Gálvez, ciudad invisible

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A las once categorías urbanas propuestas por Italo Calvino en Las ciudades invisibles habría que añadir dos: las ciudades y la nostalgia y las ciudades y los sueños. En estos rubros podría inscribirse Gálvez, que, a diferencia de las cincuenta y cinco metrópolis construidas por el escritor italiano, ostenta un nombre que se antoja masculino. De esta urbe, obviamente ficticia aunque legitimada por el lenguaje fotográfico, conocemos dieciséis postales que se exhiben en una de las galerías de Zona Cero, el sitio web ideado por Pedro Meyer (www.zonezero.com). Las postales, hay que decirlo, están trabajadas en sepia: justo el color de la nostalgia, de los sueños que brotan del pasado profundo, de los mementos visuales que atiborran cajas de zapatos perdidas en la penumbra de ciertas tiendas de antigüedades. El sepia, pues, como el mejor matiz para registrar una ciudad que existe sólo en la imaginación, en el mapa onírico; una ciudad donde el ayer convive en extraña armonía con el porvenir y la prospectiva urbana, tal como ocurre en La Jetée, la fotonovela de Chris Marker filmada en 1962; una ciudad cuyos exteriores se insinúan sembrados de árboles o más bien de esqueletos de árboles que no vemos salvo en sombra, y cuyos interiores aparecen bañados por la luminosidad difusa del deseo y el recuerdo.

Al cabo de vivir durante tres décadas en Canadá y Estados Unidos y de estudiar biología y medicina, fotografía y psicología experimental, Óscar Guzmán (DF, 1951) llegó a Ciudad Gálvez en 1995, año en que se empezó a gestar este proyecto multimedia, para confirmar “la hipótesis de que cada hombre lleva en su mente una ciudad hecha sólo de diferencias, una ciudad sin figuras y sin forma, y las ciudades particulares la rellenan”, en palabras de Calvino. Llegó, pensémoslo así, como todo viajero que regresa ansioso por fundar un lugar propio que mezcle los parajes recorridos y la memoria personal, la añoranza y el anhelo de saber qué depara el futuro; un lugar que en este caso conjunta las siluetas metamórficas de Salvador Dalí, las explanadas metafísicas de Giorgio de Chirico, el surrealismo callejero de Paul Delvaux, los personajes hieráticos de Serguéi M. Eisenstein, los cielos vertiginosos de Gabriel Figueroa y la sinuosidad mediterránea de Antoni Gaudí. Generadas con programas de arquitectura, las postales de Gálvez, cuyos modelos fueron hechos de plastilina y digitalizados con scanners de 3d, narran una historia fragmentaria que el visitante debe reconstruir.

Nos enteramos, por ejemplo, de que la ciudad fue ocupada en un pasado no tan remoto gracias a Rincón sereno, donde aparece un jet solitario en un hangar catedralicio; y podemos aventurar que las majestuosas Cúpulas Flotantes que se yerguen en Panorámica, fabricadas con bronce según documenta Fundidores y sostenidas por los armazones de hierro que se entrevén en Barrio del Palomar, son herencia de –o quizá baluarte contra– tal ocupación. Sabemos a ciencia cierta que, apelando a una suerte de levedad calviniana, los habitantes de Gálvez –seres de rasgos vagamente asiáticos– tienen un medio de transporte de aspecto anacrónico: el cicloide urbano, que transita por cables aéreos en Estación San Quintín y El Espolón. Sabemos también que la ciudad cuenta con colegios de Astronomía, Minería y Música, retratados en Vista de escuelas y Escuela de Minería, así como con un jardín botánico de clara influencia surrealista y un antiguo mercado que se ubica en el Viejo Gálvez; que hay unas festividades populares conocidas como Rutelinas de otoño que se celebran en una vasta explanada; que existe un legendario Callejón del 7 en el Barrio de la Encina; que la nostalgia de la arquitectura y la luz del Mediterráneo se ha traducido en sensuales edificaciones como las que figuran en Casas “Conchuela”, Perros guardianes y Patio de Otilia, algunas de ellas situadas en la desembocadura del río San Quintín.

Lo asombroso de Gálvez, sin embargo, es el modo en que se instala de inmediato en los sueños del viajero. Al igual que toda ciudad invisible que se respete, tiene la capacidad de originar tantas historias como visitantes reciba. Y ése es un logro del que no cualquier fotógrafo se puede jactar. ~

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