio —en su carroza de plata, un auto alemán de 150 mil dólares— para mostrarle sus ganas de emanciparse.

El Príncipe cruza majestuosamente y mira a su pueblo con elegante indiferencia. Si hay algún prospecto de princesa, hará una seña en forma de plaza vitalicia. Si no, no. Y luego se va a trabajar muy duro, pues debe administrar 63 mil millones de pesos al año…

 

 

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