Disney, cuadro por cuadro

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Walt Disney parece no conocer la perversión. Si bien es cierto que dentro de sus decenas de películas de corto y largometraje aparecen algunos villanos amenazantes, sus personajes son, mayormente, angelicales. La gran mayoría protege y promueve los valores familiares. Una buena cantidad hasta se da el lujo de tener pareja: hay una Minnie para Mickey, una Daisy para Donald, y hasta una dientona Clarabella para el caballo Horacio. Además de promover la sana unión de los personajes, Disney aplaude la actitud paternal (aunque nunca, curioso dato, de padres a hijos). Ahí está Donald cuidando, con poca pero pertinaz paciencia, a sus tres sobrinos; Daisy haciendo lo propio con las suyas y Tribilín cuidando de su sobrino Gilberto. Por ahí se esconden, es cierto, algunas bajas pasiones: el Tío Rico McPato cuenta, avaro y ambicioso, sus monedas; Donald es irascible y le teme al compromiso. Pero aun así, los personajes creados por Disney están lejos del humano desequilibrio de las caricaturas de la Warner, donde hay grandes perdedores (El Coyote, Silvestre, Elmer) y engreídos ganadores (Bugs Bunny, Piolín o el insoportable Correcaminos). La galería de creaciones de Disney está llena de optimismo y limpieza que rechina.
     Pero no todo es miel sobre hojuelas. El incierto mundo de las leyendas urbanas, que se difunde con una velocidad deliciosa en Internet, esconde una historia que se aleja de la pureza de Disney y se acerca al territorio del relajo, la travesura o las bromas pesadas: es Disney entre líneas, cuadro por cuadro. De acuerdo con varios archivos de mitos urbanos, los dibujantes de Disney se han dedicado, ya por un buen tiempo, a esconder mensajes en sus películas. En dos o tres cuadros de los 24 que ocupa un segundo en el cine, los artistas de Disney han dejado inscritas palabras ingeniosas, voces agresivas y hasta (¡oh, blasfemia!) senos al descubierto.
     La historia comienza con una anécdota real. Durante los primeros años del estudio, Disney se negaba a dar nombre a sus creativos por el trabajo realizado en los cortometrajes: decidió que toda esa labor era suya y sólo suya, y así lo reflejaban los créditos de las producciones. Hasta antes de los cuarenta, cuando los artistas del lápiz y el pincel emplazaron a huelga por el asunto, los creativos incluyeron sus nombres en las cintas de la manera que les fue posible. Algunos dibujaron alguna palabra en uno o varios cuadros de la película, otros dieron sus nombres —o variantes de los mismos— a ciertos personajes, sobre todo en los famosos cortos deportivos protagonizados, con su torpeza habitual, por Tribilín.
     Pero la cuestión no llegó a mayores en…

Pero la cuestión no llegó a mayores en aquellos tiempos románticos. No fue sino hasta años después cuando se desataron los verdaderos escándalos. La lista es corta, pero sustanciosa. En Bernardo y Bianca, de 1977, aparece la fotografía de una mujer completamente desnuda en dos o tres cuadros durante la secuencia en la que los dos tiernos ratoncitos rescatadores descienden hacia la ciudad metidos en una caja de sardinas sobre el lomo de un tosco albatros aeronáutico. La imagen es casi imperceptible a velocidad normal, pero los bromistas del estudio Disney no contaban con el freeze frame o el slow motion de la era del dvd. En este caso, le leyenda urbana no es tal: en determinadas ediciones del video (otras fueron retocadas por Disney) se puede ver, con toda claridad, a la modelo con el pecho al aire.
     Otro sonado caso ocurre en La Sirenita, de 1989. En la escena en la que la malvada Úrsula se hace pasar por Ariel para casarse con el apuesto príncipe a bordo de un barco, el sacerdote que oficia la ceremonia sufre una paulatina erección conforme se acerca la feliz pareja. De la misma calaña es la broma de uno de los dibujantes de la portada del video de esta misma película: trazó un enorme pene que funciona como torre del castillo detrás de los enamorados. En el primer caso, todo es cuestión de enfoque; en el segundo, la torre fálica es más clara que el agua.
     En años más recientes, Disney ha sufrido por otro par de películas. En Aladino (1992), la supuesta broma es auditiva. Durante una escena que comparten Aladino, Jazmín y el Tigre Rajah, el héroe masculla una frase que, interpretada con creatividad, pareciera decir "Good teenagers take off their clothes" ("Los buenos adolescentes se desvisten").
     El Rey León (1994), la obra maestra de la narrativa de Disney, no se salva de una sospecha similar. En la melancólica secuencia durante la cual el joven Simba suspira al borde de un acantilado y un puñado de nubes se disipan, la palabra SEX se alcanza a distinguir entre lo que fue la imagen del orgulloso Mufasa. Los escépticos dicen que la palabra que se lee no es SEX sino SFX, una firma, muy al estilo de un graffiti, dejada por el equipo de efectos especiales. Aun así, parece que ni siquiera el Hamlet de los dibujos animados logró escaparse del perverso flashazo de los dibujantes de Disney.
     Pero no sólo el sexo encuentra su lugar entre los cuadros que corren por el proyector durante una película de dibujos animados asociada con Disney. El racismo también ha tenido sus cuatro cuadros de gloria. De acuerdo con los análisis de los que gustan de crear estos mitos urbanos, en ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988) es Donald quien se encarga de los insultos. Durante una pelea con el Pato Lucas en Toon Town, Donald —en ese dialecto salivoso suyo— le grita sin miramientos al desafortunado pato de la Warner: "Goddamn stupid nigger" ("Maldito pinche negro").
     Como toda leyenda urbana, casi todos los casos dependen de la voluntad con la que se les mire o interprete. La versión oficial de Disney —claro está— es que ninguno de sus filmes oculta mensaje alguno; para los cazadores de escándalos, cada anécdota es verdadera. Lo único cierto es que, al parecer, a algunos habitantes del mundo Disney les parece irresistible la tentación de pervertir, aunque sea un poquito, a este pequeño, pequeño mundo. –