¿El traje del emperador?

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Julian Schnabel (1951), aquel que alguna vez aseguró que tarde o temprano el público acabaría por aburrirse de él, hoy, quince años después, se las ha arreglado para anular su propia predicción. De nuevo, las páginas de periódicos y revistas alaban su nombre. Antes que anochezca ha sido un éxito, y no sólo en términos del mercado hollywoodense (que esa clase de triunfos Schnabel los conoce bien), sino también en los suyos propios: los del llamado cine de arte. Hacer hincapié en este último aspecto es pertinente por dos razones: la primera es que hasta ahora, y aun cuando lleva mucho tiempo dando de qué hablar, Schnabel no había inspirado a la crítica a pensar en él como alguien que, además de presentarse en piyama a toda clase de actos públicos, podía sorprenderlos con una obra de calidad indiscutible. Y la segunda, muy simple, es que antes que director de cine, Schnabel es pintor. Y no cualquier pintor: uno de los pintores americanos más famosos de las dos últimas décadas y, para muchos, el más notable símbolo de la autoindulgencia y la corrupción que caracterizó al mundo del arte en la era de Reagan. Y bueno, Schnabel escandalizó al establishment artístico de los setenta por vender, en su primera muestra individual, todos los cuadros antes de la inauguración. Lo cual, aparte de suscitar la elevación dramática del precio de su obra, le ganó una precoz retrospectiva itinerante de su trabajo, con magnas escalas en la Whitechapel de Londres y el Centre Pompidou de París.
     Se decía entonces, y hay quien todavía lo cree, que a Schnabel le debemos no sólo el resurgimiento de la pintura figurativa en los Estados Unidos, sino la reconciliación de la abstracción con el realismo. Si esto quiere decir algo, sólo puede ser que, en efecto, las pinturas monumentales de Schnabel, inscritas dentro de la que más tarde sería llamada figuración libre, presentan algunos rasgos abstractos. Pero, en realidad, eso se puede decir de la obra de cualquier pintor figurativo serio (pensemos en Velázquez, por ejemplo). No hay duda de que los Estados Unidos tiene una relación paradójica y fetichista con lo nuevo (aunque lo nuevo sea lo más viejo del mundo). ¿Tan pronto se olvidó que incluso los mismos Jackson Pollock y Willem de Kooning regresaron a la figuración después de haber creado sus, esas sí, novedosísimas action paintings?
     En todo caso, se hace evidente que Schnabel es un artista del que sólo se puede hablar en términos extremos. No hay medias tintas: o lo amas o lo odias. No sólo los críticos, también los curadores de los museos y los académicos eligen, por lo regular, la segunda opción. Sin embargo, una buena parte del público y, sobre todo, de los coleccionistas de arte, lo adora. Claro, a ellos no les ha tocado que Schnabel les interrumpa la cena en un restaurante con la ya célebre frase de: "Soy lo más cerca que estarás de Picasso en esta vida".
     Se dice que los artistas revelan lo que son a través de su trabajo. Esto es especialmente acertado si se habla de Schnabel. La simple elección de formatos descomunales ya nos dice mucho de su autor. Para sus defensores, se trata de una forma artística que tiende a ponerse en el límite extremo de nuestra percepción y a llenar nuestro mundo con su existencia en un continuo intento por destruir los límites de la tradición pictórica. ¿Destruir? Supongo que se refieren a la particular manía de Schnabel de pintar sobre materiales inusitados, como platos rotos, mapas o paisajes del siglo XIX. ¿Qué pensará Julian cuando le pregunta a Calvin Tomkins, del New Yorker, si es pretencioso desear que el público sea más inteligente? ¿Qué será eso que nos quiere decir y no entendemos? Algo grande, sin duda. Pero para descubrirlo se hace necesaria la lectura de su autobiografía, a la que él mismo (¿y si no, quién?) calificó de cruza entre Charles Dickens y Gertrude Stein.
     En 1996 Schnabel debutó como director de cine con un retrato del artista del graffiti, Jean-Michel Basquiat. Desde entonces, mucho se ha dicho que Schnabel ha encontrado en el cine su verdadero oficio. Antes que anochezca parece confirmar las sospechas. Sin embargo, cuando se le pregunta si va a dejar de pintar para dedicarse de lleno al cine, responde: "He pintado más de mil cuadros y he hecho dos películas. Soy un pintor. ¿Eso responde tu pregunta?" ¿No dirían lo mismo si les pagaran ochocientos mil dólares por romper una vajilla? –

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