La ciudad en cuatro paredes

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Estoy en el cuarto de mi madre. Ahora soy yo quien vive aquí. Observo la ciudad desde un balcón. Pienso: la ciudad de México es insoportable. Luego, sin quererlo, matizo: no lo es en palabras, relatada. Hay dos ciudades: la que habito y la que leo. Vivo en ambas. A mí lo que me gustaría es hablar de las cosas que me quedan, despedirme, terminar de morirme de una vez. Pero pienso en otras, en otros personajes. Veo a Bernardo de Balbuena, por ejemplo, fundando la ciudad letrada al mismo tiempo que la otra se construye. Veo a Artemio de Valle Arizpe y a Luis González Obregón, alarmados ante la modernidad naciente, ocultos en una Colonia toda misterios. Veo a Salvador Novo, sobre todo a Salvador Novo. Desde el balcón, me quito mi bombín y aplaudo: Novo el moderno, Novo el frívolo, Novo el cronista de la única ciudad laudable. Novo, también, que al no comprender ya la ciudad expansiva, se oculta bajo su peluca y se acota, como yo, a cuatro paredes. Veo, finalmente, a Carlos Monsiváis. Regreso, dudoso, el bombín a mi cabeza. La ciudad se desploma y Monsiváis captura la caída. La ciudad grita y Monsiváis interpreta los alaridos. La ciudad se politiza y Monsiváis no la combate. Eso denuncio ahora: Monsiváis ensució de política mi ciudad literaria. Ya lo dije. Aquí está.
     Es Fabrizio Mejía Madrid (1967) el descendiente de esta estirpe. Sería el nuevo cronista de la ciudad de existir todavía la ciudad, no este infierno. Es, como consuelo, el cronista de cierto vacío. El Apocalipsis ha ocurrido ya y sólo restan ruinas. Aquello fue la ciudad de México; esto, dos murmullos, millones de cadáveres. Mejía Madrid no se sobresalta ante el cementerio: describe sus restos y sonríe. No se oculta en la cómoda Colonia, en una peluca frívola o en el mito de una sociedad civil todavía viva. Ve el vacío de frente, como yo el tirol cuando bostezo. Ese desencanto, cercano a cierto nihilismo, es lo que vuelve notables sus notas periodísticas. Lo mismo puede decirse de Hombre al agua, su primera novela: tiene tanto desencanto como pelusa mi bombín. Hay una ciudad de México destruida y un cronista que no se molesta en levantarla. No existe pena sino amor en su pluma: el damnificado está enamorado de sus ruinas. Aquí le tocó vivir y, por lo tanto, esto le tocó amar. Permítanme leer su novela como un relato amoroso. O no lo hagan. Da lo mismo.
     Ésta es, aun con su desaliento, la novela que Monsiváis habría escrito. Desconozco si esto es un elogio o una afrenta: Monsiváis es un Estilo, tan detestable como plausible. Se le quiere o se le odia. Mejía Madrid, es un hecho, lo quiere. Su novela debe demasiado a éste, incluso en el fraseo. Pero Hombre al agua no es, en rigor, una novela. Apenas si tiene anécdota: un hombre de treinta años, una ciudad descompuesta, cuatro tiempos y elementos. El hombre pasea por la ciudad no a la manera de un flâneur sino de algo más defeño, un pobre diablo. Sus desventuras son pretexto para mirar hacia otra parte: la ciudad virreinal, las hordas de paracaidistas, el Popocatépetl o los globos de Cantolla. Es un texto maximalista: parte de una anécdota mínima, multiplica las estampas. Es, también, un texto mestizo: combina narrativa, ensayo y crónica. Como periodista, Mejía Madrid es un literato; como novelista, eso y un cronista. Ama la ciudad (como yo esta habitación) y, por lo mismo, no puede pedírsele una novela uniforme. Es un texto un tanto caótico, pero así (me dicen) son las pasiones.
     No es un libro intachable, como tampoco lo es este cuarto. Tiene numerosas virtudes y algunos defectos. Unas y otros se notan con intensidades semejantes. Tropieza vistosamente, pero acierta del mismo modo y con mayor frecuencia. Cuando atina, lo hace como pocos. En una literatura mediocre, sus excesos se agradecen. Exceso principal: su ingenio, su maldito ingenio. Mejía Madrid es el autor más ocurrente de la nueva literatura mexicana y, después de Monsiváis, acaso de toda ella. Su imaginación raya con el delirio; su poder de observación, con la demencia. En cada detalle, el absurdo; en el absurdo, múltiples bromas. Sus crónicas están, como esta novela, tapizadas de gags y risas sardónicas. Nadie en nuestra literatura, ni siquiera Juan Villoro, tiene su capacidad para armar frases hilarantes. Capacidad ambigua: tanto ingenio es, de pronto, un lastre. Funciona la frase, no el párrafo; el párrafo, no la página. Pero raramente se ceban sus cohetes. Tiene algunos memorables: “Un fracaso es sólo una forma de mirar la propia vida. La otra forma es no mirarla.” Eso digo yo, atado mi fracaso.
     Tenía mi madre un lamento repetido: “La literatura mexicana no tiene humor. Sólo Jorge Ibargüengoitia ríe.” Mi madre estaba desquiciada. Son frecuentes los humoristas en la última literatura mexicana y ninguno tan sólido como Mejía Madrid. Compone frases, pero no sólo eso: su humor es su realismo. No agrega un puñado de chistes a la realidad; descubre una realidad ya delirante. El detalle es importante: no pretende hacerse el simpático, lo es sencillamente. Tampoco aspira a ser un provocador. No hay terrorismo sino resignación en su ingenio. Sabe que ningún capitalino puede ser ya sorprendido: que digan lo que quieran de la ciudad, nosotros la hemos destruido.
     Observo por última vez las ruinas. Me recluyo. –

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