Uranga y su maestro

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Del filósofo Emilio Uranga (ciudad de México, 1921–1988) ha quedado una leyenda de genio malogrado, pésimo amigo, hombre de discutible rectitud, una especie ejemplar de enemigo de la humanidad. De su obra, todavía dispersa, suelen citarse el par de folletos (Ensayo de una ontología del mexicano y Análisis del ser del mexicano, 1948 y 1952) dedicados a la averiguación filosófica de la identidad del mexicano, que tienen, en mi opinión, apenas una importancia documental. De aquella estación romántica que fue el grupo Hiperión quedaron libros más perdurables que los de Uranga, aunque todo aquel existencialismo haya sido más bien parte del problema –la adolescencia de la cultura mexicana– que de su solución filosófica.

Poco sabrán, de Uranga, los nuevos lectores. De él queda (o quedó, perdido en esa tradición oral a la que el filósofo, por miedo, tanto despreciaba) un anecdotorio y esa es la paradoja que lo sobrevive, paradoja que a una mente tan brillante como la suya, quizá no se le escapó, porque ¿De quién es la filosofía? (1977; Gobierno del Estado de Guanajuato,1990), el mejor de sus libros, pone en duda las libertades confesionales y autobiográficas a las que supuestamente tiene derecho la filosofía. Esos derechos, asume Uranga, se los arrogaba su maestro José Gaos (1900–1969) en sus Opiniones profesionales (1958) y ¿De quién es la filosofía? es uno de los actos de parricidio mejor pensados que me ha tocado leer.

En el apéndice de ¿De quién es la filosofía?, Uranga califica a Gaos de ser un “fotográfo de cadáveres” aquejado, más historiador de la filosofía que filósofo, de necrofilia y de otras perversiones propias del catedrático. Lo acusa –nada menos– de no haber resuelto los problemas del estilo y de la muerte, de expresarse “en un español sin español” (verdad irrebatible). No hubo nada de dramático, concluye Uranga, en la existencia de Gaos. Quizá por ello el propio Uranga, tras pasar por las universidades de Friburgo, Tubingia, Colonia, Hamburgo y París, montó el drama de su propia destrucción, que culminó, según escribió Luis Ignacio Helguera, “en una jubilación alcohólica, desencantada y ermitaña”.

El caso levantado por Uranga contra Gaos, en ¿De quién es la filosofía?, va más allá del parricidio. Desdeña Uranga a la filosofía en español por no ser sistemática ni técnica y sugiere –como lo hizo en un tono autodenigratorio José Vasconcelos– que estamos condenados a la subfilosofía. Aquello que Gaos rescató como el blasón de la filosofía hispanoamericana, esa tradición de Unamuno y Rodó en que el oficio de pensar aparece como una confesión personal, le parece a Uranga una patraña, el dogma religioso que nuestros filósofos eligen para asegurar “la resurrección de la carne”, incapaces de entender (con Santayana, dice) la comicidad que hay en la pretensión de edificar un sistema filosófico, debilidad aparecida cuando ya nada puede hacerse frente al azoro provocado por la historia.

Hay otros balances de la vida de Gaos más logrados y justos (como el de Alejandro Rossi en Manual del distraido), pero el de Uranga es algo más que una venganza por la descalificación, cortés y contundente, realizada por Gaos de la filosofía mexicanista de sus discípulos, los hiperiones. Uranga, presumido por Gaos como su “único proyecto de genio”, decidió denostar a su prestigiado y queridísimo maestro, exhibiendo debilidades que él conocía mejor que nadie. Estamos ante un capítulo sobresaliente en la historia socrática de las relaciones entre el maestro y el discípulo, aquella que ha motivado páginas perfectas de Alain o de George Steiner.

Uranga murió en la inopia, lo cual descalifica los frutos de su poco prestigiada inverecundia al servicio de los políticos como asesor y escritor fantasma, según escribió Javier Wimer, comentando la acusación que lo hacía autor, a Uranga, de un venenoso libelo contra el movimiento estudiantil de 1968. Como pocos, se hizo cargo el misántropo Uranga de su propio fracaso y no sólo por ello la eficacia polémica de ¿De quién es la filosofía?, que también es un breve tratado sobre la teoría de las descripciones de Bertrand Russell, debería ser reconsiderada.

Pensando en la biblioteca mexicana ideal, ese sitio imaginario, yo incluiría, además, otro de los libros de Uranga, Astucias literarias (1971; Gobierno del Estado de Guanajuato, 1990). Es amargo y reconstituyente el veneno que destila en ese diario de lecturas redactado durante unos meses de fecundidad ocurridos en 1970. Expresa sus fobias contra Gracián y contra Joyce, examina “la filosofía” de Borges –fue el primero que, en México, la comprendió–, oscila entre Wittgenstein y Russell, lee con detenimiento lo mismo a Bergson que a Fernando Del Paso o a José Emilio Pacheco y aboga, de manera tardía o farisea, por las virtudes de la mariguana contra las del alcohol. Pone Uranga a Poe como experto en el arte de desobedecer la propia estética y acusa a sus contemporáneos de proponer, como candidatos en campaña, la estética que precisamente se proponen incumplir. De Uranga dijo Octavio Paz: “Lástima que haya escrito tan poco. Hubiera podido ser el gran crítico de nuestras letras: tenía gusto, cultura, penetración. Tal vez le faltaba otra cualidad indispensable: simpatía…”

Uranga fue acaso el único que se preguntó qué sentido tenía –entre nosotros– hablar de la figura del filósofo. Al apóstol de la impersonalidad filosófica, al enemigo de la falacia biográfica, ésta lo ha acabado por devorar. Pero no será por mucho tiempo y llegará el día en que algunos fragmentos de su obra reaparezcan, a la manera de diálogos, en la eternidad, sin que se sepa quién los escribió, tal cual él lo hubiera querido.


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