La hazaña de Hemming

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Vuelvo sobre él después de algunos años y creo que sigue siendo el mejor relato de la conquista del Perú. El mérito de John Hemming1 no es el que se atribuye el propio autor: su relato de la toma de Quito, que no contó con cronistas presenciales; su recuento de la segunda rebelión de Manco, en 1538, último gran intento de revertir los hechos ocurridos a partir del encuentro entre los barbudos y una embarcación de madera con velas de algodón, primer contacto europeo con la civilización inca; y su hipótesis acerca de la ubicación de la "ciudad perdida" de Vilcabamba, donde los últimos jefes del incario derrotado se refugiaron entre la maleza para preservar su Estado. No, los méritos son otros. El primero: la adopción, mediante un mecanismo que no dice su nombre y a veces simula lo contrario de lo que es, del punto de vista de los vencidos. El segundo: ir susurrándonos en el oído izquierdo, a medida que el torrente de la epopeya narrada nos inunda el derecho, un segundo libro acerca del apasionante oficio del historiador.
     ¿Qué significa "mejor" en un libro que no tiene la sangre fresca de los cronistas-testigo —un Cristóbal de Mena, un Miguel de Estete, un Pedro Pizarro—, ni la inmediatez monumental de Cieza de León, ni el valor autobiográfico de Titu Cusi Yupanqui, ni el aura legendaria de Garcilaso de la Vega, y tampoco el decimonónico prestigio de William Prescott? "Mejor" significa que es suma y síntesis de todos ellos, que todas esas sensibilidades animan la versión, menos grandilocuente pero no menos sobrecogedora, del "moderno" historiador británico.
     "Punto de vista" no significa toma de partido. El libro no lo toma; a menudo desmonta las construcciones ideológicas de la "leyenda negra" del mismo modo que desautoriza las soflamas apologéticas de Bartolomé de las Casas. Con respecto a ambos bandos hay relatividad, es decir que no hay dos bandos sino muchos y la conquista del libro es, como la de la Historia, un puzzle donde ninguna pieza tiene autonomía con respecto a las otras, pues sólo adquiere sentido en función del conjunto, hecho de antecedentes, contextos, secuencias de causa-efecto que relativizan la dimensión moral de lo que los diversos personajes resultan haciendo o padeciendo. A medida que avanza el libro, entendemos mejor los cómos y los porqués de unas naturalezas y psicologías humanas en las que, a causa de que los incas ignoraban la escritura, poco se ha profundizado. Aunque el mundo mental, la complejidad —o simplicidad— psicológica del conquistador comparece aquí con frecuencia, así como su contexto histórico, acabamos entendiendo mejor, acercando la inteligencia más, a aquellos a quienes el autor realmente quiere que conozcamos mejor: los últimos incas. Y lo hace entrando a saco contra toda forma de idealización o victimización del indio, mostrando cómo la crueldad, la estupidez y la sed de poder eran un rasgo de conducta entre los vencidos lo mismo que entre los vencedores.
     Hemming narra sin piedad cómo Atahualpa, estando preso, prefirió acabar con Huáscar, su hermano y rival, que hubiera podido unificar a los incas para organizar una vasta resistencia contra el exiguo y desconcertado invasor. Expone Hemming también el servilismo del títere nombrado por los conquistadores, Tupac Huallpa, y la genuflexión inicial de Manco, que muerto Tupac Huallpa se pone al servicio de Pizarro para entrar al Cuzco, de donde lo había desalojado la gente de Atahualpa, para ser también él un inca títere —antes de romper con sus tutores, gracias al acoso de Juan y Gonzalo Pizarro, y lanzarse a una resistencia por momentos heroica que lo redime y lo honra. Cuando Manco, derrotado, se interna en la misteriosa Vilcabamba para organizar allí su pequeña ciudad-Estado al margen de la Historia, el sucesor, Paullu, otro hijo, como Manco, de Huayna Capac, a quien los españoles entronizan en el Cuzco, es descrito en su infinita doblez, y lo vemos cambiar de bando con cínica reiteración para aliarse con aquel, entre los conquistadores, que estuviera ganando las varias guerras civiles. El siguiente títere, Sayri-Tupac, recorre el Perú conquistado con patéticos aires de reyezuelo. Titu Cusi, el próximo, desde el refugio inca de Vilcabamba, negocia prebendas a lo largo de una década, más interesado en casar bien a su hijo que en desafiar el cautiverio de su patria, mientras que el último inca de Vilcabamba, el primer Tupac Amaru, resulta poca cosa para el tremebundo virrey Toledo.
     Pero revelar a estos personajes en sus debilidades humanas es también —y aquí reside la hazaña de Hemming— trasladarlos a ese espacio común que es la naturaleza humana, en el que resulta posible para la perspectiva "occidental" o "moderna" observar a los vencidos desde una atalaya que eluda la leyenda deformadora y mítica o la caricatura unidimensional. Así, reducidos —o engrandecidos— a una talla humana, los Manco y los Titu Cusi cobran también esplendor en la miseria de sus esfuerzos por sacar algo de partido a lo que es una derrota colosal, ya que sus vicisitudes —en la guerra, la huida, la negociación o el retiro— nos hablan de una conmovedora lucha por un imposible: la perpetuidad de su estirpe.
     El segundo mérito al que aludía en Hemming tiene que ver con su oficio. Mediante el muy anglosajón prurito de ser —o parecer— equitativo, va consignando maniáticamente todas las fuentes de cada una de las anécdotas de la conquista de un modo que permite comprender, secuencia a secuencia, cómo el autor ha ido construyendo su propio relato. Debajo del libro de la conquista asoma la cabeza el libro de la investigación, un ejercicio tenaz de selección no siempre rigurosa: muchas veces, cuando es imposible la certidumbre total, se selecciona a partir de ese instinto que el buen historiador ha desarrollado a lo largo de sus pesquisas y que le permite optar. Elección convincente porque nace de un cotejo contradictorio que el propio autor registra a lo largo del libro, emulando esa manía notarial, enfermedad de dejarlo todo registrado por secretarios y escribanos, que agradece con sorna entre los conquistadores iletrados de su narración. A veces este estilo puede ser cruel, como cuando expone las flaquezas históricas en el fantástico Garcilaso, y muchas veces arbitrario, pues la voluntad de mostrar las varias versiones de unos mismos hechos —la decisión de Atahualpa de hacer matar a su hermano Huáscar, versión que algunos cronistas discuten, la dudosa identidad de los tres españoles que Pizarro envía al Cuzco tras ejecutar a Atahualpa en Cajamarca— no le impiden inclinar la balanza del lado que le parece justo.
     Un poco al estilo de esos libros de Isaiah Berlin, en los que el autor prefiere engañosamente dejar hablar a los filósofos sin que pareciera estar diciendo nada propio, Hemming deja hablar a los cronistas simulando su propia invisibilidad, cuando en realidad está ejecutando la exquisita proeza de canibalizar todas las voces de la conquista para refundirlas en una voz propia y distinta. ~

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