¿Qué hacemos con el periodismo?

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A principios del año pasado, el periodista Juan Cruz publicó en El País una serie de entrevistas con distintos “maestros del periodismo” entre los que se encontraban nombres como Alma Guillermoprieto, Ben Bradlee, Eugenio Scalfari o Jean Daniel. En esas entrevistas, Juan Cruz y sus interlocutores disertaban sobre el estado actual del periodismo, los retos a que se enfrentaba el oficio y los cambios suscitados por las nuevas tecnologías.

Esas entrevistas, sumadas a una serie de declaraciones anteriores realizadas por el periodista, despertaron el recelo de una buena parte de la comunidad internauta en España, que acusaba a Cruz de haber emprendido una particular cruzada contra internet.

Ahora, la editorial Debolsillo publica en un volumen esa serie de entrevistas, a las que se suman otras con Jon Lee Anderson, Manu Leguineche y Juan Luis Cebrián, bajo el título ¿Periodismo? Vale la pena vivir de este oficio.

 

Hay una pregunta que recorre el libro –algunas veces verbalizada y otras veces parte del trasfondo de las conversaciones que ha tenido con estos “maestros del periodismo”–, y que me gustaría trasladarle: ¿Cree, seriamente, que el periodismo corre peligro de extinción? ¿Y si esto es así, puede ser internet su verdugo?

No, yo creo que la estupidez que rodea a ciertas formas del periodismo hoy no es tan fuerte como para acabar con el periodismo. El periodismo ha sufrido muchos temporales, ha habido empresarios de prensa que se tomaron en serio acabar con el periodismo, pero ellos mismos luego han contribuido a su reconstrucción. Creo que estamos viviendo un momento complicado porque es de transición, pero no tengo ningún miedo de que el periodismo desaparezca; tengo la certeza, al contrario, de que de este maremágnum saldrá mucho más reforzado.

 

Hay algo que me interesa de esta primera respuesta. Tras esa serie de entrevistas y ciertas declaraciones suyas que más o menos coincidieron en el tiempo e incluso generaron una polémica en algunos medios de internet y que usted zanjó en una entrevista a 233grados.com, da la impresión que ahora su respuesta está mucho más meditada y sopesada.

Hubo muchos malentendidos. Aún hoy, es difícil decir: “Creo que internet tiene peligros”. Es como si dijera: “Creo que el periodismo de papel tiene peligros” y se enfadaran los periodistas del papel. Nosotros exigimos que los políticos o los literatos o los interventores de Hacienda expresen lo que saben y las dudas que tienen, y sin embargo ¿nosotros tenemos que decir solo lo que es políticamente correcto dentro del ámbito de nuestro oficio? Pues no. A mí hay cosas de internet que me parecen peligrosísimas, como el anonimato, el insulto, la falta de rigor, la falta de contraste. Y por mucho que me pongan cruces en mi nombre y me digan barbaridades, yo seguiré diciéndolo. Muchos me dijeron: “Hombre, si estás en contra del progreso.” ¿En contra del progreso? Estaría en contra del progreso si estuviera a favor del insulto.

 

Uno de los temas que se encuentra en la médula del libro es la falta de rigor, de comprobación, de fact checking. Me da la sensación de que, al menos en el libro, lo achaca muchas veces a la era digital y la velocidad que requiere internet. Cuando creo –y esto no se lo digo solo yo sino que se lo han dicho repetidas veces– que esa misma falta de rigor y esa falta de comprobación de datos se encuentra también en el periódico de papel.

Absolutamente de acuerdo contigo. Pero no me parece bien que los que ahora hacemos internet no seamos más autocríticos. Sabemos que ocurre en el papel, pero deberíamos desear que eso no ocurriera en este nuevo soporte. Pero decirlo te convierte en un enemigo de internet. ¿Por qué? Siempre ocurre que, cuando se introduce una nueva tecnología, parece que la tecnología es lo que se dice; y no, la tecnología es el vehículo. Lo que yo digo es que ya que tenemos un nuevo instrumento, aprendamos de los defectos del antiguo instrumento para que el nuevo no los tenga. Y a mí me preocupa muchísimo que la gente entre en Wikipedia y diga cosas que no son ciertas, pero tendría que preocuparle a todo el mundo.

 

Le pregunta a Jean Daniel: “¿Qué aporta internet al periodismo?” Y me gustaría devolverle la pregunta.

Yo creo que un acceso ilimitado del lector al acontecer informativo. Yo creo que el cambio es fundamental. Es decir, ahora mismo el periodismo que hagas en papel, en radio o en televisión, no se parece en nada al periodismo que yo empecé a hacer. Es un instrumento de un valor extraordinario, es fantástico. Yo estoy aquí ahora haciendo esta página que antes hacía a máquina, la llevaba al taller, del taller a… La instantaneidad era el sueño de cualquier periodista. Ahora que estamos en el sueño, convirtamos el sueño en algo especialmente nutritivo.

 

Y, si cabe la pregunta, ¿qué le quita internet al periodismo?

Nada, no le quita nada. Le da mucho valor. Pero hay que utilizar esas facilidades que nos da internet para mejorar nuestra relación con el texto. Eso me parece fundamental. Lo que se publica tendría que ir a misa, ahora más que nunca. Y la gente se está olvidando de que el texto no es cualquier cosa, es un documento, un testimonio, que proviene de haber sabido reunir una serie de factores para contarle a la gente lo que sucede.

 

En un momento en la conversación con Ben Bradlee, habla de la frase de Kapuscinski, que incluso dio título a un libro: Los cínicos no sirven para este oficio. ¿Por qué?

Bueno, yo lo ampliaría, los cínicos no sirven para la vida porque la hacen mucho más complicada. Yo estoy de acuerdo con Kapuscinski en eso, a mí me parece que el periodismo necesita cierta compasión.

 

¿Qué es la objetividad para usted?

La objetividad es la honestidad. Pero la honestidad no siempre es la verdad. Yo honestamente creo que tú eres un buen periodista, pero podrá llegar otra persona y decir: “No, no es tan bueno”. La verdad propia es la honestidad; no existe la verdad.

 

¿Y los prejuicios?, ¿qué hacemos con los prejuicios?

Esos hay que dejarlos a la entrada del periódico. Yo creo que lo más lamentable del periodismo es creer que el poder que ejerces es tuyo.

 

En la entrevista con Harold Evans, va acompañado de una periodista más joven, Bárbara Celis, que replica la crítica que Evans hacía de la falta de comprobación y de rigor en el uso de las fuentes. La periodista dice que esa culpa es achacable también a los editores y jefes de sección que no preguntan a sus redactores por sus fuentes. ¿Existen todavía en España editores y jefes de redacción que hagan estas preguntas? Porque dada la cantidad de “según fuentes cercanas” y similares que llenan las páginas de los periódicos da la impresión de que no.

Mira, hay un libro de Onetti que se llama Confesiones de un lector, donde tiene un artículo titulado “Señor Fuentes”, donde dice que al señor Fuentes tendrían que ponerlo en nómina, porque todo el mundo habla de las fuentes sin atribuirlas. Sí, yo creo que eso es un desastre. Yo una vez conté en un artículo de un periodista muy reputado diecinueve fuentes sin acreditar. Parecía Italia, tan llena de fuentes.

 

Usted ha destacado el buen periodismo que se hace en América Latina, sobre todo en revistas. Lo que no deja de tener miga porque ambos sabemos las condiciones en que muchas veces se realiza ese trabajo, tanto económicas como de peligrosidad. Es uno de los temas de los que habla con Alma Guillermoprieto en el libro. No deja de ser una paradoja que el periodismo más excitante que se hace en nuestro idioma se haga en las regiones más pobres y violentas.

Quizá porque las historias son más importantes. Y luego porque en América Latina hay una tradición literaria y de lectura que tiene una consecuencia en los periodistas, en los jóvenes ahora, porque ya la tuvo en los viejos. Yo me fijo mucho en América Latina porque hay un cuidado del lenguaje y una combinación de lo que se sabe literariamente con los instrumentos del periodismo que es verdaderamente ejemplar. Lees un artículo de Monsiváis, de Hector Abad o de Alma Guillermoprieto y tú ves que ahí resuma lo que esa gente ha leído. O Villoro. O los que escriben en Etiqueta Negra y Letras Libres. Hay, evidentemente, una tradición fantástica.

 

¿Y por qué en España no se hace ese tipo de periodismo?

Porque se lee mucho menos. Y luego porque los escritores, jóvenes escritores, inmediatamente se convierten en columnistas, no en periodistas. No van a hablar con la gente sino que se sientan con la máquina de escribir en el cuarto con el corcho en la pared, que dice: “Mañana para El País, pasado para no sé dónde, pasado una conferencia.” Están instalados en lo fácil. Una columna la hace cualquiera. Y cada día los escritores son menos dados a interrumpir la paz de sus despachos.~