Fidel: nada contra la Revolución.

Tengo miedo, tengo mucho miedo

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Durante las últimas semanas los medios oficiales le han brindado amplios espacios al quincuagésimo aniversario de una frase. El controvertido apotegma fue dicho por Fidel Castro hace ya cinco décadas en una reunión con escritores y artistas que tuvo lugar en el teatro de la Biblioteca Nacional. Aquella alocución, conocida como “Palabras a los intelectuales”, ha estado determinando la política cultural del país hasta el día de hoy, incidiendo directamente en las purgas y los procesos de reprimenda que han padecido los creadores. El entonces joven guerrillero encerró –aquel último día de junio– la creación artística nacional bajo una dicotomía irrevocable: “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada.” Sería justamente ese el comienzo de un matrimonio forzado entre el Partido Comunista y la pluma, entre los uniformes verde olivo y los pinceles, entre la censura y los censurados.

La expresión que lanzó el Comandante en Jefe aquella jornada, frente a los ojos asustados del auditorio, no era totalmente nueva para los oídos del mundo. Ya Benito Mussolini lo había resumido también en “Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado.” Solo que en nuestras latitudes la Revolución se había autonombrado fuente de derechos y por tanto se comportaba por encima incluso del propio aparato estatal y gubernamental. De manera que Fidel Castro estaba diciéndoles a poetas, pintores, músicos y demás que cada línea de sus textos, cada brochazo sobre sus lienzos o nota sacada de sus instrumentos melodiosos, iban a ser evaluados a partir de una posición ideológica. Se cuenta que en medio de la catarata verbal del barbado líder, algunos artistas se atrevieron a intervenir. Uno de ellos, Virgilio Piñera, pequeño, delgado, gay y poeta, le espetó una observación también antológica: “Yo no sé ustedes pero yo tengo miedo, tengo mucho miedo.” Y con la misma se sentó para molestia del orador y risita contenida de la concurrencia. Casi dos décadas después de aquel día, el autor de Dos viejos pánicos moriría en el mayor de los ostracismos editoriales, denigrado como homosexual y apartado por su incómoda postura ante los asuntos del poder.

Como a la historia le gusta gastar ciertas bromas, la frase de Fidel Castro no ha podido sacudirse aquella tan contraria dicha por el atrevido Piñera. Ya la una no existe sin la otra y viceversa. Hay quienes aventuran que para cuando se cumpla un siglo de aquel encuentro en la Biblioteca será evocada la expresión del cáustico escritor y no la esquemática dicotomía lanzada desde la silla presidencial. Pero mientras eso ocurre, los periódicos nacionales intentan hacernos creer que un rapto de lucidez hizo al Máximo Líder enunciar escuetamente la esencia de un arte verdadero.

Para convencernos, escamotean los detalles que marcaron el derrotero artístico cubano en los años posteriores a las “Palabras a los intelectuales”. Se soslaya o minimiza el llamado Quinquenio Gris (1971-1975) durante el cual se intentaron instaurar los preceptos del realismo socialista –tropical– como los únicos apropiados para el momento histórico que vivía el país. Eran los tiempos de pintar pioneritos de rostro feliz, componer marchas para acompañar los desfiles multitudinarios y llevar a escena o al celuloide obras donde campesinos se unían en cooperativas para sacarle el máximo provecho a la tierra. Muchos de los que profesaban públicamente una religión, tenían una ideología diferente a la imperante o hacían gala de sus preferencias homosexuales, fueron sancionados y sacados de las instituciones culturales. Para pararse sobre un escenario, publicar un libro o tomar el micrófono en un programa de televisión era más importante la confiabilidad política que el talento. Vinieron entonces tiempos oscuros para el arte. Y buena parte de los torquemadas de la cultura blandían como un credo el axioma dicho por Fidel Castro en 1961. En nombre de esas breves palabras fue mucho el pavor que se desató, demasiadas las alas de la inspiración que fueron cortadas. El Comandante, mientras tanto, seguía definiendo la identidad nacional, clasificándola con términos que parecían no incluir los matices, separando a los cubanos con epítetos que los definían como “revolucionarios” o “contrarrevolucionarios”. La mesa estaba servida para la intolerancia.

Por suerte los rostros de koljózniki sonrientes no lograron apoderarse de todos nuestros óleos y la capacidad creadora de esta isla sorteó el empobrecimiento de aquellos años setenta. Pero el miedo intuido por Virgilio Piñera ya no solo acechaba a escritores y artistas, estaba tras cada puerta, instalado en el interior de todo cubano. El enclenque escritor había tenido la lucidez de verbalizar por nosotros ese temblor que aún hoy nos recorre. Le había dicho al rey en su propia cara que estaba desnudo, que no había ningún mérito en gobernar sobre gente atemorizada.

A la luz de este siglo XXI, los exégetas del Comandante en Jefe quieren hacernos creer que sus palabras han sido malinterpretadas por los extremistas. Las celebran cual frase para cincelar sobre el mármol, pero ya hace tiempo no hay forma de esconderle el fundamentalismo que encierra. Ahora, cuando la volvemos a rememorar, escuchamos también al fondo de ella una risita cáustica. La broma de un menudo intelectual, de cabeza casi calva, que con su hilillo de voz se robó por siempre el protagonismo de aquella jornada, que le dijo a Fidel Castro las asustadas y quedas palabras de los intelectuales. ~

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