Sus múltiples caras

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Si alguien realizara en Polonia un plebiscito para establecer quién es el polaco más importante del siglo XX, Juan Pablo II no tendría mayores rivales para alzarse con el triunfo. Inspirador espiritual de la pacífica revolución de Solidaridad que tanto fascinó al mundo libre y líder religioso que sin poseer ningún ejército derrotó al imperio soviético… Ésta es la imagen polaca del papa Juan Pablo II.
     Sin embargo, no se trata de la única imagen de Juan Pablo. Es, en ocasiones, incomprendido, y también despierta críticas e incluso indignación. Para unos, Juan Pablo II fue “el papa de los derechos humanos”, para otros, “un papa de la época de las Cruzadas”, que intentó dar marcha atrás al reloj de la historia de la Iglesia.
     ¿Es imaginable en Polonia una pancarta en la que apareciera la frase “Pope go Rome!“, aunque sólo fuera enarbolada por aquellas personas más radicalmente críticas con respecto a la Iglesia? En una ocasión, cuando el famoso filósofo español Fernando Savater dijo en una entrevista para la Gazeta Wyborcza que “Juan Pablo II es, a su manera, un fundamentalista”, ya que “no acepta que en la democracia pueden ser reconocidos también valores no pertenecientes al catálogo de los valores cristianos”, los obispos polacos arremetieron salvajemente contra Savater.
     En cambio, en el mundo occidental y en América Latina, donde se encuentra la mitad de todos los católicos del globo, el pontificado de Juan Pablo II se encontró no sólo con el rechazo en los círculos de ateos y agnósticos, sino también en el corazón mismo de la comunidad católica. Empezaré por estas realidades, para definir la perspectiva que abordo.

1.
     Cuando en junio de 2003 —poco antes del referendo de acceso a la Unión Europea— Juan Pablo II dijo que el lugar de Polonia estaba entre los países de la Unión Europea, se puede decir, en cierta manera, que desde una dimensión del este de Europa —desde esa dimensión más palpable para nosotros, habitantes de una parte de Europa olvidada en un tiempo, rodeada por muros y alambradas— este pontificado había cerrado un ciclo.
     Cuando, el 3 de junio de 1979, el papa hablaba en Gniezno, cuna del Estado polaco, de la unidad de una Europa cristiana, en la que confluían las dos grandes tradiciones de Occidente y de Oriente, cuando hablaba ante Europa y el mundo de “las naciones y los pueblos olvidados”, sus palabras fueron interpretadas como una utopía de la Edad Media cristiana, como un reto inútil lanzado contra el imperio soviético.
     Cuando dieciocho años más tarde, otro 3 de junio, pero esta vez del año 1997, allí mismo, en el viejo Gniezno, el papa se encontraba con los siete presidentes de los países libres de la Europa del Este y les decía que de aquel lugar había partido años antes “una enorme ola, el poder del Espíritu Santo” y que los resultados de la II Guerra Mundial habían dejado por fin de dividir Europa, el diario italiano Corriere della Sera escribía: “Supo esperar y la historia parece haberle dado la razón.”
     Es difícil encontrar un ejemplo más claro y más contundente del triunfo “geoestratégico” de Juan Pablo II.
     Desde un punto de vista laico, de una persona que se encuentra en los límites del creer y el no creer, Juan Pablo II no fue sólo el gran pastor de la Iglesia y el representante de Cristo, sino sobre todo un gigante de la política mundial, un hombre de Estado que contribuyó a acabar con el indestructible —como así parecía— imperio soviético. Tras la caída de la URSS, aparecieron incluso libros que presentaban a Juan Pablo II como el “exterminador” del totalitarismo comunista. Desde un punto de vista político, se trata, sin duda, del mayor logro de ese pontificado.
     El punto de partida de la estrategia política del papa fue el dar completamente la vuelta a una serie de incuestionables premisas de la geopolítica mundial que tenían su origen en Charles de Gaulle y Willy Brandt y los papas Juan XXIII y Pablo VI: que el comunismo, la Unión Soviética y la división de mundo en dos bloques eran elementos inamovibles y —todo parecía indicarlo— eternos, o al menos incuestionables en un tiempo inconmensurable y real. Ninguno de los líderes políticos del mundo occidental podía imaginar que asistiría en vida a la caída del comunismo.
     Y sin embargo, Juan Pablo II, desde su primera peregrinación a Polonia en 1979, empezó a convencer al mundo de que “el comunismo no había marcado para siempre el curso de la historia” y que “la división de Europa era temporal”. Se trataba de un pensamiento verdaderamente revolucionario, y esa revolución espiritual pensaba el papa llevarla a cabo —parafraseando, en parte, las palabras de Stalin— sin divisiones armadas. Sus ejércitos eran únicamente aquellos pensamientos “revolucionarios”, y particularmente la idea de los derechos humanos. Tomando como punto de partida la idea de la dignidad del ser humano, puso los cimientos de unos valores comunes para todos los enemigos del sistema, creyentes y no creyentes, como Adam Michnik, Václav Havel, Andréi Sajarov, que rechazaban cualquier compromiso con el régimen y que estaban decididos a luchar por la verdad, la libertad, la solidaridad, y que crearon un frente antitotalitario en los años setenta.
     En su primer viaje a Polonia, dijo de forma directa que el orden mundial que había nacido en Yalta era inmoral, injusto e inaceptable. Así fueron interpretadas las palabras “es obligación de la Iglesia, de Europa y de todo el mundo, hablar de estos países y pueblos tan a menudo olvidados” que tienen “derecho a existir y a autodeterminarse”. Apeló a una política moral, rechazó reducirla a “un cálculo de fuerzas”. Recuperó una jerarquía de valores y mostró unos modelos de comportamiento. “No sólo de pan vive el hombre”, es decir que, junto a los bienes materiales —incluso cuando carecemos de ellos—, existen valores como la dignidad y la verdad. Dejó un país en el que había despertado el orgullo y una sociedad con un nuevo sentimiento de unidad elemental. Es difícil imaginar el movimiento de Solidaridad sin Juan Pablo II.
     Tras la caída de la URSS, incluso el último dirigente de aquel imperio, Mijaíl Gorbachov, reconoció que “todo lo ocurrido en los últimos años en la Europa del Este habría sido imposible sin el papa”. ¿Puede alguien imaginar una mayor alabanza de la herencia política del pontificado?

2.
     En la experiencia del comunismo que Juan Pablo II tenía, de Polonia y de la Europa del Este, se encuentra la fuente del violento choque con la teología de la liberación de Latinoamérica. El papa temía que las necesidades de “los pobres” en América Latina pudieran volverse contra la libertad, de una manera similar a la que él conocía de su experiencia polaca. Consideraba que la teología de la liberación no había sabido sacar conclusiones de la lección del totalitarismo de la Europa del Este. Y sin embargo, el balance del pontificado en este aspecto no deja de ser ambiguo; es imposible no apreccar ciertas paradojas.
     Juan Pablo II manifestó en muchas ocasiones, y de forma tajante, la prohibición de que los sacerdotes se inmiscuyan en política, por temor a que ello pudiera llevar a diversas manifestaciones de desobediencia e incluso a cuestionar la autoridad papal en asuntos de política (el caso más espectacular fue la amonestación pública al nicaragüense Ernesto Cardenal, ministro en el gobierno sandinista). La paradoja consiste en que quien ha prohibido que los sacerdotes desarrollen actividades de carácter político es el más político de todos los papas de los últimos tiempos.
     Al combatir la actividad política de los teólogos de la liberación, Juan Pablo II elevó al Opus Dei al rango de prelatura personal. El Opus Dei, al contrario de lo que sucede con los grupos religiosos de los países del Tercer Mundo que defienden la teología de la liberación, y que —en opinión del papa— están empapados de marxismo, es una organización claramente de derechas y anticomunista. El papa utilizó dos raseros diferentes: combatió la actividad política de la Iglesia en varios países de América Latina, y al mismo tiempo aprobó actividades de ese tipo en países como España o Polonia (durante la dictadura comunista e incluso después, cuando la Iglesia luchaba por la introducción de principios religiosos en la legislación polaca). Uno se pregunta: ¿significa esto que hay actividad política permitida y actividad política no permitida? Y si fuera así, ¿no disminuye eso a la Iglesia, que pasa a alinearse con uno de los grupos de presión? ¿No está esto en contradicción con lo que manifestó el papa en otros lugares?
     Al combatir la teología de la liberación, el papa quería, sin duda, frenar y prevenir el proceso de secularización del clero, que se estaba extendiendo bajo la influencia de ideas sociales diferentes y radicales. Una cada vez mayor secularización de la comunidad católica en el mundo llevaba a la disminución de la influencia de la Iglesia, y ello justificaba la dura política contra los teólogos de la liberación. En respuesta a este fenómeno, el papa quiso recuperar de nuevo la idea del humanismo cristiano. Como decía uno de sus biógrafos, el principal objetivo de Juan Pablo II fue mostrar a los creyentes del hemisferio occidental “un catolicismo con rostro humano”, manteniendo un rechazo absoluto de todas las formas de control artificial de la natalidad, y del acceso de la mujer al sacerdocio.
     Paradójicamente, la irreconciliable posición del papa en estas cuestiones provocó una constante pérdida de fieles de la Iglesia Católica en América Latina y en Estados Unidos a favor de confesiones protestantes y de cultos primitivos. Los evangelistas han conseguido transmitir a sus fieles el sentido de la participación directa en la vida religiosa y civil de sus comunidades. La Iglesia Católica ha perdido esa batalla, ya que se concentra demasiado en el control llevado a cabo por una lejana jerarquía, y en el mantenimiento de unos mandatos doctrinales en sociedades que luchan por la supervivencia.

3.
     Puede parecer a veces que el diagnóstico que Juan Pablo II hizo sobre el mundo actual fue un diagnóstico cercano al de los fundamentalistas católicos, particularmente cuando “la libertad sin Cristo” es llamada “libertad desnaturalizada”, cuando dice que la democracia es “la cultura de la muerte”, o cuando ve en el carácter laico del mundo un peligro para la humanidad.
     La respuesta de Juan Pablo II a este diagnóstico se diferencia, sin embargo, de la respuesta que dan los fundamentalistas. Hagamos la siguiente prueba. ¿Sería capaz el arzobispo Marcel Lefebvre, verdadero integrista excomulgado por el papa, de decir “La Iglesia valora la democracia”? Eso es precisamente lo que dice el papa en la encíclica Centesimus annus. ¿Hubiera dicho Juan Pablo II que Buda y Lutero son “servidores del diablo”? Eso es lo que dijo, por su parte, el arzobispo Lefebvre con ocasión del encuentro entre religiones para rezar por la paz en Asís. ¿Prevendría el arzobispo Lefebvre al mundo para que tuviera cuidado con aquella gente que “en nombre de una ideología que considera científica o religiosa se siente autorizada a imponer a otros su propia concepción de la verdad y del bien”? ¿Hubiera perseguido Juan Pablo II a los masones en el seno de la Iglesia? ¿Estaría de acuerdo el arzobispo Lefebvre con lo escrito en la encíclica Centesimus annus cuando dice que el hombre tiene “derecho a descubrir y a aceptar de forma libre a Jesucristo”? ¿Hubiera dicho Juan Pablo II algo tan absurdo como que “la libertad religiosa absoluta comporta el ateísmo estatal”?
     En el centro de las enseñanzas de Juan Pablo II se encuentra la dignidad humana, que no nace del hecho de que un ser humano sea creyente de una u otra religión o de qué ideas defienda. Por eso, al considerar que los creyentes de otras religiones pueden estar equivocados, el papa no sólo no vio en ellos —como hacen los fundamentalistas— a “enviados del diablo”, sino que se encontró con ellos en Asís o en una sinagoga romana.
     En la actitud de Juan Pablo II frente a los fundamentalistas católicos —como podría ser el caso del arzobispo Lefebvre— se podía sentir una mayor comprensión que frente a los católicos “reformistas” de Europa o de América Latina. No se trata de la amonestación a los sacerdotes políticos marxistas —aquí podría entenderse fácilmente la oposición—, ya que muchos sacerdotes habían cruzado la línea que separa el sacerdocio de la política y la guerrilla, tras lo cual resulta difícil hablar del Evangelio del amor: se trata de la condena o de la orden de sclencio impuesta a los teólogos que nunca habrían hablado (y que nunca hablaron) del Vaticano II como de “un concilio de bandidos”, y que nunca habrían dicho que el encuentro de Asís con los representantes de otras religiones fuera “una repugnante manifestación del catolicismo liberal”. Muchos católicos “reformistas” castigados por el papa buscaron —en ocasiones en el marco del marxismo, quién sabe si no por error— la solución a la miseria de su continente, inimaginable en Europa. Intentaron transformar la Iglesia de los ricos, cercana al poder autoritario, en la Iglesia del Sermón de la Montaña, solidaria con los pobres de la tierra. Fueron desautorizados por las ideas expuestas, mientras el arzobispo Lefebvre (nota bene, “admirador” de criminales como el general Jorge Videla) fue castigado, bien es cierto que de forma severa, pero no por sus ideas fundamentalistas, sino por su desobediencia. Es difícil no preguntarse sobre el significado de esta “asimetría” por lo que a la visión papal de la Iglesia y del mundo se refiere.
     Lefebvre podía contar con ciertas concesiones, pero le faltó humildad y voluntad de acuerdo. El conservadurismo extremista resultó para el Vaticano apenas un “resfriado”, mientras que el revisionismo y el reformismo fue tratado como la “tuberculosis”. Ese conservadurismo nacía de una preocupación similar a la del papa —aunque exagerada— por la ortodoxia católica.
     En algunos aspectos de las enseñanzas de Juan Pablo II, se puede apreciar un intento de proporcionar a las comunidades y a los individuos desarraigados y carentes de seguridad un apoyo espiritual, consistente en reforzar unos cimientos que se están deshaciendo. ¿O no es cierto que todo fundamentalismo se remite a algo que está seriamente cuestionado? ¿No es eso por lo que tan compulsivamente se aferró a ello? ¿No será que no quiso saber nada de las dudas manifestadas con respecto a sus convicciones, porque son dudas que lo atormentaban en exceso? Tendríamos aquí cuestiones como la del celibato de los sacerdotes, el sacerdocio de las mujeres, la participación de los seglares en la vida de la Iglesia, el control artificial de la natalidad, la libertad de las controversias teológicas y el dogma de la infalibilidad del papa en cuestiones de fe.

4.
     Desde el principio mismo, este pontificado se definió por dos actitudes. Por una parte, el Juan Pablo II político, que demostró en todo momento una gran imaginación y flexibilidad, y por otra, el Juan Pablo II cabeza de la Iglesia, que se caracterizó por la firmeza dogmática y la falta de flexibilidad teológica, así como por una sorprendente carencia de imaginación cuando se trató de su relación con las nuevas generaciones de católicos, tanto en los países desarrollados como en los países del Tercer Mundo.
     La opinión manifestada hace años por el gran teólogo suizo Hans Kung, en el sentido de que Juan Pablo II fue un papa “de la época de las Cruzadas”, parece carente de sentido. Sin embargo, la tesis de que algunas de las ideas del papa nos trasladan a una época lejana, de divisiones entre clericales y anticlericales, se podría defender, y muchas de las preguntas {ue Kung se planteaba al principio del pontificado siguieron siendo del todo pertinentes. Recordemos algunas de ellas: ¿No será que Juan Pablo II apareció ante muchos católicos, y más ante los no católicos, como un defensor doctrinal de los viejos bastiones de la Iglesia? ¿Se encontró este papa, frente a las masas que lo aclaman o en las concurridas audiencias, libre del culto al individuo que caracterizaba a los anteriores pontífices? ¿Temió el riesgo de compartir el poder con los obispos? ¿No apareció ante los fieles más como monarca ante sus súbditos (no escuchó y no permitió una discusión real), que como hermano entre sus hermanos?
     Kung critica al papa porque éste ignoraba o daba una respuesta errónea a varios de los retos del mundo contemporáneo, especialmente en el Tercer Mundo. Culpaba las enseñanzas del papa como corresponsables de la miseria, el hambre y la muerte de varios millones de niños en el mundo, entre otras cosas por la campaña mundial de la Iglesia contra los métodos anticonceptivos (o contra los métodos que protegían contra el sida). El papa —según Kung— fue personalmente uno de los principales responsables de la explosión demográfica no controlada y, consecuentemente, de la miseria en América Latina, África y otros países del Sur: no entendió —continúa— que combatir al mismo tiempo el aborto y los métodos anticonceptivos es una contradicción, ya que precisamente los métodos anticonceptivos son el método más efectivo para reducir el número (realmente demasiado alto) de abortos… Culpa también al papa por aplicar en su propia Iglesia “métodos inquisitoriales” para hacer callar a los críticos.
     Es cierto que, en cuestiones sobre los principios y la gestión de la Iglesia, el papa se rigió por el principio de Roma locuta, causa finita. Consideraba que sólo una disciplina de hierro salvará a la Iglesia y la sacará de la crisis. Al mismo tiempo se convirtió en apóstol de la justicia social y en defensor de los derechos humanos, condenando en la misma medida la degeneración y los excesos del capitalismo, como la “socialización” del hombre y las represiones políticas en países bajo ideologías marxistas-leninistas.
     Juan Pablo II fue en un símbolo mundial, un símbolo de la fe espiritual en el ámbito de todas las religiones. No hay actualmente otro líder, otra personalidad religiosa, que a escala mundial represente un papel como el que tuvo. Fue recibido de rodillas no sólo en Polonia o en otros países católicos: cientos de miles de personas lo aclamaron en Marruecos, el Japón y prácticamente en todo el mundo. Eso sucedió porque, con su personalidad y su ejemplo, trafsmitió algo que todo ser humano necesita y busca en cierta medida, algo más grande que uno mismo, algo que es la llave de un misterio cuya existencia el ser humano presiente, a pesar de que no es capaz de entenderlo. A muchas personas en el mundo, a muchos fieles de distintas religiones, el papa les dio, de alguna manera, la llave de ese misterio.
     He aquí una paradoja más de ese pontificado: la admiración de la que gozó Juan Pablo ii por parte del mundo no católico, y a un tiempo la falta de eco religioso en el seno de su propia Iglesia. A pesar de todas las inconsecuencias y malentendidos, fue el artífice de una posición incuestionable de la Iglesia en aquellos aspectos esenciales relacionados con la justicia social y con los derechos humanos. Es posible que, un día, los logros en estos campos tengan una mayor importancia que el conservadurismo y la severidad en las cuestiones teológicas.

5.
     Adam Michnik escribió muy acertadamente, en una ocasión, que Juan Pablo II tenía el raro don de unir aparentes contradicciones: la disciplina y el ecumenismo, la firmeza y el calor humano, el arte de la diplomacia y el valor de los principios, la apertura intelectual y la consecuencia en el exigir el respeto a la ortodoxia por parte de los teólogos. “Cuando anima a permanecer fiel a los principios y arremete contra el fundamentalismo y llama al diálogo a los que piensan de manera diferente, es un conservador que ama la libertad; cuando ataca la injusticia, pero recuerda que la misericordia es más importante que la justicia, es un instigador que ama la paz. La paradoja de Juan Pablo II es la paradoja del cristianismo: la disciplina y la firmeza de los principios van de la mano de la comprensión humana hacia las diferentes situaciones y hacia el prójimo.”
     Es muy difícil comprender la herencia y los mensajes de Juan Pablo II, y es difícil porque en distintos fragmentos de sus enseñanzas se acercó a diferentes escuelas de pensamiento. En el diagnóstico que dice que el mundo está en un estado de decadencia moral y espiritual, el papa está cerca de los fundamentalistas, si bien sus respuestas están lejos del fundamentalismo; de forma distinta a la de los fundamentalistas, el papa no teme al mundo y ama a la gente. En su crítica al capitalismo depredador se acerca a los antiguos socialistas, aunque no da una respuesta socialista, al menos en el sentido político (en todo caso, puede darla en el sentido moral). En asuntos como las libertades de los ciudadanos se acerca a los liberales, a pesar de que en ocasiones los haya criticado despiadadamente.
     Juan Pablo II se escapa a toda posibilidad de ser encasillado ideológicamente. Está a un lado de las casillas, por encima de ellas, entre unas y otras.
     En una ocasión, le hice una pregunta a un sabio sacerdote polaco, perteneciente a los círculos del catolicismo abierto, sobre cómo explicaba esa diversidad y —a veces— esas contradicciones en las enseñanzas del papa. Me respondió que el papa fue un filósofo, un teólogo, un poeta, un dramaturgo, entendió distintas escuelas de pensamiento, tuvo en sus manos distintas llaves. Esta aparente disparidad puede ser una gran riqueza. Lo que dijo no puede ser interpretado con una sola llave. A menos que esa llave sea el Evangelio. Todos los críticos del pontificado —entre los cuales, en cierta medida, se incluye el autor de estas líneas— deberíamos recordarlo. –
     — Traducción del polaco de Abel A. Murcia Soriano

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