La política en la calle

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La historia de España constó en los últimos tiempos de trescientos años de vergüenza y luego de treinta años como ejemplo. Ahora, tal parece, vuelta a empezar.

España se forjó a sangre y fuego, pues la católica Isabel, esposa de Fernando, quiso fortalecer su reino expulsando a los árabes y robando y expulsando a los judíos; intentando borrar cualquier vestigio de otra religión y hacer prevalecer la Inquisición, la quema de libros y el Dios verdadero. Siglos después, en los últimos treinta años, España ha sido el vergel de la democracia, luego de una cruel guerra civil. La historia es bien conocida: Franco murió y nombró un rey y el rey nombró a un presidente de gobierno e hicieron una reforma, y de ley a ley, con el apoyo mayoritario del pueblo, se produjo el milagro de la democracia.

Para los españoles de mi edad, los que por un accidente histórico tuvimos que vivir la transición, había dos hechos determinantes: todos teníamos un muerto en casa y todos sabíamos que a partir de cierto momento en España la política se convierte en cerrazón, la cerrazón en violencia y la violencia en un río de sangre. Todos los pueblos han descubierto que en dar sepultura a las víctimas está una de las claves de la paz futura. Averiguan la razón histórica, entierran a los muertos, cierran el capítulo y siguen adelante.

Sin embargo, los españoles están desenterrando a sus muertos. Durante el franquismo corría una canción basada en un poema de Gabriel Celaya que se llamaba “España en marcha”; la cantaba Paco Ibáñez y decía: “Nosotros somos quien somos, ¡basta de historia y de cuentos! Allá los muertos que entierren como Dios manda a sus muertos. Ni vivimos del pasado, ni damos cuerda al recuerdo. Somos, turbia y fresca, un agua que se atropella sus comienzos. A la calle, que ya es hora de pasearnos a cuerpo.” Los muertos eran parte fundamental del franquismo; no solamente los que hizo, sino aquellos sobre los que se asentó. Los muertos del franquismo nos acompañaban desde que tuvimos uso de razón. No había pared honorable ni tapia importante de ningún pueblo español que no tuviese pintada una cruz y una inscripción: “Caídos por Dios y por España” y la lista de los mártires. Naturalmente, mártires de un solo lado.

La mañana del 1º de abril de 1939 en el puerto de Alicante, con las armas del general Franco y sus aliados italianos y alemanes impidiendo que se acercaran barcos para evacuar al remanente del ejército republicano, los anarquistas celebraron una votación a mano alzada para ver quién se quería suicidar antes que caer en manos de las tropas franquistas. La mayoría lo hizo. A la una de la tarde Franco firmó un parte de guerra que decía: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, las tropas nacionales han alcanzado sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.” El ejército enemigo –que no era de Marte, ni siquiera de Bulgaria o Hungría– había sido cautivo y desarmado. El lenguaje era el de la implacabilidad que seguiría.

Franco inundó durante cuarenta años las alamedas y las avenidas de sangre. Tan fuerte era el caudal almacenado en las represas de la historia, que hubo que derramar más. El recuerdo era muy importante: saber que veníamos de una época de barbarie que vio la quema de libros y la expulsión de los judíos para quedarnos con sus casas era un referente inequívoco de hasta dónde podían llegar las cosas. Aquello éramos: lo que habíamos sido. Éramos conscientes de que no había ningún capitán que no tuviera un padre que no hubiera hecho la Guerra Civil en el lado vencedor, y que no teníamos ningún general con mando en plaza que no fuera un militar triunfante de la muy heroica cruzada nacional que significó el triunfo de Francisco Franco.

Con esos elementos y el miedo como gran patrón, emprendimos el camino para hacer de España una democracia. Es necesario rendir homenaje a los comunistas españoles porque al final fueron los únicos, junto con socialistas, que durante el franquismo pagaron con sangre el valor de sus ideas. Sin embargo, la democracia y las aspiraciones de los españoles valieron más que la sangre y no enterramos a nuestros muertos como Dios manda, sino que oficiamos para todos en el altar de la democracia y los hicimos formar parte del pilar contra el golpe de Estado y la barbarie nacional. Las víctimas pidieron perdón a sus verdugos. Parecía que nunca habría vuelta atrás y que España sería siempre un ejemplo.

A todos nos gusta pensar que la madre del fascismo es la necesidad económica. España es hoy el país con mayor desarrollo de Europa. Tiene un desarrollo que para sí la quisiera Inglaterra y se ha vuelto a convertir en un imperio económico en América. No hay ninguna razón socioeconómica para la actual crispación social.

Todo terrorismo es una sinrazón, pero en el caso de ETA es una sinrazón demencial. No hay comunidad política en Europa que tenga el mismo grado de independencia económica, política y social que tiene Euskadi. Es dudoso que en la Europa de las naciones sea viable una comunidad cuyo máximo bienestar se lo brinda su cuota de independencia y autonomía ligada a su pertenencia al Estado español. No obstante, esa demencia ha durado cuarenta años y ha costado más de mil víctimas. Desde hace tres años el terrorismo solamente ha tenido dos muertos por la bomba de Barajas. Nunca en los cuarenta años anteriores de franquismo y mucho menos en los treinta de desarrollo democrático el tema del terrorismo ha inundado las calles de España, salvo para protestar contra la barbarie de ETA, ni ha conseguido romper la unidad nacional. Ahora, casi sin muertos y en el momento en el que ETA está agotada y destruyéndose, el terrorismo llena las plazas de España y se utiliza para acabar con la ficción de que tenemos una derecha de centro, moderada.

Es la España eterna, la de “Por el imperio hacia Dios”. La que tenía un águila en su bandera, una cruz y haz –as– con cinco flechas en movimiento, la que se manifiesta para protestar contra un gobierno claramente ingenuo e incompetente, pero que en el fondo lo que significa es la ruptura del statu quo democrático. Se acabó el miedo, se acabó el pacto y se acabó la ficción democrática. Nos permitieron tocarlo todo; incluso los homosexuales están casados entre ellos legalmente. Todo eso tenía relativamente poca importancia… no es el poder real. ¿Qué es al final un santo o un mártir, sino un muerto administrado como ejemplo vivo hacia los demás? En ese sentido, desde que Rodríguez Zapatero, en un clarísimo e imprudente movimiento, lanzó la memoria histórica, rompió el statu quo. Quiso meterse con lo que nunca fue del pueblo español, que es la administración del recuerdo de los muertos. A partir de ahí se acabó la ficción.

Tal vez será la frustración de saber que es una raza que ya no se desarrolla como antes y que su curva demográfica depende de la capacidad viril de los peruanos, ecuatorianos o habitantes del Magreb. Tal vez será porque el macizo de la raza, los que conquistaron a sangre y fuego tantas y tantas tierras y en cuya bestialidad no se ponía el sol, al comprobar que sus nietos son mulatos tienen una enorme frustración. Pero lo cierto es que el equilibrio social se ha roto. Hemos pasado de santificar el diálogo y glorificar el consenso a maldecir simplemente el escuchar.

España está desenterrando a sus muertos. Lo empezó a hacer coincidiendo con el septuagésimo aniversario del inicio de su Guerra Civil y no lo hace sólo porque los nietos de las víctimas sientan la necesidad de explicar quién asesinó y cómo a su abuelo, sino como un recuerdo de la lucha ideológica entre el bien y el mal y la razón absoluta y el fin de los equilibrios que significa siempre la convivencia en cualquier sociedad democrática. Ya se sabe por quién doblan las campanas: están doblando por el sistema democrático español, que a su vez está produciendo un fenómeno de contagio inmediato hacia todas las demás comunidades que son España en algún caso a la fuerza, en la que tienen miedo de dos cosas: del estado general de violencia que se puede instalar en sus calles de manera muy clara y no latente como la que hoy tiene, y de que esta crisis política puede significar el fin de sus independencias y de sus tratamientos autonómicos.

El epitafio es claro en las manifestaciones que inundan las calles en claro recuerdo de lo que pasó en la Segunda República. En 1934 mientras que la derecha gobernaba, la izquierda se tiró a la calle, después del trágico experimento de la revolución de Asturias. Los mítines a campo abierto tras la creación del Frente Popular, le dieron el poder a la izquierda, solamente durante unos meses porque por todos es sabido, estalló la Guerra Civil. Cuando en España las instituciones pierden valor, la calle adquiere el protagonismo y eso es siempre el pórtico a la violencia. Eso para cuando se pierden los valores y los límites de la actuación política. La política hoy en España ya está en la calle y no en las instituciones… Descanse en paz. ~

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