El fondo del pozo

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J.M. Servín, Cuartos para gente sola, México, Joaquín Mortiz, Planeta, 2004.

 
     El cintillo anuncia: “Antes de Amores perros hubo Cuartos para gente sola.” El esfuerzo de mercadotecnia le hace poca justicia al libro, aunque tal vez ayude a vender algunos ejemplares. Sin embargo, hay que advertir: la sencilla complejidad de la novela de J.M. Servín no tiene, más allá de los perros de pelea, otro punto de convergencia con la película de González Iñárritu. No aparecen jóvenes deseables a pesar de su pobreza, ni desgarres por la traición familiar, ni infidelidades. El drama humano que la película intenta representar es impensable en una novela que gira en torno a un único tema: la soledad. No hay a quién serle infiel, no es posible la traición entre hermanos y el deseo es una urgencia involuntaria, sobre la que no se puede reflexionar y que no ofrece opciones.
     Publicada por primera vez en 1999, Cuartos para gente sola (Joaquín Mortiz, 2004) ha sido señalada como una novela hiperrealista que retrata los rincones menos aceptados de la ciudad y sus manías más repelentes. El personaje central —un ser sin nombre, apenas el inquilino de una habitación de azotea, poseedor de una caja de libros y una televisión de bulbos— está acostumbrado a cierto tipo de violencia y convive con ella como con su propia piel. Conocedor de las peleas de perros y de las mujeres abandonadas, parece preparado para cualquier pérdida y se niega a establecer vínculos afectivos. De esta forma, describe con tranquilidad la muerte, el abandono, la podredumbre y su propia violencia, ese estado al que llega sin poderlo evitar, que le sucede como en un sueño.
     Precisamente es ahí, en esa posibilidad literaria en la que el personaje es capaz de narrarse a sí mismo como un ente ajeno y disociado, donde reside la riqueza de la novela. Y es también ahí donde se aleja del realismo crudo, que insiste en la descripción, para alcanzar un tono de parsimonia poética. Mientras el personaje central camina solo por las calles de la ciudad —entre lotes baldíos, consciente de su vulnerabilidad, recordando la estúpida muerte de un amigo suyo— piensa en la luna y su luz. Cuando es presa de una extraña, casi suicida excitación, y se enfrenta a un perro de pelea, permanece alerta y capaz de apreciar con cuidado el ambiente que lo rodea, de juzgarlo a partir de metáforas antes de volver a la intensidad del encuentro.
     La soledad, herramienta principal y arte narrativo de J.M. Servín (DF, 1962), no parece el doloroso producto de un ambiente hostil, al que no puede dársele la espalda. Por el contrario, en Cuartos para gente sola el narrador nos enfrenta a una perturbadora elección personal. La compañía humana, tan necesaria para otros, es un estorbo para el personaje central de esta historia: no sólo no necesita sentirse acompañado, sino que la presencia ajena le resulta una incómoda carga, algo con lo que no puede ni quiere lidiar. Sus lazos emocionales parecen truncados por una voluntad que no le pertenece, como si la decisión de la ruptura (con su familia, por ejemplo; con los perros que perdía por su “costumbre de dejarlos sueltos en la calle”) surgiera en la otra parte, antes incluso del nacimiento de un lazo estrecho.
     Desde una reflexión postrera, frente a un televisor en el que busca una película que pueda ver desde el principio (“no tiene caso ver las películas a medias”), el personaje-narrador se permite evaluaciones sobre quienes lo han acompañado durante los últimos días de intensidad. Así, regresa nuevamente sobre sus propios pasos y los dirige hacia el óvalo para las peleas de perros; recuerda sus encuentros con Felisa y describe la urgencia de tenerla que se apoderó de él sin que pudiera o quisiera evitarlo. Relata sus relaciones familiares, su desprecio hacia su patrón y los trabajos mal pagados en los que ha estado y el descuido en el que vive. Los impulsos suelen hacer presa de él; sin embargo, posee una claridad que lo distingue del resto. Este ser sin nombre es habitado por una veta compasiva, una franca tristeza, cierta ironía y una clara comprensión de la desesperanza que se apodera de quienes lo rodean. Puede ver y entender las consecuencias de la miseria y la violencia sin que penetren más en él de lo que puede permitirse.
     En Cuartos para gente sola no se asoma Revueltas, no hay hijos de Sánchez desperdigados que nos estrujen el corazón o nos adormezcan los sentidos. Tampoco hay una apuesta visual, como en el cine, por la violencia. Para J.M. Servín no es necesaria la denuncia, en su narrativa no se expresa la más pálida queja sobre las condiciones paupérrimas o amargas de la urbe. Con efectividad, de forma vertiginosa, Servín habla de una ciudad dolida que podría ser cualquier ciudad. Se ocupa con una mirada honesta —sin temores, desde lo hondo de algún abismo al que nos permite asomarnos— del abandono y la corrosiva ausencia de lazos que podrían sucederle a cualquiera. –

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