Perder el tiempo

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a Tedi López Mills, por todo lo que ella sabe
      
      
     Un criterio ramplón, que impera ya sin pudor en la república a secas, busca imponerse ahora en la república de las letras. Quienes lo propugnan, movidos por la superstición de que todo en el mundo puede medirse con una sola vara, le dan el nombre espurio de eficiencia. Yo prefiero llamarlo, sin rodeos, mezquindad.
     Eficientar —verbo extranjero a las nobles costumbres de la lengua española— ha sido la consigna en los últimos años. Su propósito manifiesto es el de emplear un mínimo de trabajadores para obtener un máximo de trabajo; es decir, de productos y rentas. Se trata, en resumen, de encaminar la actividad humana hacia un fin único, al que se supeditan todos los demás: ahorrar tiempo, que para las mentes contables significa sólo dinero.
     Es evidente que mientras más se ahorre, más dividendos habrá para los empleadores. Nadie nos explica, en cambio, de qué les sirven a los empleados las pocas o las muchas horas que se economizan con tanta avidez. El problema es el del tiempo literalmente libre: no el que todos gastamos por necesidad en mantenernos con vida, sino el que invertimos a nuestro arbitrio para sabernos y sentirnos de veras vivos. Unos cuantos tienen el privilegio, no siempre aquilatado, de combinar o incluso de fundir sus actos necesarios con sus actos arbitrarios. Para los otros —la inmensa mayoría— el negocio no es el complemento imprescindible del ocio: es su absoluta negación.
     El arte reivindica a los ociosos. Es el antídoto más seguro, administrado en dosis individuales, contra el veneno de la inercia. Encapsularlo en los patrones unívocos de la rentabilidad y de la productividad constituye un grave error de cálculo. Porque una escultura, un cuadro, una sonata o una novela no operan sólo en el mercado. Su acción salutaria se ejerce más allá del orbe estadístico de los contralores: en el reino del espíritu.
     Traigo a cuento una expresión caída en desuso para invocar a Antonin Artaud. Este francés iluminado —tan místico que le auguraba a México un futuro mágico a partir de su pasado mítico— pensaba en efecto, hace ya setenta años, que “el mundo moderno está en plena decadencia porque desprecia los trabajos del espíritu”. No quiero imaginar qué pensaría hoy de nuestra eficientada posmodernidad.
     Al crear un premio literario binacional con el nombre de Antonin Artaud, un grupo de empresarios e intelectuales de Francia, radicados en México, le rinde a ese vocero del espíritu un homenaje no sólo espiritual. Cada año, los mecenas de esta empresa altruista donarán una parte del fruto de sus negocios en beneficio de un afortunado trabajador del ocio. Con análogo desinterés, un jurado permanente, compuesto de notables escritores y traductores de ambos países, cederá cada año una parte de su tiempo libre para elegir, entre las publicadas aquí de septiembre al siguiente septiembre, una obra narrativa escrita en español. Es una coincidencia muy feliz para mí, y espero que también lo sea un poco para mis benefactores, que su primera elección haya recaído en un narrador orgullosamente ineficiente.
     Mirado sin contemplaciones, el trabajo de un escritor consiste en perder mucho tiempo para que sus eventuales lectores ganen un rato entretenido, quizás instructivo y, en el mejor de los casos, reflexivo. Yo tuve que vivir 29 años —mi edad cuando murió mi padre— antes de sentirme no capaz, sino libre de escribir sobre los conflictos, inevitables en una sociedad patriarcal, entre los varones sucesivos de una misma familia. Otros catorce años pasaron mientras maduraba en mi espíritu una forma artística adecuada, sugerente, personal, de narrar una historia con raíces tan antiguas como la literatura. Siete años más (con algunos paréntesis) duró la redacción de una novela que no en balde se titula El taller del tiempo.
     El total es de cincuenta años: exactamente los que yo acababa de cumplir cuando se publicó este libro. Si se calcula que un lector sin prisa ni distracciones tardará unas cinco horas en leerlo, mi promedio de productividad resulta vergonzoso: diez años de vida por cada sesenta minutos de material de lectura. O eliminando los ceros: un año de existencia laboriosa a veces por cada seis minutos propuestos al prójimo para su entretenimiento, instrucción o reflexión. Aunque se hagan cuentas alegres, no hay negocio menos rentable en el mundo que el de cultivar el ocio ajeno, ni trabajador menos eficiente que el ocioso profesional.
     A quien pertenezca a este gremio le queda el consuelo de que perder el tiempo y hasta la vida entera en los trabajos del espíritu, como los llamaba Artaud, es uno de los ejercicios más satisfactorios, si no siempre el más fácil, para sobrellevar la propia duración. Le queda también la posibilidad —que es vano perseguir, pero que nadie en su sano y sincero juicio desdeñaría— de hacerse acreedor, algún día de suerte, a una gratificación inesperada como la que hoy se me otorga.
     Al recibir el primer Premio de Narrativa Antonin Artaud en México, quiero dejar constancia de mi triple gratitud. Agradezco, desde luego, la recompensa económica, la pluma Mont Blanc, no sólo simbólica, y la bella escultura de Marisa Lara y Arturo Guerrero que se me entregan en esta ceremonia. Agradezco, muy en especial, la valoración de una novela que pronto irá a buscar lectores también en Francia, donde viví más de doce años, en tres etapas diferentes, y donde sin embargo, por obra de una fecunda paradoja, nunca, hasta ahora que escribí mi narración menos francesa, había tenido la fortuna de publicar un libro. Agradezco, por último —aunque en cierto sentido sea lo principal—, que los organizadores, mecenas y jurados del premio me hagan sentir fugazmente que, pese a lo que yo mismo diga en contrario, al trabajar con todo detenimiento en la literatura, y para la literatura, no he perdido mi tiempo. –