La separación de los amantes

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Cuando se trata de adaptar una obra literaria al cine, quizá la tarea más compleja sea honrar del original. Abundan ejemplos donde la versión histriónica del personaje primero se antoja inmejorable o la reproducción de los escenarios descritos por el autor resulta exacta. Sin embargo, es difícil enumerar incluso la más breve lista de cintas que logren reproducir fielmente el ritmo de la narración de la que provienen. No es cosa fácil traducir los silencios implícitos en los puntos y comas, en la separación de los párrafos, en el fluir de un texto. No basta, por supuesto, un buen guión. El ritmo es, al final del día, responsabilidad casi exclusiva del director.
     En los últimos veinte años, pocos realizadores han demostrado un talento rítmico –y una capacidad para adaptar fielmente una obra literaria– comparable al de Ang Lee. Desde Sensatez y sentimientos hasta La tormenta de hielo, el director se ha revelado como un maestro en las difíciles tareas de la conciliación artística y la paciencia cinematográfica. En esta antipática era de la velocidad, su parsimonia resulta un bálsamo. Ang Lee practica una de las auténticas reglas no escritas de la buena cinematografía, una que, para desgracia del cinéfilo, otros directores parecen olvidar con alarmante frecuencia: la película no está en la escena individual sino en el montaje final: no en la viñeta aislada sino en la historia completa.
     Brokeback Mountain (habrá que usar este título y no las mojigaterías a las que nos tienen acostumbrados nuestros ilustres traductores) es una joya típica de Lee, un prodigio de adaptación y cadencia. Como en la historia original de Annie Proulx, publicada en The New Yorker en 1997, la película entera se desenvuelve despacio, con agónica lentitud, como la propia dolencia de los protagonistas. La principal virtud del cuento de Proulx es la justicia que hace a la sensación –tantas veces mal entendida– de añorar el regreso, por más breve que sea, del amor. En sentido opuesto, la tentación fantoche hollywoodense se ha empeñado en romantizar la agonía amorosa. No hay, en la historia del cine comercial, cintas que reflejen con honestidad el sentimiento de la lejanía o la desesperación por lo irremediable de una separación. La Brokeback Mountain de Ang Lee se aboca, en cambio, a contemplar pacientemente esa desdicha: la cinta no sólo está a la altura de la angustiosa cadencia de la prosa de Proulx; quizá, incluso, la mejora.
     Heath Ledger, un actor que, hasta hace seis meses, parecía destinado a una especie de timidez perenne, soporta la mayor parte del peso de la catástrofe emocional en Brokeback Mountain. Tal como ocurre en el cuento de Proulx, es el Ennis del Mar de Ledger quien está menos preparado para enfrentar la llegada de un amor tan absoluto, tan imposible y tan decididamente homosexual. A diferencia de Jack Twist (Jake Gyllenhaal), el otro vaquero en cuestión y a quien suponemos le incomoda menos reconocer su inclinación sexual, Ennis del Mar está a punto de contraer matrimonio y comprar un pequeño rancho cuando lo sorprende el inesperado arribo de una relación que no podrá jamás entender ni manejar. Cuando concluye el invierno y llega la hora de comenzar una vida entera de nostalgia, Del Mar tropieza hasta un callejón donde intenta, sin lograrlo, devolver el estómago. Ledger golpea la pared, gruñe y tiembla. Y la cámara de Ang Lee –manejada con la sensibilidad acostumbrada por Rodrigo Prieto– lo acompaña por uno o dos minutos. Es el tiempo perfecto para conseguir el retrato más verosímil en el cine moderno de la agonía destructiva del fracaso emocional.
     Un clima de autenticidad similar se siente al menos en otro par de momentos. El primero llega con el ansiado reencuentro de los amantes. Cuando los vaqueros finalmente vuelven a verse las caras apenas afuera del departamento de Del Mar, Ang Lee sostiene su rechazo de lo sentimental. El director sabe que ambos personajes han callado y sublimado su añoranza por demasiado tiempo y que el reencuentro debe tener más de reclamo y violencia amorosa que de ternura insípida.
     Sin embargo, es en la escena final del filme cuando Ledger y su director demuestran estar realmente a la altura de la notable historia de Proulx. La conclusión, que encuentra a Ennis viviendo en soledad en un páramo del oeste americano, requería mesura y emoción. Como en el resto de la cinta, Lee y su actor protagónico se resisten a la cursilería. El conmovedor arreglo de las camisas de los amantes, la solitaria postal de la montaña y las lágrimas entrecortadas de Ledger son el único desenlace posible: el rostro de Ennis del Mar –mirando hacia la nada e invocando (maldiciendo, bendiciendo) el nombre del amor perdido– es a la vez catártico y desolador, como toda resignación. ~