El privilegio de la barbarie

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Los lectores mexicanos estamos acostumbrados a las novelas sobre nuestro país escritas por extranjeros. Sobre todo durante la primera mitad del siglo pasado, México se constituyó como un ámbito en el cual la mezcla de magia y barbarie resulta irresistible para los narradores de otras latitudes. En la actualidad, sin embargo, aunque el interés por nosotros en el exterior persiste, se enfoca en aspectos nuevos. Ya no son las luminosas supervivencias del mundo prehispánico las que invitan a los novelistas a nuestro territorio. Tampoco las tribulaciones de nuestra historia, ni el sincretismo cultural, ni la cuestión religiosa: nada de lo que atrajo a figuras como Lowry, Traven, Greene, Valle-Inclán, Lawrence, Artaud o Huxley.
     Ahora el atractivo parece residir en el rostro sangriento del país, en la capacidad de su nota roja para alimentar tramas de novela negra, en nuestras manifestaciones criminales, más que en las culturales. Es decir, los escritores de otros países han hecho a un lado nuestra magia para privilegiar nuestra barbarie.
     Tres tópicos destacan en la narrativa extranjera sobre el México contemporáneo: la inseguridad de la capital, el narcotráfico y los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez. Del primero existen algunos relatos cortos; en el segundo, hasta el momento sobresale La reina del sur, del español Arturo Pérez-Reverte. En cuanto al tercero, se dice que, al morir, Roberto Bolaño dejó inconcluso un relato extenso que, entre otras cosas, aborda el tema de las muertas de Juárez. Además, desde hace unos meses circula en librerías otra novela, La frontera, del periodista francés Patrick Bard.
     Merecedora del premio Michel-Lebrun de novela policiaca en 2002, La frontera narra las peripecias de Toni Zambudio, desde que un diario madrileño lo envía como corresponsal a cubrir los crímenes de Ciudad Juárez hasta que los resuelve y da con los culpables. Es decir, este personaje de ficción logra en los pocos meses que abarca la trama lo que la policía mexicana no ha podido, o no ha querido, lograr en una década.
     Zambudio no es un investigador muy hábil, pero el destino, las circunstancias y una serie de casualidades se confabulan para entregarle las claves del misterio: los culpables, como en todo lo malo que ocurre en este mundo, son los gringos dueños de las maquiladoras que, en su afán de lucro, arrasan con todo, incluso con varias decenas de sus obreras mexicanas. Según las conclusiones que arroja la historia, la industria maquiladora vendría a ser la representación del mal absoluto en nuestra línea fronteriza. Es el origen de todos los abusos y todos los desastres que se sufren en sociedades como la de Juárez (“La ciudad en la que al diablo le da miedo vivir”): la inhumana explotación laboral de las mujeres, las enfermedades antes desconocidas, el colapso ecológico, la corrupción del gobierno y la policía, los asesinatos en serie.
     Durante sus pesquisas, Zambudio se interna en una suerte de laberinto grotesco que se recrudece capítulo a capítulo: una prostituta lo asalta, unos agentes lo golpean para después encarcelarlo, recibe amenazas por doquier, su esposa lo insulta por teléfono y comienzan a aparecer los cadáveres de sus informantes en el río Bravo. Esto mientras él, gracias a sus descubrimientos, conecta el caso de las muertas de Juárez con el de los narcosatánicos de Matamoros, mientras investiga a brujos y a santeros cubanos, mientras arma su tesis acerca de que los supuestos crímenes rituales son una pantalla para ocultar los crímenes contra la ecología de los capitalistas estadounidenses.
     La cadena de semejantes hechos debería haber redundado en el despliegue de una atmósfera inquietante, estremecedora, y, sin embargo, La frontera se limita a ser un recuento de nota roja más o menos superficial. El narrador no alcanza a diluirse en lo que cuenta ni en lo que describe. Su mirada es la de un turista en busca de lo exótico o, cuando mucho, la de un periodista cuyo objetivo es tan sólo informar. En consecuencia, los lectores no entramos nunca de lleno en el relato; lo presenciamos, desde una distancia segura, a través de la barrera acentuada por la traducción: ¿quién puede creer sinceramente en, por ejemplo, unos matones fronterizos que hablan con giros coloquiales peninsulares?
     Quizá la mayor deficiencia de esta novela como obra literaria sea, paradójicamente, su mayor acierto como libro de denuncia: esa sucesión de horrores que el autor acumula sobre el caso de las muertas de Juárez. Patrick Bard no descubre nada nuevo —denuncias como las suyas son cotidianas en nuestra prensa desde hace una década—, pero su relato constituye un compendio, un recordatorio de las aberraciones que siguen ocurriendo allá en nuestra orilla del norte. La frontera cumple la función, muy socorrida en ciertas narrativas, de “informar entreteniendo”; aunque informe sin profundizar y entretenga sin conmover. Es, en fin, un ejemplo claro de los aspectos de nuestro México sangriento que hoy interesan a los novelistas extranjeros. –
     — Eduardo Antonio Parra