Trilling y nosotros

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Leer a Lionel Trilling me tranquiliza. A principios del siglo XXI ofrece un mensaje casi tan sensato como el que él mismo recibió de Matthew Arnold, su gurú. Voces inteligentes e inteligibles. Hizo muy bien Leon Wieseltier en titular The Moral Obligation To Be Intelligent (2000) a la selección de ensayos que hizo de Trilling. Nacido en 1905 y muerto en 1975, Trilling ha pasado por ser “el menos literario de los críticos literarios” y durante cierto tiempo fue etiquetado, con desdén, en tanto que “crítico cultural”, lo cual lo retrataba, más bien, como maestro en todo y doctor en nada.

Personaje central del periodismo literario neoyorkino (en Partisan Review), Trilling escogió a Freud como su héroe cultural pero no por ello fue un crítico psicoanalítico o freudanizante. De Más allá del principio del placer (1920) y de El malestar en la cultura (1932), Trilling extrajó un método melancólico: si la represión es la fuente de la cultura, el rechazo de su propia cultura es la fuente creativa del artista. Pero a diferencia de otros de los lectores del Freud culturalista, Trilling no sacó conclusiones revolucionarias ni pretendió asociarlo con Marx. Autor de La imaginación liberal (1950), la más famosa de sus colecciones de ensayos, Trilling resultó sospechoso de ser, tanto para el público radical de los años treinta como para el de los años sesenta, un quintacolumnista conservador en el mundo del liberalismo.

Trilling utiliza a Freud para el explicar el conflicto romántico, contradicción que no deseaba resolver, lo cual era una posición extraña en alguien que aparentemente profesaba el “modernismo”, un profesor que decidió, contra lo habitual en la academia en el medio siglo, enseñar a Kafka, Joyce, Gide, Virginia Woolf. En “Sobre la enseñanza de la literatura moderna”, el ensayo suyo que aparece en tantas antologías, una vez que toma nota de la urgencia de los estudiantes por comprender la literatura contemporánea, se las ingenia para hablar de los maestros modernos con una cortesía y una distancia que los convierte en venerables antiguos. En lo esencial, Trilling fue un victoriano a la manera de Arnold: para él, como para su maestro, ser moderno era compartir un catálogo de virtudes civilizadas y ejercer la “noble serenidad” de quien realmente se adueña del alma de las cosas.

A Freud lo lee Trilling como si el vienés fuera un viejo estoico. Sus grandes autores son hombres tranquilos, o así lo parecen (Wordsworth, Keats, Flaubert, Orwell) tras el efecto sedativo de la lectura de Trilling, quien en “Arte y neurosis” llamó la atención sobre la relativa novedad que implicaba (con la frenología, con Max Nordau y con el psicoanálisis) considerar al escritor como un ser anormal, un alucinado, un neurótico.

Atrás de la templanza de Trilling había, desde luego, una enorme arrogancia y ello es notorio en el prefacio a La imaginación liberal. La esencia del texto es acertada: los liberales, como lo hizo J.S. Mill ante Coleridge, deben (o debemos, porque Trilling siempre habla para su parroquia) leer y estudiar a sus adversarios con la mayor seriedad. El problema es esa frase, no sé que tan sibilina, en la que dice: “en nuestros días el liberalismo es en los Estados Unidos no sólo la tradición dominante, sino también la única tradición intelectual”. Dado que Trilling no podía ignorar a George Santayana (a quien le aplicaba el principio del conocimiento del extraño) ni a Allen Tate ni a toda la vasta escuela literaria conservadora, la frase significaba otra cosa.

Para Trilling, primer judío en ser admitido en el claustro de Columbia, ser liberal significaba ser de izquierda, antistalinista, keynesiano, procurar la protección pública de los desvalidos, ejercer la defensa de los derechos civiles y sentir aborrecimiento de todas las discriminaciones. A Trilling, además, le parecía paradójico que muchos intelectuales fueran estéticamente progresistas y políticamente retrógrados, paradoja que asombraba especialmente a los escritores judíos de esa generación, según recuerda Alfred Kazin en New York Jew. Ser liberal, para Trilling era amar la cultura contra la represión, aun concediendo, como él lo hacía, que una y otra van juntas y pegadas.

Es público y sabido que la palabra liberal significa actualmente dos cosas distintas y mutuamente excluyentes en Francia y en los Estados Unidos, siendo en ambos sitios, un insulto político y periodístico: allá significa derechista y conservador, acullá quiere decir izquierdista y socialdemócrata. En el mundo hispánico bien haríamos en defender nuestra acepción original de la palabra, del concepto y de la tradición liberal, bautizada entre nosotros, pero esa es otra historia. A lo que voy es que Trilling, al decir, en 1950, que la única tradición intelectual estadounidense era la liberal, incurría en una inexactitud parroquial propia de las recetas ideológicas contra las que él mismo prevenía y a la que quizá se debe la publicitada y reconocida postración del “liberalismo” en los Estados Unidos más o menos desde la época en que murió Trilling. Creer que la derecha no tenía ideas sino intereses resultó ser, para la izquierda, un prejuicio muy autodestructivo.

Quizá no haya sido Trilling el mejor de los críticos (yo prefiero, entre los anglosajones, a otros) pero debe ser el más raro. En su sustancia, la histeria y el horror del siglo XX no parecen tocarlo, lo cual es una excentricidad en un crítico que tomó todas las posiciones que había que tomar (y que en mi opinión fueron correctas) y lo hizo con valentía y sentido de la oportunidad: ante el fascismo y el stalinismo lo mismo que frente al desafío sufrido por la sociedad abierta en 1968. Tenía presente Trilling que nosotros, los intelectuales, somos más que hombres de ideas, hombres de ideologías, lo cual debería ser un permanente motivo de prudencia. El uso del nosotros mayestático, en sus ensayos, le fue, precisamente, muy criticado. A la distancia, debo decir que a mí, un Lionel Trilling me parece una persona indicada para hablar en nombre de la tribu.

(Publicado previamente en el suplemento El ángel de Reforma)