En busca del centro

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Tengo un problema. Mientras camino rumbo al Fleet Center de Boston, la arena deportiva donde el Partido Demócrata elegirá formalmente a John Kerry como su candidato a la Presidencia de Estados Unidos, tengo las manos ocupadas por una bolsa de basura. Y no encuentro cómo deshacerme de ella. No es casualidad. Las medidas de seguridad en la cuna de Estados Unidos son una locura. La policía de la ciudad se ha encargado, desde hace semanas, de deshacerse de todos los cestos de basura que generalmente descansan en cada esquina. Tampoco hay buzones ni máquinas para comprar el periódico. Los retenes comienzan a diez cuadras del estadio. Me bastan algunos metros para identificar al menos a cuatro distintos cuerpos de seguridad: la policía municipal y la militar, el servicio secreto y hasta el FBI. Todos miran de un lado a otro, revisando de arriba abajo a los transeúntes. La tensión aumenta a medida que uno se aproxima al Fleet Center. El silencio es absoluto. No hay manifestantes ni desorden. En los cuatro días de la Convención sólo un minúsculo grupo de anarquistas se atreverá a pasearse discretamente cerca del Boston Common, el antiquísimo y apacible parque que adorna el centro de la ciudad. En el perímetro de la arena le piden a uno identificación y acreditación: no se permiten las botellas y todo bolso es objeto de una exhaustiva revisión. Entre las rejas hay detectores de metal. La aventura me recuerda más una de esas secuencias cinematográficas en las que un aterrado visitante llega a la prisión para charlar un rato con un convicto. Éste es el mundo en tiempos de Bin Laden.

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     La multitud reunida en el Fleet Center tiene que aguantar, durante cuatro largas jornadas, ocho horas de discursos. Políticos de todas clases desfilan por el podio en una coreografía meticulosa. Se tratan los asuntos de costumbre; se critica a George W. Bush, se manifiesta preocupación por la guerra en Iraq y se dicen maravillas de John Kerry. Y la forma es, también, el fondo. Buena parte de los oradores representa a las minorías. Hay afroestadounidenses, mexicanoestadounidenses y esa otra denominación impronunciable que se usa para identificar a los estadounidenses de origen oriental. No es casualidad que Barack Obama, un célebre abogado hijo de un inmigrante keniano y una mujer nacida en Kansas, sea quien, la noche del martes, ofrezca el discurso central de la Convención. Obama, candidato al Senado por el Estado de Illinois, representa todo lo que los demócratas quieren transmitir en Boston: diversidad, fuerza, tolerancia, optimismo. Llegada la hora, por cierto, Obama dice un discurso memorable. Con el paso del tiempo, este hombre, de finos modos retóricos y manos largas y expresivas, será para el Partido Demócrata lo que Colin Powell pudo ser para los republicanos: el primer político negro que aspire realmente a la Casa Blanca.
     En la jornada inaugural, el reverendo David Alston marca el verdadero comienzo de la Convención. Alston, compañero de armas de John Kerry en las peligrosas aguas del Mekong en Vietnam, habla con claridad y firmeza sobre el capitán del pequeño barco de aluminio en el que Kerry y varios soldados estadounidenses arriesgaron la vida a finales de los sesenta. Los delegados demócratas lo despiden con una ovación memorable. Alston, un hombre fornido y de ojos tristes, ha establecido, sin quererlo, el tono que se ha de seguir en la Convención: John Kerry, el joven teniente que salvó de la muerte a la tripulación del bote PCF-94, merece la Casa Blanca.
     Después de Alston llega la hora de los Clinton. Los demócratas deciden darle a la pareja presidencial por antonomasia un espacio digno pero discreto. Saben de la fuerza y carisma de ambos personajes. “Si hablaran cerca del jueves, podrían robarle toda la atención a Kerry,” me explica Jeffrey Garner, un universitario entusiasta, delegado de Ohio, uno de los estados que serán indispensables para ganar los comicios. No le falta razón. Hillary y Bill Clinton son, sin duda alguna, los demócratas consentidos. Hillary Clinton es la reina sin corona de la Convención. La senadora de Nueva York está en una situación curiosa: todo el Fleet Center sabe que ella sería la candidata ideal para vencer a George W. Bush. En lo que a la postre podría resultar un error de cálculo (seguramente pensaba que ningún demócrata podría realmente vencer a Bush en el 2004, dejándole, así, el camino libre a la señora Clinton cuatro años más tarde), Hillary prefirió descartarse mucho antes de las primarias. Ahora, con John Kerry como un aspirante viable a la Casa Blanca, Hillary no tiene otra salida más que alinearse con el partido. La esposa del ex presidente Clinton usa su tiempo en la Convención para regañar a George W. Bush. La gente le aplaude enloquecida y ella, satisfecha, da paso a su marido.
     Delgado y elegante, Bill Clinton demostró la noche del lunes por qué está considerado el político estadounidense más notable de los últimos veinte años. Salpicadas de un humor eficaz (“Ahora todos hablan del carisma, energía e intelecto de John Edwards. Me están dando celos.”), las palabras de Clinton fueron ideales para la ocasión. Clinton fue el antiKerry, reduciendo los más complicados asuntos de la política estadounidense a frases que cualquier espectador entendería. En suma, el orador perfecto. De la mano de Bill Clinton, los demócratas comenzaron el proceso de explicar y definir a John Kerry frente a los cientos de miles de votantes para quienes el senador de Massachusetts es más un millonario solemne y distante que un héroe de guerra que sabe jugar al hockey (y al futbol, para los interesados). Los republicanos han insistido en colgarle a Kerry la etiqueta más temida por los demócratas: la del liberal nacido en cuna de oro, pacifista porque sí, amigo de papá gobierno. Los demócratas, en cambio, quieren dejar en claro que su candidato, si bien no es particularmente carismático, sí es un hombre valiente, serio y estudioso, responsable en la guerra y en el manejo de la economía. Lo que los tiempos requieren.
     Otro asunto que preocupa a los demócratas es hacer de la campaña presidencial un ejercicio optimista que hable bien de Kerry, y no un ejercicio pesimista y lleno de amargura que se dedique a hablar mal de Bush. Resulta tentador criticar de manera desenfrenada —como lo hiciera Hillary Clinton— al gobierno del presidente Bush. Después de todo, ningún mandatario en la historia moderna de Estados Unidos ha hecho tanto para polarizar a la opinión pública de su país. Sin embargo, es precisamente esa marcada división por lo que dar rienda suelta al resentimiento contra Bush resulta una muy mala idea: en esta contienda nadie puede permitirse alienar a un solo votante, mucho menos a los pocos indecisos que quedan. Los demócratas saben que, para ganar la elección del 2 de noviembre, deberán hacerle caso al más optimista de la nueva camada de su partido: John Edwards. El candidato a la Vicepresidencia es todo corazón y sonrisas. Los cuatro años de Bush parecen haber pasado inadvertidos para Edwards, quien se concentra en hablar únicamente sobre el maravilloso potencial de Estados Unidos.
     El esperanzador discurso de Edwards debe servir como plataforma para promover los valores de los demócratas en la Convención de Boston. Desde la diversidad étnica del partido hasta el apoyo a la investigación genética con células troncales, los demócratas quieren dejar claro que son muy distintos a los republicanos. Sin embargo, aquí no hay asunto más importante que Iraq. Bill Clinton dejó también claro cuál será el lema de batalla para el partido opositor durante la campaña otoñal por la Casa Blanca: “La fuerza y la sabiduría no son valores opuestos”, dijo Clinton en clara alusión a las deficiencias de Bush y las virtudes de Kerry.

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     Uno los puede reconocer en cualquier sitio. Llevan colgadas decenas de broches con los rostros de los protagonistas de otros tiempos políticos. Algunos usan sombrero, otros corbatas o mascadas; todos con los colores de la bandera de Estados Unidos. Son los decanos del Partido Demócrata, los que han pasado una y otra vez por este extraño ritual de coronación que es la Convención de su partido. Y están contentos. Desde su perspectiva, el festejo en Boston ha sido casi perfecto. “No recuerdo una convención con un sentido tan claro de unidad”, dice Emma Childs, una emperifollada representante del tristemente célebre Estado de Florida. “Ahora sólo espero que Kerry esté a la altura”, remata con incertidumbre.
     La señora Childs, con su chamarra llena de barras y estrellas, es la viva imagen del partido que se reunió en Boston para dar el espaldarazo final a la candidatura de John Kerry y John Edwards. Hasta el jueves, cuando John Kerry finalmente toma el podio para presentarse frente a toda la nación, todo ha resultado ideal. A pesar de los inevitables ataques a George W. Bush y compañía, los demócratas han puesto una cara particularmente optimista rumbo a las elecciones de noviembre. La esperanza, la fuerza y la atención a los problemas de la mayoría han sido los temas recurrentes en las decenas de discursos que precedieron las palabras de Kerry en el Fleet Center. Y el candidato no puede quejarse. Todos han hablado de Kerry como se habla de un héroe: un hombre valiente y decidido que sabe pensar, un líder que no teme aferrarse con fuerza al timón justo cuando la tormenta arrecia. John Edwards, el compañero de fórmula de Kerry, puso, también, su grano de arena. El miércoles por la noche, la sonrisa de Edwards llenó de algarabía el Fleet Center. “Pase lo que pase, este hombre es el futuro del partido”, me dijo Dan Williams, un delegado de Georgia sentado a pocos metros del escenario, mientras ondeaba una pequeña bandera estadounidense de papel.
     En el cierre de la Convención, John Kerry aclara que no pretende sólo simpatizarle al electorado: lo suyo es la seriedad y la valentía, un discurso cercano al centro del espectro político. De pie en el centro del escenario, rodeado de todos los hombres que navegaron con él en Vietnam, Kerry dice estar listo para servir de nuevo. Sus palabras tienen un timbre decidido y reflexivo. Pero les falta algo. A pesar de que intenta sonreír y hacer una que otra gracejada, John Kerry exhibe la falta de carisma que tanto preocupa al Partido Demócrata. Kerry está lejos de ser Clinton, Obama o Edwards. Éste es un hombre adusto, complejo y poco agradable a la vista. Sin embargo, a diferencia de otros candidatos de años anteriores, Kerry no tiene intención de disfrazarse de alguien más. Y quizá por eso Kerry camina por una senda que puede ser peligrosa: los políticos severos, con aires de suficiencia, no han sido muy populares en Estados Unidos en los últimos años.
     En la Unión Americana, como en buena parte del mundo, la política se ha reducido a un adolescente concurso de popularidad. Al menos en el año 2000, el electorado estadounidense prefirió al candidato más simpático —el everyman— y no al más inteligente. Según las últimas encuestas, John Kerry es visto como el aspirante mejor preparado y más capaz, mientras que Bush es señalado como el candidato más fuerte, confiable y moral. Pero quizá el dato que realmente debería preocupar a los demócratas está en otra de las preguntas de moda (con quién le gustaría tomar una cerveza): Ahí, Bush supera a Kerry al menos por diez puntos porcentuales.
     En un mundo ideal (o en un Estados Unidos ideal), la simpatía de un candidato no debería afectar el resultado de una elección. En una sociedad seria y adulta, el aspirante más preparado, más inteligente y más experimentado debería contar con el favor de la mayoría. Por desgracia, tengo la impresión de que Estados Unidos está muy lejos de ser esa sociedad. Si bien es cierto que el 11 de septiembre fue una sacudida monumental, que sacaría de la infancia hasta al niño más soñador, Estados Unidos parece un país semiparalizado, una sociedad que aún no comprende que hoy enfrenta una de las grandes batallas de su historia.
     Pero hay esperanza para los demócratas. En caso de que la sociedad estadounidense demuestre estar a la altura de las circunstancias y asuma su mayoría de edad, el partido ha delineado una estrategia que, al menos a principios de agosto, parece inmejorable. En el 2000, Al Gore perdió la Presidencia de Estados Unidos por un monumental error táctico. En el afán de alejarse de Bill Clinton (por qué tendría ese afán resulta incomprensible, dados los altos índices de popularidad de Clinton al dejar el poder), Gore no mencionó ni uno solo de los notables logros de la administración de la que había sido parte por ocho largos años. Gore no presumió, por ejemplo, del superávit que, con base en una admirable disciplina fiscal, había logrado el gobierno de Clinton. Para sorpresa de los demócratas, Gore abandonó el centro para colocarse a la izquierda de Clinton y, por ende, de su propio historial. Al echar raíces en la izquierda, disfrazándose de luchador social ante un atónito electorado, Gore dejó un hueco que su rival no tardó en ocupar. George W. Bush dijo ser un conservador compasivo y se acomodó en el centro, el lugar más favorable para cualquier político en una elección. El vicepresidente pagó el precio de su error: contra todo pronóstico, los demócratas perdieron la Casa Blanca.
     Hace apenas unos meses, la historia estaba por repetirse. Howard Dean, el iracundo gobernador de Vermont, parecía perfilarse como el seguro candidato del Partido Demócrata. Dean decía representar al “ala demócrata del Partido Demócrata”, un bello eufemismo que en realidad lo ubicaba como fiel representante de la más fervorosa izquierda de su partido. Dean proponía retirar de inmediato las tropas estadounidenses de Iraq, y pretendía eliminar todos los recortes impositivos del gobierno de George Bush. No es casualidad que Karl Rove, el siniestro estratega de Bush, haya manifestado su entusiasmo ante la posible candidatura de Dean: “¡Elijan a este hombre!”, pedía Rove con particular alegría. Dean habría sido, en efecto, el rival soñado para la maquinaria republicana. Si Gore había fracasado desde la izquierda, Dean, mucho más radical en el 2004 que el vicepresidente en el 2000, sufriría una caída estrepitosa. Con Dean como candidato, los republicanos se habrían adueñado de nuevo de la mayor parte del espectro político estadounidense. La reelección habría sido un hecho.
     Pero el Partido Demócrata no escogió a Howard Dean. Quizá gracias a la lección de McGovern, Dukakis y Gore (la izquierda en Estados Unidos no vende), el partido decidió postular a John Kerry, un hombre mucho mejor preparado para enfrentar la batalla por la Casa Blanca. Kerry aprovechó la Convención demócrata para colocarse no sólo en el centro ideológico de Estados Unidos, sino incluso ligeramente a la derecha. La gran sorpresa para quienes estuvimos de principio a fin en la Convención fue escuchar a los liberales hablar como conservadores. John Edwards y John Kerry tomaron el micrófono para opinar como comúnmente lo haría un republicano. Contra su tradición, y a pesar de la oposición de la mayoría de los delegados, la dupla demócrata hizo de la guerra un tema propio de la agenda del partido. Las palabras que ambos candidatos dedicaron a los terroristas tenían un tono casi bushiano: “los destruiremos”, afirmó Edwards; “cualquier ataque recibirá una respuesta inmediata y certera”, advirtió Kerry. Al final de la Convención, los demócratas ya no eran el partido de izquierda de Dean, Kucinich y compañía; eran el partido de centro derecha de Kerry, Edwards y algunos más, como el notable Barack Obama. Para algunos, el desplazamiento ideológico de los demócratas podría significar un riesgo; después de todo no hay nada más peligroso que alejarse de la base del partido. Curiosamente, es aquí donde la ironía podría completarse para Bush: gracias a la profunda irritación que la administración provoca entre el grueso de los votantes liberales —evidenciada, entre muchas otras cosas, por la película de Michael Moore, Fahrenheit 9/11—, el voto de la izquierda está garantizado, probablemente en cantidades nunca antes vistas. Ha sido precisamente la voracidad conservadora de Bush la que ha permitido a Kerry alejarse de la base de su partido para colocarse tan oportunamente en el centro. No es casualidad que uno de los broches más apreciados entre los coleccionistas de memorabilia en la Convención fuera aquel que rezaba “Vote for ABB” (Anyone But Bush)” (vote por Cualquiera Menos Bush).
     La táctica demócrata le ha puesto las cosas difíciles a George Bush. Con el movimiento a la derecha de la oposición, la discrepancia en política exterior entre ambos partidos es casi nula. Si acaso, en contraste con los republicanos, los demócratas se han manifestado por el fortalecimiento de la diplomacia y la adopción de una estrategia multilateral cuando se trata de considerar la posibilidad de una guerra. Las diferencias son tan sutiles que resulta improbable que los republicanos puedan volver a utilizar su aburrida cantaleta que pretende etiquetar a los demócratas como blandas (y blancas) palomas. Y lo que es aún más importante: gracias a la Convención, el Partido Demócrata logró adueñarse primero del centro político. Los republicanos enfrentarán un gran reto si quieren convencer al electorado de que son ellos, y no los nuevos halcones demócratas, quienes realmente saben lidiar con un mundo en conflicto.

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     Para desgracia de los demócratas, los días posteriores a la Convención de Boston no arrojaron el brinco estadístico que el partido esperaba recibir en las encuestas. Contra todo pronóstico, la candidatura de Kerry y Edwards apenas subió un punto en los exhaustivos sondeos que toman el pulso de la elección. La falta de avance, sin embargo, no debe ser motivo de desasosiego. De acuerdo con los especialistas, el aparente fracaso demócrata se debe más a la intensidad de la disputa electoral que a algún error de planeación del partido opositor. La del 2004 será la elección más disputada de la historia moderna de Estados Unidos. Buena parte de los votantes ya se han decidido por uno u otro candidato. Según algunas encuestas, la cifra de electores con una idea clara de sus preferencias rebasa ya el 90 por ciento. El resto —ese bloque de indecisos al que es tan complicado llegar— se encuentra generalmente en el centro del espectro político. Hace cuatro años, gracias a la torpeza de Al Gore, el Partido Republicano pudo acomodarse con libertad. Al alejarse del centro —esa zona segura de la política estadounidense— Gore dio a Bush el espacio político que necesitaba para atraer a los votantes independientes que le dieron, a fin de cuentas, el triunfo en un buen número de estados clave. Pero Kerry no es Gore, y la lucha, esta vez, será mucho más complicada. –

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