El hombre de un solo libro

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Para LorenaEstados Unidos: la democracia imperfecta. George W. Bush asumirá la presidencia de los Estados Unidos tras haber perdido el voto popular y sólo después de haber ganado el estado clave luego de una batalla legal de más de un mes de duración. Bush estará sentado en la oficina oval a partir del 20 de enero porque el estado de Florida, gobernado por su hermano Jeb, le dio sus 25 votos electorales.
Las historias que se cuentan sobre los trucos y fraudes antes y después de las elecciones en Florida harían palidecer a muchos países donde la democracia aún no echa raíces. Hasta los más escépticos aceptan que, de haberse contado todos y cada uno de los votos en Florida, el ganador habría sido el vicepresidente Gore. Basta nombrar algunos de los escenarios vividos en ese fatídico mes de noviembre en aquel lugar del sureste norteamericano. Miles de votantes negros (que tradicionalmente sufragan por los demócratas) no pudieron ejercer su derecho el día de la elección gracias a sospechosos problemas en distintos centros de votación. Debido a boletas de votación francamente confusas, varios cientos de ciudadanos mayores de 65 años, en condados como Palm Beach, dieron su voto al candidato de ultraderecha Pat Buchanan, mientras querían votar por Gore. Si se toma en cuenta que una gran mayoría de estos votantes son de religión judía y que Buchanan es un revisionista del Holocausto, los totales que obtuvo el candidato de derecha en esas zonas resultan absurdos. En otra de las joyas posteriores a la elección, miembros del Partido Republicano utilizaron oficinas federales para llenar solicitudes de votos en ausencia, que los favorecerían en el conteo final. Nadie supervisó esta labor. También está fuera de duda que, cuando el condado de Miami-Dade —en el que Gore tenía posibilidades de ganar cientos de votos en el recuento— estaba por revisar sus miles de boletas, una turba de republicanos entró a las oficinas e impidió el proceso. Ese grupo de partidarios de Bush, que aparentemente se había formado "de manera espontánea", estaba en realidad organizado por ayudantes de Tom De Lay, el "látigo" republicano ultraconservador de la Cámara de Representantes. Si a estas irregularidades se agrega el factor Jeb Bush y la presencia de una secretaria de Estado republicana como Katherine Harris (que hizo campaña por Bush y aún sueña con "una embajada en Europa"), el resultado es, al menos, cuestionable.
     Nada de esto, curiosamente, pareció importar a las cortes norteamericanas. En los días posteriores a la elección, los abogados de Al Gore basaron su postura frente al poder judicial en un solo y poderoso argumento: que cada voto cuente. Los republicanos, en cambio, blandieron innumerables razones legalistas para evitar el recuento: que si las reglas no se pueden escribir posfacto, que si las boletas que confundieron a los votantes en Palm Beach habían sido aprobadas semanas atrás, que si el recuento manual habría sido demasiado subjetivo. Los guardias legales de Bush soltaron argumento tras argumento de esta índole para detener lo que parecía el camino de salida más democrático del laberinto: hacer un recuento de todos y cada uno de los votos en duda. Lo difícil de concebir es que la división partidista en los Estados Unidos no haya detenido su marcha en el vulgo jurídico. En la decisión que puso fin a las aspiraciones de Gore, la Suprema Corte declaró inconstitucionales los recuentos manuales. Curioso veredicto para un sistema que basa su legitimidad en el valor y el peso de cada uno de los votos del país.
     Cualquiera que haya sido el camino, George W. Bush logró vengar a su padre, derrotado por la fórmula Clinton-Gore en 1992, y reconquistar la Casa Blanca para su dinastía. Además del triunfo de Bush, el Partido Republicano logró mantener el control del Senado (gracias al voto del futuro vicepresidente Cheney) y la Cámara de Representantes. Por primera vez desde 1954, los republicanos tendrán la casa llena en Washington: aunque sea por un escaso margen, el partido de la derecha en los Estados Unidos podrá ufanarse de llevar las riendas en la capital de un país dividido.
     Lo que hagan o dejen de hacer los republicanos en el poder dependerá, en gran medida, de la capacidad de mediación que despliegue Bush. El gobernador de Texas centró su campaña en una crítica incisiva al establishment en Washington. La gran paradoja es que Bush tendrá que adaptarse a ese sistema, que tanto criticó, con la mayor habilidad y rapidez que un presidente haya mostrado en mucho tiempo. Bush tiene ciertas credenciales promisorias. En Texas logró, en efecto, gobernar construyendo coaliciones plurales y eficaces entre los demócratas y sus colegas republicanos. Pero en Washington la política se mueve en estratos superiores y más complicados. Para usar una metáfora común en los Estados Unidos, que seguramente sería del agrado del beisbolero Bush: Washington será un juego completamente nuevo y distinto. La mayor experiencia del presidente electo, antes de ser político, fue poseer un equipo del beisbol de Grandes Ligas. Y es ahí —en la incertidumbre sobre el desempeño de Bush en la brutal arena de Washington— donde debe centrarse considerablemente la atención poselectoral.
     George W. Bush no es el hijo que su padre hubiera escogido para continuar la dinastía en la presidencia norteamericana. Jeb, el gobernador de Florida, un hombre de finos modos, de trayectoria intachable (y políticamente desahuciado tras las sospechas electorales), parecía ser el más indicado para reconquistar la Casa Blanca para su padre. Todo cambió en 1994, cuando Jeb perdió la gubernatura de Florida, y George, que siempre había sido el impredecible y juguetón del clan, ganó la casa de gobierno de Austin, Texas.
     El padre debe haber sido el más sorprendido por la victoria del hijo mayor. Las anécdotas que a la fecha relata el ex pre-sidente Bush sobre George tienen que ver más con bromas, malas calificaciones y demás monerías que con un camino de rectitud política. Alguna vez, en una cena de Estado, George W. Bush faltó al protocolo al hacerle preguntas personales a la reina de Inglaterra. Durante otra velada, un alto ejecutivo le dijo al presidente que hace años había conocido a su hijo en una reunión social: "Su hijo me aventó a la alberca", dijo el invitado; "De George no me sorprende", respondió el presidente. El hijo modelo que Bush padre hubiera querido no es su hijo mayor sino uno de sus contemporáneos. "Imagínense lo difícil que es para mí saber," dijo hace poco el presidente electo, "que el hijo ideal para mi padre es Al Gore".
     George W. Bush creció en la pequeña ciudad de Midland, Texas, que en los cincuenta no contaba con más de 25 mil habitantes. Ahí, Bush destacó por ser inquieto y por soñar no con la Casa Blanca, sino con las Grandes Ligas. Jugaba en el equipo de ligas menores de la ciudad y, a pesar de no tener demasiado talento, se ganó un lugar por su ímpetu a la hora del partido. Tenía una abundante colección de tarjetas de beisbol y le gustaba pasear en bicicleta; lo suspendían en la escuela con frecuencia y era un dolor de cabeza para su padre. Bush era, en pocas palabras, un niño promedio.
     El problema es que el niño tardó un buen rato en darle paso al adulto. Cuando Bush emigró a la Costa Este para seguir con sus estudios en una fina academia de Massachusetts, no se distinguió por ser un buen alumno, sino por ser el líder de los porristas (su talento deportivo ya no le alcanzó para destacar durante la adolescencia). Lo mismo pasó en Yale, donde a la fecha se le recuerda como presidente de su fraternidad, cargo que obtuvo no por ser un cerebro en el salón de clases, sino un dinamo a la hora de organizar fiestas. De nuevo, las anécdotas que cuentan sus amigos de la época tienen más relación con un muchacho amistoso y frívolo que con un futuro presidente de los Estados Unidos. Según sus compañeros, Bush era simpático, conocía a todo mundo, sabía los nombres de los recién ingresados y era muy popular. Era el líder de las bromas, no de las ideas.
     Después de su graduación en Yale, Bush volvió a Texas. Poco tiempo pasó para que quedara claro que el niño travieso todavía se negaba a desaparecer. En lo que fue uno de los primeros rescates que recibió gracias al apellido de su padre, George W. se salvó de ir a Vietnam: fue elegido para ser parte de la Guardia Nacional y pasó el tiempo de guerra volando aviones de combate para proteger Texas y Alabama, ambos estados en terrible peligro de ser atacados por el Vietcong.
     Bush ha tratado de perseguir y emular los logros de su padre desde sus años de adolescencia. El ex presidente Bush estudió —con gran éxito académico, en su caso— en las mismas instituciones que su hijo; fue un deportista sobresaliente en la universidad y, además, un héroe de guerra. Cuando decidió explotar el negocio del petróleo en la Midland de los cuarenta y cincuenta, lo hizo con tal destreza que aseguró el futuro de su familia por generaciones. El hijo no tuvo la misma suerte. Después de su deslucido paso por la academia y la milicia, George W. Bush fundó una compañía petrolera llamada Arbusto, ayudado por los amigos de su padre. Fracasó notablemente. Apenas salió bien librado gracias a que otro amigo del padre le compró parte del negocio, a un gran costo personal. En 1978, Bush intentó por primera vez postularse para un puesto público. También naufragó. Por aquel tiempo, el ahora presidente de los Estados Unidos era un bebedor empedernido y, probablemente, se drogaba. Ambas adicciones las dejaría, años después, "de un día para otro".
     La suerte de Bush cambió cuando se le presentó la oportunidad de hacerse cargo de los beisboleros Rangers de Texas. Al fin y al cabo triunfaría gracias a una de las partes esenciales de ese niño que nunca desapareció: el beisbol lo salvaría del anonimato. Bush construyó el moderno estadio del equipo tejano en Arlington mediante 135 millones de dólares provenientes del erario, sólo para vender su parte en 1998. El resultado fue, finalmente, similar al logrado por su padre: se llenó los bolsillos de dinero. Su inversión inicial, de alrededor de seiscientos mil dólares, se transformó en casi quince millones de dólares.
     Bush se encontró de pronto ante una encrucijada: entrar a la política o seguir en el beisbol, esta vez buscando ser Comisionado de las Grandes Ligas. El peculiar sentido dinástico del joven Bush lo impulsó por el primer camino: compitió, en 1994, contra la popular Ann Richards, gobernadora demócrata en Texas, y la venció con claridad. Fue un triunfo político con resonancia nacional.
     Bush ya no dejó la casa de gobierno en Austin. Muchos de sus logros en Texas tienen que ver con su habilidad para crear consensos entre demócratas y republicanos. Durante sus años en Texas, Bush fue conocido como un gobernador eficaz que trabajaba jornadas cortas. A veces tomaba un descanso de un par de horas y se iba a correr al mediodía. Salía de la oficina, generalmente, a las cinco en punto. En otras ocasiones jugaba al solitario en su computadora y revisaba las ejecuciones, tan populares en Texas, en reuniones que rara vez duraban más de quince minutos. Pero, por otro lado, era eficiente a la hora de tomar decisiones y —claro está— muy popular.
     Sobra decir que las diferencias entre ser gobernador de Texas por cinco años y ser presidente de los Estados Unidos son muchas. Entre las más importantes están las características de los demócratas tejanos, que se acercan más a la ideología republicana que a la de su propio partido. Bush no tendrá esa misma suerte con los congresistas demócratas en la capital. La otra gran diferencia es que Texas no ha pasado por crisis alguna y es un estado que le permite a su gobernador salir a correr, en efecto, por un par de horas antes de comer un buen plato de chili con carne. No así en Washington: la Oficina Oval deberá ir equipándose con una buena caminadora y el solitario seguramente no tendrá lugar en el disco duro de la computadora que estará sobre el escritorio del nuevo presidente Bush.
     Al parecer, George W. Bush padece, además, cierta ignorancia en algunos de los grandes temas nacionales y un verdadero desinterés en todo lo que tenga olor a imprenta. Durante una tradi-cional cena preelectoral, en la que los candidatos se dedican a burlarse de sí mismos, Bush recordó a un compañero universitario que había publicado un texto durante aquellos años: "Tú escribiste un libro en la universidad," dijo Bush, "Yo leí uno".
     Antes de ser nominado candidato, Bush no sabía casi nada de política exterior (a excepción de lo referente a México, país por el que siente particular interés y afecto). Durante la campaña, el entonces gobernador reprobó un examen oral lanzado de manera espontánea por un reportero: no recordó el nombre de casi ningún jefe de gobierno de países como Paquistán, que son de obvio interés para el presidente de los Estados Unidos. Aquellos que lo apoyan señalan que estas deficiencias son de fácil solución: "Bush aprende rápido", dicen. Otros más argumentan —en contra de esta educación sobre la marcha del presidente electo— que el cargo se llama comandante en jefe, no aprendiz en jefe. Y es cierto: la Casa Blanca no debe ser un aula, y mucho menos una en la que sea el presidente quien ocupe uno de los pupitres.
     Cualesquiera que fueran las dudas o vacíos de la nueva administración o de su propia biografía, Bush deberá resolverlos rápidamente. En la Cámara de Representantes, donde nadan verdaderos tiburones de la política, como el líder demócrata Richard Gephardt, no contará con un solo centímetro para maniobrar. El Senado, donde los republicanos tendrán la mínima mayoría, tampoco será un territorio fácil para el nuevo presidente. La manera en que llegó a la Casa Blanca será, a todas luces, otro lastre para Bush, quien tendrá que responder pronto a varias de sus propuestas de campaña.
     Los retos están sobre la mesa para George W. Bush. Con su elección, ha logrado alcanzar, finalmente, a su padre: ha cerrado la carrera tras la imagen paterna. Pero el resultado electoral no es un verdadero mandato: la contienda fue la más cerrada de la historia de los Estados Unidos, y el control del Senado y la Cámara de Representantes está con él, pero de manera realmente marginal. Sin embargo, aunque su éxito parezca poco probable, no sería la primera vez que un gobernador del Sur, simpático y seductor, alcanzara el éxito en la presidencia de los Estados Unidos a pesar de llegar entre dudas a Washington. En 1992, el alegre gobernador de Arkansas conquistó al electorado, al ritmo de Fleetwood Mac, y venció al presidente en funciones, George H. W. Bush. La diferencia es que el hombre que tomó las riendas hace ocho años leyó mucho más que un libro en la universidad, se casó con una mujer fuera de lo común y presidiría sobre la democracia perfecta. –

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