ERA: cuarenta años

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El de las editoriales ha sido uno de los campos de la vida y la cultura mexicanas más enriquecidos por el exilio español. Luego de las primeras experiencias, y especialmente de su fecunda tarea en el Fondo de Cultura Económica, los republicanos abrieron las vertientes de su influjo. La década decisiva: los años sesenta. Entonces Joaquín Díez-Canedo funda Joaquín Mortiz. En la colonia Del Valle el argentino Arnaldo Orfila establece Siglo XXI Editores, empresa que fue engrandecida por el trabajo de personajes como Juan Almela. En aquellos años —hace cuarenta ya—, y después de la experiencia de Tomás Espresate en la librería Madero y de la fundación de la por largo tiempo incomparable Imprenta Madero, Neus Espresate, Vicente Rojo y José Azorín —los tres nacidos en España— dan las primeras letras de sus apellidos a una nueva casa: Ediciones ERA.
     ERA sería desde el comienzo una editorial de izquierda, totalmente de acuerdo con los vientos que soplaban desde la fría Cortina de Hierro hasta el Caribe caluroso. Muy pronto comienzan los triunfos en la nueva trinchera editorial. Siempre dentro de su perspectiva, en ERA están completamente dispuestos a discutir y desde luego a menear, a agitar la placidez de la buena conciencia mexicana. Están listos a poner en el tablero fichas auténticamente nuevas, que revelen, que echen luz, que desmientan todo tránsito rutinario.
     Del general Vicente Rojo publican una historia de las brigadas internacionales en la Guerra Civil; Pablo González Casanova, Carlos Fuentes y Enrique González Pedrero, entre otros intelectuales universitarios, ayudan al estadounidense C. Wright Mills en la formación de un libro antológico y académico de textos marxistas clásicos y novedosos; Isaac Deutchster mira críticamente las desarmadas profecías de Trotski y la vida política de Stalin. Aparecerán después los Cuadernos de Gramsci. Comienzan a circular en nuestro medio obras de Lukács y Karol, al tiempo en que otro refugiado, Adolfo Sánchez Vázquez, expone las aproximaciones de Marx a la estética. La realidad mexicana pasa también a examen, especialmente en las obras clásicas de González Casanova (La democracia en México), de Gastón García Cantú (acerca de las Utopías mexicanas) y de Fernando Benítez (las contenidas por los tomos de Los indios de México).
     No era que la historia hubiese terminado sino que estaba detenida, al menos embotellada. Había que reabrir la circulación, mostrar vías opcionales, agilizar el tránsito. En ERA se rescatan ensayos fundacionales de Jorge Portilla, los poemas de largo aliento y lujosa modernidad de José Carlos Becerra, y se desvelan los días y las noches del 68 mexicano en los libros de ecos sin fin de Luis González de Alba y Elena Poniatowska. Octavio Paz traduce a William Carlos Williams e interpreta las visiones de Marcel Duchamp, al tiempo en que parte de su obra es revisada críticamente por Jorge Aguilar Mora. Carlos Fuentes lanza los enigmas de su bella Aura. Juan García Ponce evoca El nombre olvidado y distiende las eternidades de La noche. José Emilio Pacheco empieza a publicar su obra entera desde los presentes relatos de El viento distante. Juan Vicente Melo deslumbra con La obediencia nocturna. Salvador Elizondo comienza a desplegar sus cifras en Narda o el verano. Carlos Monsiváis traza las sordas sonrisas de sus Días de guardar. Juan Manuel Torres ilumina más su destino roto en Didascalias. Tito Monterroso pone a cavilar a Eduardo Torres e interroga y responde con La letra E. Se concentra, de modo impresionante, todo Revueltas. Se enfila la fiesta completa del viajante Sergio Pitol. Raúl Ortiz pone delante Bajo el volcán, y Lowry entero aparecerá después.
     En sigilo, con la sobria elegancia dada por las manos de Vicente Rojo, ERA va llenando de jugosas novedades la cultura mexicana. Bajo su sello aparece el prodigioso Paradiso de Lezama Lima, comparecen El coronel de García Márquez y Lima la horrible de Salazar Bondy. Aimé Cesaire, Evtushenko, Ueda Akinani, Kôbô Abe, Brandys confirman la contemporaneidad de todos en el mundo. En ERA también hay lugar para los cinéfilos, quienes pueden leer obras de Bergman, Antonioni, Truffaut, y los numerosos seguidores del cine nacional vieron surgir para atesorar los formidables tomos de su historia debidos a Emilio García Riera. Más recientemente David Huerta, poeta en su madurez espléndida, da a conocer su Incurable, Coral Bracho reafirma sus sorpresas en La voluntad del ámbar y el narrador Héctor Manjarrez publica un libro de conmovedora intensidad: No todos los hombres son románticos. Más jóvenes, Ana García Bergua y Eduardo Antonio Parra —autor de una inquietante clave de nuestra actualidad literaria: Tierra de nadie— ganan su sitio junto a otros en esta vigorosa empresa ya cuarentona. –

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