Tres poemas

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Eis Heautón

Déjame envenenarte con palabras
que te hielen la sangre o te devoren
el corazón, palabras asesinas
que no conozcan la piedad, palabras
que se arrodillen ante tu soberbia
y finjan adorarte mientras urden
revoluciones contra ti, motines
que acaben arrojando por la borda
el bosque en llamas de tus fantasías. ~

Pienso en ti

Los amantes se piensan. Cada uno
piensa que piensa más en su pareja
que su pareja en él. Están centrados
en su oficio pensante y no perciben
los hilos invisibles con que el miedo
va enredando sus mutuas reflexiones
y matando su amor. Sólo el olvido
podría rescatarlos de la duda,
pero no están dispuestos a olvidarse. ~



El cuarto oscuro

En el sueño tu madre (¿era tu madre,
con aquel camisón azul celeste
y los ojos vacíos?), en la casa
de tus abuelos, vaga por las sombras
de aquel pasillo que te daba miedo
—un miedo irresistible, insoportable—
y se para un momento frente al cuarto
oscuro donde tú buscas juguetes
en lóbregos armarios, y le dices:
“¡Mamá, los he encontrado, están aquí!
¡No se los diste a nadie, son los mismos
que tuve entonces! ¿No los ves? ¿Qué hago
con ellos? ¿Me los llevo? ¿Se los dejo
a los fantasmas? Dime, mamaíta,
¿me los puedo llevar?” Y una voz dulce
te responde: “Son tuyos, hijo mío,
pero no existen en tu realidad.
Fíjate bien en ellos. Están hechos
de aire: se disuelven en tus manos.
Como yo, vida mía, como yo.” ~