Un artista serio

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Creo que todos tenemos derecho a negarnos a recibir un premio al que no nos hemos presentado: sobre todo si es una concesión que intenta realzar la resonancia del galardón con la reputación del premiado. Algo que suena raro, pero que sucede habitualmente: los escritores y los artistas tenemos una vanidad gigantesca. No creo, como piensa con bastante soberbia Santiago Sierra, que el Premio Nacional de Artes Plásticas le convierta en una herramienta del Estado guerrero: como no lo hizo con Ramón Gaya (quien vivió también en México, pero no por su propia voluntad, sino obligado por el franquismo), con Manuel Ángeles Ortiz (también exiliado), con Eduardo Arroyo (otro exiliado más) o con Baltasar Lobo (que murió en el exilio).

Creo que todos tenemos derecho a cambiar de opinión, sea cual sea la velocidad de ese cambio. Santiago Sierra no se negó a ser el artista invitado en el pabellón de España, pagado por el Estado español, en la Bienal de Venecia de 2003: entonces todavía, supongo, creía en el Estado español. Santiago Sierra tampoco renunció a exponer en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga en 2006.

Ahora, según parece, ya no cree en el Estado español: aunque me parece que él se refiere, en su carta de renuncia, más al gobierno español que al Estado español. Un Estado no toma decisiones, las decisiones las toma un gobierno: dar dinero a la banca o reducir las prestaciones sociales. El Estado son también las comunidades autónomas, las diputaciones…

El atleta checo Zátopek, y así lo cuenta Jean Echenoz en su magnífico libro Correr (Anagrama), pasó de ser un firme defensor del Estado comunista a convertirse, tras los sucesos del 68 en Praga, en un defensor de las libertades. Por supuesto, fue represaliado y castigado a barrer las calles: sus compatriotas le aplaudían mientras barría.

Creer que todos tenemos derecho a cambiar de opinión no es un obstáculo para que me parezca que Santiago Sierra es un oportunista. Los 50.000 euros del premio que ha rechazado le han dado un rédito mediático y político y de reputación artística, sea lo que sea que esconda esa expresión, muy por encima del valor monetario del premio.

Por si quedan dudas: el oportunismo es aprovecharse de la concesión para expresar su opinión. Porque, de hecho, Santiago Sierra sigue colaborando activamente con el Estado español. Consultando la página web del Instituto Cervantes, se puede comprobar que dio una charla en mayo en su sede de Berlín y que estaba anunciada una intervención suya en Sídney para el 11 de noviembre. (Escribo este artículo el día 7, y me encantaría que renunciara a esta intervención por coherencia: para que el Estado español no siga instrumentalizando su arte.)

El Instituto Cervantes es puro Estado español. Y en una discusión de teología estatal, me atrevería a decir que el Instituto Cervantes es más Estado español que el Ministerio de Cultura que otorga el Premio Nacional de Artes Plásticas. Participar en los actos del Instituto Cervantes, pese a las creencias de Santiago Sierra, es formar parte del Estado o ser uno de sus “amigos”.

Creo que las relaciones entre artistas y gobiernos (salas institucionales, museos, compras…) están distorsionando completamente el arte. Marc Fumaroli habla de ello en su reciente diario París-Nueva York-París. Viaje al mundo de las artes y de las imágenes (Acantilado): analiza la obsesión del gobierno francés por encaramar a la cúspide del arte contemporáneo mundial a un artista francés; analiza, también, las perversiones del modelo de intervención cultural del Estado que inventó André Malraux para De Gaulle y que se ha impuesto en todas las democracias europeas.

De hecho, izquierda y derecha están de acuerdo en que ese es el único modelo cultural válido para Europa. La libertad no sería suficiente y sería necesaria la tutela constante, el despotismo ilustrado, el control obsesivo, la planificación, las muletas constantes en los creadores…

No me gustaría que este artículo se convirtiera en un “comentario de textos”, pero me resulta imposible hablar del rechazo de Santiago Sierra al Premio Nacional sin referirme a su carta de rechazo, dirigida a la ministra. En ella, Santiago Sierra escribe varias frases imposibles: “Es mi deseo manifestar en este momento que el arte me ha otorgado una libertad a la que no estoy dispuesto a renunciar. Consecuentemente, mi sentido común me obliga a rechazar este premio.” Sin criticar su decisión, que me parece legítima, no tengo claro que, por aceptar el premio, renuncie a su libertad. El primer artista verdaderamente libre, Goya, del que Santiago Sierra es un apéndice, incluso temáticamente, trabajaba para la Monarquía y para los ayuntamientos y para la Iglesia y no dejó nunca de ser libre.

Y, desde luego, no admite un pronombre posesivo el “sentido común” (descrito por el Diccionario de la Academia como “Modo de pensar y proceder tal como lo haría la generalidad de las personas”). Puede ser “el sentido común” o “mi sentido del arte, de la realidad, del sexo…”, pero nunca “mi sentido común”, porque la generalidad de las personas no rechazaría un premio otorgado por un gobierno democrático. Solo la “excepcionalidad” de las personas rechaza el premio.

Por cierto, solo en los Estados democráticos se pueden rechazar los premios. Por cierto, difícilmente podría gozar Santiago Sierra de su libertad artística si no viviera en un Estado democrático. Sobran, desgraciadamente, los ejemplos: Cuba, Irán, China… México, donde habitualmente reside, me sirve como ejemplo perfecto, porque ha acogido, desde antaño, a cientos de exiliados políticos, españoles, hondureños, nicaragüenses… que no podían trabajar con libertad en sus países, sometidos por dictaduras.

Encabeza su carta Santiago Sierra con una referencia al brumario, mes del calendario reformado por la Revolución francesa, y me recuerda a una novela reciente, Los once (Anagrama), donde Pierre Michon pinta un cuadro que representa a los miembros del Directorio, diez escritores mediocres y un no escritor, la excepción que confirma la regla, cuando están convirtiendo la revolución de la igualdad, de la libertad y de la fraternidad en una dictadura pura y dura. La esencia del libro no es la descripción del terror, tal y como lo conocemos con guillotina y tejedoras, sino cómo el sueño de la razón acaba muy fácilmente convertido en una monstruosidad. ~

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