En “Minimalia,” el primer poema de su quinto volumen, Tedi López Mills anuncia la forma retrospectiva en que los lectores nos veremos obligados a desentrañar lo que en él se cifra: “Pero si voteo / el mundo se fija en un camino / como si tuviera orden / sólo hacia atrás / y de frente acumulara / las premisas que inventa / para el albedrío…” Es notable la claridad de esta observación no sólo porque describe nuestra única forma de percibir el mundo y la paradójica aleatoriedad del destino, sino porque alude también a todo proceso de lectura y de escritura. La referencia a la lógica no es fortuita. Muchos de los poemas del libro presentan el método de la reductio ad absurdum tan característico en la prosa narrativa de Borges para refutar, lógicamente, aquellos lugares comunes que suelen asociarse con las “políticas del espíritu” del poema “Verdad a medias”. En el poema “Disyuntiva”, por ejemplo, López Mills descarta la posibilidad de seguir la máxima “Conócete a ti mismo”, pues la unidad de uno mismo sólo puede experimentarse como invención. Así también en “Hic et nunc” se cuestiona la posibilidad de habitar “el aquí y el ahora”, pues ¿qué son sino abstracciones que justamente contradicen aquello que significan? Hacia el final del poema, López Mills declara confiar más en los subterfugios y los nombres, aquellos que nos provee la literatura: “Carbunclo, peón, una Casandra para los dados”. (Nótese la alusión a Góngora y a Lezama.) La aguda inteligencia de la autora, irónicamente, contrapone, a la falaz profundidad de las llanas verdades espirituales que pueblan el habla cotidiana, honduras literarias caracterizadas por su riqueza lírica.
Significativamente, en Luz por agua y aire son escasas las metáforas. El movimiento de sus versos no es el de los sentidos de las palabras desplazándose de unas a otras, sino uno doble en que la mente discurre y, al hacerlo, atraviesa superficies verbales, adentrándose en lo que encierran, y a la vez divaga, fugándose de una imagen a otra y así, de manera analógica, produce revelaciones inestables. Los poemas nos incitan a seguir cavilando, dado que suelen terminar inciertamente cuando la disquisición que les dio origen ha generado otra pregunta o ha dejado de importar. Su tono, cuyo dejo de humor no pasa inadvertido a pesar de su frecuente circunspección, está lejos de ser conversacional. Lo que nos brinda esta colección es el registro de un proceso de pensamiento que parece forjarse mientras transcurre. Un ejemplo lo encontramos en el poema “Sin título”. La primera persona del poema enumera detalles e imágenes cuya relación no se enuncia inmediatamente “[…] en tu magro perfil sobre la barda, / en el patio de tierra roja […] en el jardín permisible del narciso, / la trinitaria, la madreselva […] el aire arriba con el equilibrio / de una voz en el destello solar”. La enumeración concluye cuando la voz poética admite estar pensando en todo ello. En la siguiente estrofa la autora reconoce simular el coloquio bilingüe de la mano materna “con su sombra / en otro idioma siempre / dos turnos para cada palabra…” Estos dos turnos no sólo se refieren a la traducción del inglés al español y viceversa de cada palabra, sino a sus inevitables desdoblamientos. Es evidente el desfase entre el momento del “pienso ahora” del poema y los momentos en que la secuencia de lo pensado fue elaborada. Y justamente en esa falsa disyuntiva está una de las claves de la empresa de López Mills: no es ella quien dice “pienso ahora”, sino que es el lenguaje mismo el que se manifiesta, demostrándonos que, mientras leemos, nuestro pensamiento y el transcurrir de la mente del poema son uno mismo.
“La alberca” presenta algunas de estas ideas. En este poema la autora escribe sobre las albercas de la memoria, en las cuales recae y que, curiosamente, en primera instancia no son metafóricas, sino verdaderas albercas en las que se ha sumergido alguna vez. Después cobrarán sentido alegórico. Una alberca, por encima de las demás, la retiene: aquella en que logró “un albedrío tan perfecto / en los pies y en los brazos, / un dominio tan exacto de la espuma” y que vaticina “el final común / de otros días en el agua”. La sensación que distingue esta experiencia es la que da fin al poema: “nunca nada volvió a ser tan impersonal”. El sumergirse en el agua y dejar que su respiración deje huella en el agua, al formar burbujas, es algo enteramente físico. El objetivo de esta catártica experiencia, por demás parecida a la lectura, es despojarse de lo personal. Si lo personal individualiza, lo impersonal multiplica. En “La alberca” hay una conciencia de este efecto multiplicador; leerlo es sumergirnos en ella. Y es que el agua, y también el aire, atravesados por la luz del lenguaje, son el fluir y el aliento de la poesía. El epígrafe del libro, extraído de Huesos de sepia de Montale, con su alusión a las sepias que alumbran las profundidades marinas, da noticia del linaje de estos poemas luminiscentes. ~
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