Harry debe morir

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Para un escritor de literatura infantil y juvenil, nada más difícil que matar a su protagonista. Los lectores jóvenes crean un vínculo fraternal, una suerte de identificación absoluta, con los personajes centrales de la historia; hacen suya la búsqueda del protagonista, se descubren deseando ser ellos mismos quienes finalmente destruyen el anillo en los fuegos de Mordor. Michael Ende, uno de los grandes autores del género, entendió esto mejor que nadie cuando optó por convertir a un lector hipotético –es decir, a todos sus lectores– en protagonista de La historia sin fin. En el libro, son las acciones y los sentimientos del propio Bastian Bux los que determinan buena parte del destino de Fantasía y de Atreyu, el héroe, álter ego del lector-protagonista. Esta simbiosis es el gran descubrimiento de Ende: Fantasía no existe sin la fe de Bastian.

Con semejante responsabilidad a cuestas, la principal disyuntiva que enfrenta un autor de ficción para jóvenes es si seguir su propia convicción argumental, sin pensar en las consecuencias que tendrá el desenlace entre sus lectores, o tomar en consideración los deseos del mercado a la hora de atar los últimos hilos de la trama. Algunas circunstancias pueden complicar el asunto. No es lo mismo, por ejemplo, definir el destino de un héroe en una obra por entregas que hacerlo en un libro único. Tampoco es lo mismo hacerlo cuando se tienen cinco mil lectores a cuando el número se cuenta en cientos de millones.

Hace un par de años fui invitado por la Feria del Libro de Guadalajara para presentar El vuelo de Eluán, mi propia novela para jóvenes, inscrita en la primera, un poco más modesta, categoría de tirajes. Gracias al concurso “Cartas al autor”, recibí cerca de mil doscientas preguntas, sugerencias y muchas, muchas quejas sobre el destino final del protagonista, una especie de suicidio místico. Frente a un salón lleno de lectores jóvenes, traté de aclarar cómo la muerte del héroe había sido escrita, en el fondo, como una catarsis. Me tomé varios minutos para explicar por qué, para mí, la historia no podía terminar de otra manera: la vida del personaje simplemente se dirigía hacia allá; darle otro destino habría sido engañar a mis lectores y, más importante aún, mentirle a mi protagonista. Creo haber convencido a algunos. Con otros no tuve suerte. Al final de la presentación, una chica de Zapotiltic, Jalisco, se acercó sólo para pedirme una segunda parte “en la que Eluán resucite”.

Por eso, el caso de J.K. Rowling, autora de Harry Potter, me parece particularmente interesante. Apenas puedo imaginar la presión que debe de haber sentido Rowling a la hora de decidir el rumbo de su personaje principal. Su propia creación le planteaba un reto complicadísimo. Desde el principio, Rowling había preparado todo, no para la redención de su héroe, sino para su muerte. Con un encuentro impostergable con Voldemort –heredero perverso de Merlín–, los días de Harry Potter parecían contados. A pesar de su creciente arsenal mágico, la experiencia y la fuerza del joven debían haber sido insuficientes en la última batalla contra un enemigo claramente superior. Ya en los libros previos, Harry había salvado la cabeza de milagro. Si Rowling hubiera actuado con justicia y respeto a la trayectoria de sus personajes, Harry Potter debió haber muerto. Rowling optó, en cambio, por crear una confrontación enredada, con realidades alternas y vericuetos impensables, para acabar con la vida del villano y regalarle una sonrisa (con todo y “19 años después”, final feliz y descendencia para el joven Potter) a sus millones de lectores. El desenlace me pareció lamentable: Rowling traicionó la promesa de su historia, también le dio la espalda a la congruencia y, peor todavía, a la valiente tradición fantástica inglesa (imaginemos a un Frodo feliz, padre de tres enanos: Gandalf, Sam y Boromircito). Además, creo, lo hizo por las peores razones.

Al final, me temo, pudieron más las consecuencias morales y hasta sociales que desataría el desenlace que las verdaderas intenciones de la autora. De ser así, Harry Potter es, quizá, el primer libro en la historia de la literatura definido, no por la voluntad de su creador, sino por la presión de su público objetivo. Es difícil saberlo de cierto, pero sospecho que, sin el peso del fenómeno, Rowling habría firmado otro final. Sus libros están llenos de coqueteos con lo verdaderamente oscuro, con la tristeza auténtica. En una entrevista, Rowling recuerda haber llorado desconsolada tras escribir la muerte de Dumbledore: “Dije: ‘Acabo de matar a esta persona’. Y Neil [su esposo] me contestó ‘Pues no lo hagas’. Y yo pensé, bueno, pues quizá un doctor… pero me dije ‘No, las cosas no funcionan así. Estás escribiendo libros para niños y tienes que ser una asesina inclemente’.”

Es una pena que, a la hora de escribir el último capítulo, Rowling prefiriera la magnanimidad simplona antes que la coherencia narrativa. En el mundo real o el fantástico, las cosas son como son y, tras una batalla, nada vuelve a ser lo mismo. Esa lección, creo yo, es más importante para un lector joven que cualquier final con chamacos rozagantes. ~