La faramalla a debate

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Ha sido curioso descubrir que hay quienes realmente piensan que este gobierno podría haber festejado el bicentenario de otra manera (una más recatada, se entiende). Más que eso: creen que la ocasión tendría que haberle dado pie al Estado mexicano para emprender una súbita entrada en razón, que le permitiera hacer de la coyuntura un parteaguas: atrás quedarían el dispendio, la cortedad de alcances, la tendencia a petrificarlo todo (el egipticismo,* como lo llamaba Nietzsche). Me pregunto de dónde les vino la idea de que la actual administración tiene lo que se necesita para resistir la tentación de pasar, y de preferencia espectacularmente, a la posteridad (de convertirse, ella misma, en monumento); qué los llevó a pensar que es capaz de sospechar que el pasado puede servir de algo más que de simple decorado; qué signos ven de que de pronto le podría resultar imperioso reconsiderar su visión sesgada de la historia. ¿De verdad se imaginan a nuestros funcionarios públicos tomándose tantas molestias? ¿Los ven llegando a la conclusión de que la representación monumental de la historia no puede ser sino paródica; el resultado de tomar, como decía Foucault, la célebre perspectiva de las ranas: de abajo hacia arriba (que contempla “solo los períodos más nobles, las formas más elevadas, las ideas más abstractas, las individualidades más puras”)? ¿Les parece factible que del universo burocrático pudiera desprenderse la agudeza de miras que se requiere para desechar décadas de impermeabilidad (ni los veo ni los oigo), y más que eso: el valor para llegar a conclusiones posiblemente salvajes y vergonzosas? Pues al parecer, eso creen algunos: que nuestras autoridades malgastaron, no solo lo evidente: miles de millones de pesos, sino la oportunidad de oro que les daba el bicentenario para dejar de andar a tientas –como si la suspensión del juicio fuera opcional. Los mexicanos, nos dicen, nos merecíamos otra cosa: no un espectáculo (bastante ramplón, por cierto) sino la mismísima posibilidad de elegir, como nuestros héroes, el camino de la grandeza –como si la historia viniera con instrucciones (“lo que alguna vez fue posible –observaba Nietzsche– podrá serlo una segunda vez solo si los pitagóricos tenían razón al creer que cuando una constelación de cuerpos celestes se repite, las mismas cosas habrán también de repetirse, al detalle, en la tierra: de manera que siempre que las estrellas se alineen de cierto modo, un estoico y un epicúreo se unirán para matar al César e incluso Colón podrá volver a descubrir América”). En lugar de usar el bicentenario como un instrumento para mantenernos –aún más– embobados, consideran que el gobierno tendría que habernos impulsado a aceptar nuestro papel de agentes históricos (y así construir, juntos, una nueva historia, en la que nosotros, haciendo caso a nuestros antepasados, les cortamos a ellos la cabeza por mantenernos largamente engañados. Ajá. Como si al Estado le correspondiera hacerse estallar). ¿Acaso se les olvida que si a algo le temen los burócratas es al cambio: prefieren la perennidad de la piedra, el egipticismo, ya decíamos? La noción misma de devenir los pone a temblar. Adoran la monumentalidad (porque creen que los enaltece) pero detestan lo inmenso (las grandes tareas, las soluciones de fondo, los procesos abiertos): los marea. Lo suyo –ahí sí se dan vuelo– son realmente las pequeñeces. Así que desde el día uno, sabíamos que habría fiestón loco; que el gobierno iba a gastarse el dinero en pura faramalla; y también que era muy probable que contratara a un triste promotor de espectáculos al que le daría una única pista: “Disneylandia”. ¿A qué tanta extrañeza entonces? ~

 


notas

 

* “Cuando un pueblo tiene muchas cosas fijas, ello es prueba de que quiere petrificarse y de que le gustaría convertirse del todo en un monumento.”

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