Recuerdo del Cinelandia

La primera vez que en México fui al cine era un niño de siete años recién llegado a la ciudad capital del país. Fue cuando me llevaron a la sala Cinelandia.
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La primera vez que en México fui al cine era un niño de siete años recién llegado a la ciudad capital del país. Fue cuando me llevaron a la sala Cinelandia, que estaba en el número 6 de la Avenida San Juan de Letrán por entonces la calle citadina verdaderamente principal, la más transitada tanto a pie como a rueda, la más popular y la más viva. (Hoy se la sobrenombra Eje Central Lázaro Cárdenas, pero aun muchos de las nuevas genaraciones con tinúan dándole el anterior nombre.)

¡Cinelandia! = Lugar o Sitio del Cine, y ese título podía también honrar a la todavía muy pululante gran vía central citadina, la cual, desde la fuente del Salto del Agua a la Avenida 5 de Mayo, tuvo, de los años cuarenta en adelante, no menos de cinco salas de cine, a saber: el Teresa, el Avenida, el Savoy (en el pasaje del mismo nombre), el Novelty y el Cinelandia, además de que a la vuelta de la esquina del extremo oeste de la avenida, en la calle José María Izazaga, había el Politeama, y de que en el extremo este, y, casi a la vuelta, cerca de la esquina de la muy próxima calle Tacuba, estaba el Aladino.

Cinelandia, Avenida y Aladino eran “cinitos de cortos”, es decir de películas de sólo uno o dos rollos —noticiarios, documentales, comedias, episodios de series de aventuras y, sobre todo, “caricaturas” o “dibujos animados”— que se exhibían en cinco o seis tandas desde las 11am a las 11pm. Y, ¡qué delicia!, el Avenida tenía por divisa también válida para los otros dos la frase La función comienza cuando usted llega (y terminaba cuando usted salía, después de gozar dos tandas o tanda y media de variado cine).

¡Aladino, Avenida, Cinelandia!: paraísos del cine para el niño que llevaba una fantasmal aunque intensa amistad con el gato Félix, con el pato Donald, con los perros Tribilín y Pluto, con la Pequeña Lulú, con el Gordo y el Flaco, con (¡ni modo!) los Tres Chiflados, con Superman (dibujado o filmado en “carne y hueso y un pedazo de pescuezo”), con los héroes de las series Dick Tracy o el Reino Submarino o Joba la Ciudad Perdida o alguna de Tarzán (“personificado” por Herman Brix, anterior a Johnny Weismuller) y alguna vieja cinta de Chaplin. Pero, todo se debe decir, esos paraísos tenían sus aspectos poco paradisiacos: los demasiados noticiarios y documentales y “travelogues” que nos aburrían salvo cuando la guerra mundial aportaba un momento emocionante: Churchill con los dedos en V de la Victoria, o un momento chiflable: Hitler ridículo con su frenética gesticulación (aunque algunos lo aplaudían y le echaban porras); y tenía también sus aspectos infernales: los peligros agazapados en la sala de butacas, sobre todo la del Cinelandia, frecuentadas por pederastas con dizque aspecto de señores respetables, que, si estabas allí solito, se sentaban en la butaca próxima, se “hacían los disimulados”… y de pronto aventuraban la mano sobre uno de tus muslos y en avance hacia tu pito, y entonces había que golpear al tipejo o salir a escape hacia una distinta y distante butaca, pero evitar hacer un escándalo, porque la leyenda negra cultivada en las escuelas pretendía que si uno era abordado por un joto, uno resultaba sospechable de jotez.

¿Qué se hicieron los “cinitos de cortos”, los de las funciones comenzadas cuando llegabas? Hoy ya fueron demolidos, las funciones de cortometrajes (sobre todo de “dibujos animados”) se han refugiado en algunos canales de la televisión, y, en cuanto al Cinelandia, sólo subsiste la fachada del edificio, ya humillado desde 1956 por los cercanos 45 pisos de la Torre Latinoamericana, el primero de los “rascacielos” capitalinos. 

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