No se equivocó Víctor Trujillo, que es un hombre inteligente y de vis cómica probada, al crear un personaje chusco y provocador, desfajado, desmadroso y a la vez enterado de los subeibajas de la grilla mexicana, arropado en su potente voz, su mirada saltona y su gusto por el rollo y el albur. No erró al disponerlo en pleno cotilleo y delante de la solemnidad de los noticiarios al uso. Desde El mañanero, quién lo dudaría, si no conciencias, despertaría sonrisas y algunas carcajadas de un auditorio radial, primero, y televisivo luego, que juntó vertiginosamente al público corriente con jerarcas políticos y financieros.
Tampoco equivocó la apuesta Televisa al ficharlo mediante un contrato tan grande que mereció rumores, del modo en que sucede con los de las estrellas del deporte o el cine o la balada. Brozo, “el payaso tenebroso” según explicación no pedida, añadió a sus dotes un grupo de compañeros o subordinados que eran modelo de recatada obediencia o de franca vulgaridad, como La Secretaria o El Capitán Guarniz. La noticia como entretenimiento o más precisamente el show como medio de dar y comentar noticias, un show donde cupo de todo, desde el albur menso y la pretendida misoginia hasta la delación de transas que seguirían ocupando los intercambios de acusaciones en que se ha convertido la política local.
Cuando se fue Brozo, personajes de lo más diverso expresaron felicitaciones al ¿comunicador?, ¿locutor?, ¿actor?, ¿payaso?, y claro que su pesar por la inevitable ausencia. Y ahora Trujillo vuelve, sin disfraz, irreconocible, levemente adusto, sin disimular su interés en las cosas serias de la vida mexicana. Hace un noticiario de corte moderno, sigue a ratos el estilo de emisiones de la Televisión Española, parece apostar por el atractivo solo de los hechos. Es decir, se ha ido al otro lado de la cancha. La apuesta es buena, aunque no sea descabellado augurar menos lamentos cuando llegue la hora de su eclipse, en vista de que la seriedad y el humor sin grosería es cada vez cosa de menos gente. –
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