Coetzee profesor

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Leer y enseñar pueden se cosa grave. Depende del lector. Depende del maestro.
     Es martes, alrededor de la una y media de la tarde. Veinticinco estudiantes nos encontramos en el curso sobre Los hermanos Karamázov, impartido por Jonathan Lear y J.M. Coetzee en la Universidad de Chicago, durante el otoño del 2002. Estamos sentados alrededor de una mesa larga de madera; dos de las sillas están vacías. Después de algunos minutos, Lear y Coetzee entran al cuarto y toman su lugar en la cabecera. Coetzee comienza la clase con la siguiente pregunta:1 “¿Cómo puede alguien transformar su alma?” Silencio. Coetzee continúa: “¿Podemos considerar por completo Los hermanos Karamázov, y en especial los capítulos que resumen las pláticas y la doctrina del stárets Zósim,2 como una medicina contra la historia del gran inquisidor, creación de Iván Karamázov, quien admite a Dios pero no su mundo, y respetuosamente ‘le devuelve el boleto del viaje’. Zósim no nos presenta argumentos. Nos ofrece, en vez de eso, imágenes y fragmentos de su vida. Cuando habla, por ejemplo, sobre la influencia que las Sagradas Escrituras tuvieron en su juventud, Zósim dice lo siguiente: ‘No hay semilla, por diminuta que sea, que, una vez depositada en el alma del pueblo, pueda perecer: allí permanecerá hasta el fin, y brillará como un punto luminoso, como un recuerdo sublime, entre las tinieblas y entre la bajeza del pecado.’ La idea de una semilla que, una vez plantada en el alma de alguien, puede en algún futuro desconocido producir frutos, al igual que la idea de un buen recuerdo, que en algún momento puede salvarnos e ‘impedir nuestras malas acciones’, se repite varias veces en el libro.3 Si consideramos la literatura como esa semilla y ese recuerdo, ¿qué es lo que Dostoievski nos está tratando de decir sobre su valor? ¿Puede la literatura transformar el alma de alguien?”
     Coetzee raramente proporciona, en clase, las respuestas a sus preguntas. Como Sócrates, quien en el Teetetes se describe a sí mismo como una matrona cuyo oficio consiste en “ayudar a los demás a parir,” a “encontrar en sí mismos los numerosos y bellos conocimientos que han adquirido”, Coetzee sólo indica —con un largo silencio, o diciendo “¿puedes llevar lo que acabas de decir más lejos?”— si cree que la idea de alguno de sus estudiantes puede engendrar vida. Sin embargo, una pregunta como la anterior tiene mucho que decir sobre lo que Coetzee piensa que puede ser el oficio de leer y enseñar. Ofrezco la siguiente hipótesis: para Coetzee, estas dos actividades tienen una meta ética: prevenir que lastimemos a otros.
     Esta idea se hace visible, por ejemplo, en The Lives of Animals, cuando Elizabeth Costello, la novelista a quien la Universidad de Appleton pide que pronuncie un discurso sobre los derechos de los animales, dice lo siguiente sobre lo que la imaginación nos permite hacer:

el horror [de los campos de concentración] está en que los asesinos se negaban a ponerse en el lugar de sus víctimas… cerraban sus corazones. El corazón es la sede de una facultad, la compasión, que nos permite compartir a veces el ser de los demás […]

No es ésta la voz de Coetzee, pero creo que estaría de acuerdo con su personaje Elizabeth Costello, y que sostendría que una persona con una imaginación lo suficientemente desarrollada tendría dificultad para lastimar a alguien más, ya que estaría consciente de la manera precisa en que sus acciones perjudicarían al otro. La literatura —continuaría el profesor—, al ponernos en contacto con una variedad de personajes y situaciones diferentes, expande nuestra facultad compasiva, y esa capacidad es, para Coetzee, requisito indispensable del comportamiento ético.
     Regreso a la idea de la semilla. Queda claro que un libro planta en nosotros palabras e imágenes. ¿Cómo puede entonces una palabra, o una imagen, detenernos ante otra persona? En las escuelas de filosofía helénica se decía que cada adepto debía tener “a la mano” un principio fundamental sobre cómo vivir, formulado en pocas palabras, de una manera sencilla y clara, que pudiera después aplicar a todas las circunstancias particulares de su vida. Teniendo esto en mente, consideremos la frase célebre de Zósim en Los hermanos Karamázov: “El único medio para salvaros es tomar sobre vuestras espaldas las culpas de todos los hombres.” Cuando llegamos a este punto en el libro, Coetzee preguntó: “¿Qué significa decir que deberíamos llevar sobre nuestras espaldas las culpas de todos los hombres? En otras palabras: ¿Cómo actuaríamos si en cada momento tuviéramos esta frase ‘a la mano’? Si sintiéramos cada delito como una indicación de que nuestro ejemplo no tuvo el peso suficiente para prevenirlo, nos encargaríamos, tal vez, de formarnos una estructura moral lo suficientemente sólida como para que otro individuo, teniendo frente a sí la imagen de nuestro ejemplo, se sintiera apenado de cometer cualquier ofensa.”
     Las palabras de Coetzee —quien sólo habla cuando es absolutamente necesario, y entonces lo hace con razones honestas y pendiente de la sensibilidad de su interlocutor—, y la congruencia entre lo que
     dice y la vida, al igual que entre sus preguntas y su actividad, creo que realmente contribuyen a hacernos un poco más conscientes de nuestra capacidad de ser crueles. Esas palabras y esa actividad demandan de nosotros una transformación: son la manera en que Coetzee revela lo que para él significa el oficio de leer y enseñar. ~