El clima y el futuro: 2030 y 2050 y entrevista con José Sarukhán

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Le
llegó el verde a la economía

¿Es
exagerada la noción de que el clima global le cambiará
la fisonomía a la economía mundial del siglo XXI?

El
cambio climático fue un tema académico por décadas,
atizado por discusiones progresivamente candentes entre climatólogos,
geólogos, oceanógrafos, químicos y una variedad
creciente de gente de ciencia entre los muros de las universidades.

Ya
no más. Habiendo caído como lluvia tropical sobre los
campos de la sociología y la política, en 2007 vemos
cómo sus relámpagos ponen al rojo vivo las raíces
más profundas de esa enredadera que es la economía
globalizada. Ha inundado los espacios noticiosos y mantiene áridas
las mesas de negociación a cuyos bordes se sientan las
economías mundiales más poderosas frente a las más
pujantes.

Empero,
bajo semejantes barruntos de tormenta planetaria aún hay
quienes olisquean en el futuro los aires de una sociedad cambiada por
la conciencia (adquirida por convicción o impuesta a golpes de
calor, lo mismo da) de que la humanidad no habita un planeta distinto
del que ocupa la Naturaleza. Son los activistas del regreso a la
marcha bípeda, a la explotación de los rayos solares,
al impulso de los vientos y a la alimentación local, pausada y
sin avaricia industrial.

En
una especie de retorno al origen académico de esta historia,
son los científicos del Grupo III del Panel Intergubernamental
sobre Cambio Climático (IPCC) quienes arrojan algo de luz
respecto del futuro de la especie en un planeta con la meteorología
alborotada. Y si algo deja muy clarito su reporte más reciente
es que el tema de la mitigación del cambio climático no
es menos económico que científico y social.

Esa
claridad resulta de un tipo de ejercicios, entre teóricos y
empíricos, que no le son ajenos a los economistas más
avanzados: la proyección de escenarios. Los del IPCC están
construidos sobre una variable con aura tiránica: la
concentración de CO2 (o su equivalente en gases de otra
composición, como el metano) en la atmósfera.

Pero
acaso la gran aportación de este nuevo análisis sea la
especie de denuncia de que el tirano carbónico va un poco como
el rey desnudo. Es decir que la dictadura cataclísmica del
calentamiento global aún es susceptible de ser mitigada, con
una combinación de cambios culturales, tecnologías algo
portentosas… e inversiones que las hagan factibles.

La
presentación que hacemos aquí es un punto menos
exhaustiva que la del documento original, pero conserva la
especificidad necesaria para imaginar estrategias de intervención
en áreas cruciales y con las tecnologías existentes hoy
y las imaginables en el mediano plazo. Los escenarios de mitigación
que ilustramos en vías paralelas se distinguen
fundamentalmente por la escala de inversión que las sociedades
estén dispuestas a comprometer, desde hoy mismo, con el
propósito esencial de reducir la concentración de CO2
en la atmósfera hacia el año 2030.

Más
allá de ese horizonte las previsiones tecnológicas se
vuelven incómodamente especulativas. Sin embargo, persisten en
el IPCC las tres certezas que mostramos aquí,
esquemáticamente: que cualquier escenario que rebase una
concentración de 530 partes por millón de CO2 es
indeseable; que sólo por debajo de ese umbral puede aspirarse
a un calentamiento global no mayor de 2º c (apenas tolerable); y
que, en cualquier caso, el escenario en que lleguemos al año
2050 estará determinado por la habilidad que tengamos para
retirar CO2 de la atmósfera en vez de seguir inyectándolo,
como hemos venido haciendo desde que se inició la era
industrial.

Las
esperanzas de darle sentido a tales propósitos parecen
orientarse por dos ejes de estrategia tecnológica que
persiguen el fin común de almacenar, de forma segura, el
carbono que de otra forma atizaría el calentamiento. Por un
lado, con tecnologías de captura en las mismas fuentes
potenciales de emisión; y, por otro, mediante lo que se llama
(no sin ambigüedad, por cierto) “secuestro” del carbono que
ya ha sido emitido al ambiente.

Lo
que no parece ambiguo es el aviso de que inyectarle verde a la
economía de mediano plazo resultará bastante menos
candente que pretender ahorrarse, hoy, los sofocones seguros del
futuro. ~


Javier
Crúz y Aleida Rueda
 

Dirección
de Divulgación de la Ciencia

UNAM

La avestruz ya tiene calor

La
noción de que la Tierra suda los rigores de un calentamiento
global, como consecuencia de la explosión industrial humana,
no es en absoluto una idea reciente. Lo que sí resulta algo
novedoso es esta especie de conversión multitudinaria (de
palabra, al menos) al bando de los convencidos. Conversión de
respuesta lenta, por lo demás, porque cualquiera que lea los
informes del IPCC descubrirá que todo estaba ahí, a la
luz pública, sólidamente argumentado.

El
IPCC es el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, un
diligente conglomerado ocasional de unos dos mil científicos
de una centena y pico de países representados en la ONU,
expertos todos en esa disciplina endiabladamente compleja que se
conoce como Ciencias de la Tierra. Acostumbrados a argumentar entre
bosques de incertidumbre y paradojas gordianas, embistieron las
cuestiones del cambio climático con ímpetu de largo
aliento.

Menos
mal, porque los informes mencionados líneas arriba no son los
que han sido hechos públicos este año, sino los de
2001, recién estrenado el milenio. Ya entonces dejaron por
escrito su convicción de que el calentamiento global existe, y
de que es el resultado de las emisiones sin cota de gases de efecto
invernadero a la atmósfera desde que la máquina de
vapor prestó ímpetu sin precedentes a la era
industrial.

A
pesar de que esas convicciones estaban basadas, no en el principio de
autoridad (tan impropio del discurso científico como
característico de la contorsión política), sino
en la conjunción de evidencia empírica y modelos
teóricos, los llamados “tomadores de decisiones”, optaron,
en su mayoría, por guarecerse de la canícula
recurriendo a la estrategia del avestruz: se conoce que con la cabeza
bien encajada en el subsuelo no se pasan tantos ardores.

Lo
malo es que en los seis años que le tomó al IPCC
documentar su pesimismo para hacer crecer su certidumbre de 66 a
noventa por ciento respecto de esos dos puntos (tales son las
diferencias entre los informes de 2001 y los de 2007), la humanidad y
la Naturaleza –admitámoslo– acumularon gases de efecto
invernadero en la atmósfera en tal cantidad que la
concentración de CO2 y gases equivalentes rebasó
largamente valores consistentes con el tipo de clima que hemos
conocido en siglos recientes, y parece haber puesto al sistema
acoplado aire-mares-tierra en una ruta de calentamiento progresivo
que ya no podemos aspirar a detener en el futuro previsible, sino, en
el mejor de los casos, a estabilizar dentro de un rango tolerable.
Tal es la esencia del mensaje del IPCC en 2007: admitámoslo,
pues, y vayamos actuando para adaptarnos y reducir sus impactos en la
medida de lo posible.

De
eso, ante todo, se trata el ejercicio de síntesis que presenta
Letras Libres en
las planas siguientes.

En ellas hemos buscado dar expresión
visual a la combinación de conocimiento presente y estrategias
para el futuro de que se compone el estado de la cuestión,
desde la perspectiva de los informes del IPCC.

El
conocimiento actual ya no se detiene en discutir la existencia y
origen del cambio climático: lo reconoce en la evidencia
medible y traza, a partir de ella y de las teorías que le dan
sustento, escenarios futuros de impacto. El más reciente
informe del IPCC nos ofrece una previsión moderadamente
esperanzadora. Proyectando escenarios propios de la econometría,
que contraponen costos y beneficios de la inacción con los de
la mitigación, concluye que la inversión necesaria es
de una magnitud comparable con los costos (incluidos los sociales) en
que incurriríamos dejando crecer la concentración de
gases de invernadero en la atmósfera. Visitamos el futuro en
el plazo medio del año 2030 para comparar los escenarios
correspondientes a cada caso –sin hacer nada, o poniéndonos
a mitigar de veras el envenenamiento de la atmósfera–, en
función de las tecnologías esperables para entonces.

Por
último, nos escabullimos un poco de la globalidad para
explorar los matices que el colorido de la cultura de México
le imprime al tema. Lo hacemos en una conversación
refrescantemente franca con el doctor José Sarukhán
Kermez, ecólogo que trasciende sus fronteras disciplinarias
como lo demanda su condición de miembro de El Colegio
Nacional. Con amplitud de miras, Sarukhán rebasa también
lo anecdótico y traza los brochazos de la que podría
ser una Estrategia Nacional de Eficiencia como eje conceptual de la
respuesta mexicana a este asunto planetario.

Imaginemos
a nuestros quetzales tranzando un arco iris que saque de su agujero a
los avestruces más grisáceos.~

Los
conceptos de eficiencia tendrán que cambiar. Entrevista
con José Sarukhán

Si
las ciencias del clima han identificado al dióxido de carbono
(CO2) como el elemento estandarte del cambio climático, la
economía se ha centrado en él como la variable
alrededor de la cual se tejen las finanzas de un mercado ambiental
emergente. Bien sea con instrumentos impositivos, con incentivos
fiscales o mediante intercambios bursátiles, México,
como el resto de las naciones, se encuentra frente a la necesidad de
cambiar el clima de su economía.

El
doctor José Sarukhán Kermez, ecólogo de talla
internacional, ex rector de la UNAM y miembro de El Colegio Nacional,
está en posición de detectar las debilidades con que la
sociedad mexicana llega a esta encrucijada, los actores específicos
cuyas prácticas deberán cambiar y el sentido general de
la estrategia que podría guiar el cambio. Conversamos
brevemente con él al respecto.

Nos
aproximamos a una economía en la que el carbono va a tener
valor de mercado. ¿Qué género de cambios tendrá
que hacer México para integrarse?

Lo
primero, más información. No hay manera de que una
sociedad pueda generar y adoptar cambios en su comportamiento si no
sabe de qué tamaño es la bronca. Pero en México
la gente se entera del cambio climático a trancazos: por
huracanes, ondas de calor, inundaciones. Nuestros medios de
comunicación carecen de información seria, cuidadosa,
educativa.

Veo
mejores vientos de disposición de cambio en el gobierno que en
el sector privado. En México, éste es cavernícolamente
conservador, en el sentido de que no está dispuesto a invertir
en innovación. Para ellos, la competitividad se mide por quién
obtenga los recursos más baratos o pague menos impuestos, y no
con base en quién invierta más en capacidad de
innovación y desarrollo de tecnología.

En
el gobierno no sólo le corresponde actuar a Semarnat. La
Secretaría de Economía, por ejemplo, debería
tener un Plan de Desarrollo Energético de muy largo plazo, con
acciones de cambio sistemático y eficiente que incluyeran el
crecimiento de fuentes renovables de energía al mismo ritmo
del crecimiento de la demanda.

Necesitamos
planear cómo vamos a salirnos de la economía de
combustibles fósiles. ¿Con biocombustibles? Habría
que ver de dónde, porque resulta más efectivo obtener
etanol de la caña de azúcar que del maíz.

En
todo caso, tendría que ser un plan que incluyera por fuerza la
investigación y que superara las contiendas electorales. Los
mercados de carbono van a ser muy volátiles. No sabemos
cuántas toneladas de CO2 se chupa un bosque de pinos, por
ejemplo. Lo que está claro es que la diversidad biológica
implica, a su vez, una diversidad de enfoques de solución.

¿Qué
perspectivas tiene México de aplicar técnicas de
reducción o captura –o ambas cosas– de emisiones de
carbono en gran escala?

Reducción,
más que captura. Hasta ahora sólo he visto diseños
generales de “secuestradores” de CO2. El problema es que para
todo requerimos energía, y no le hemos dado valor. La fuente
más importante de energía de la historia es el sol. De
ella vivió la humanidad hasta el siglo XVIII, cuando nos
volvimos adictos a los combustibles fósiles porque casi no se
pagan, y, sobre todo, no pagamos los costos por su uso.

En
cuanto a emisiones de carbono, el rendimiento agrícola es el
problema más grande. Cuánto y qué podemos
conservar de la biodiversidad dependerá de cómo
producir alimentos para nueve mil millones de seres humanos en 2050.
Hay una enorme ineficiencia en producir y distribuir lo que se
produce.

Usted
ha hablado de la necesidad de idear una Estrategia Nacional de
Eficiencia. ¿En qué consistiría y por qué es necesaria?

Primero,
los conceptos de eficiencia van a tener que cambiar. Vendrán,
además, criterios de eficiencia energética y ecológica.
Está claro que la eficiencia

económica no puede
seguir siendo el único criterio: sólo gente muy
elemental en su manera de pensar puede seguir así. Esa idea de
ver cuánto puedo ganar en el menor tiempo posible ya no puede
ser la lógica preponderante.

Tenemos
que adoptar una nueva forma de hacer el desarrollo industrial y
agrícola igualmente eficaz, pero con productos orgánicos
y con insumos energéticos mucho más eficientes. Hay que
modificar el tipo de agricultura, que hoy es enormemente ineficiente
y dañina en términos ecológicos.

En
México hay suficiente gente con conocimientos bastantes como
para echar a andar el motor. Pero si seguimos con este modelo, el
costo de reparar el medio ambienteserá mucho mayor.~