La tarde elemental

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Dice Ricardo Piglia que el último cuento de Borges —el que imaginamos el último cuento, tal vez por la perfección de su final— surgió de un sueño. Borges, a los ochenta años, vio a un hombre sin cara que en un cuarto de hotel de Michigan le ofrecía la memoria de Shakespeare. No le ofrecía la fama ni la gloria de Shakespeare —algo que habría sido trivial— sino la memoria del escritor.
     Leer en Formas breves los comentarios de Piglia al último cuento de Borges me trajo imprevistamente el otro día el recuerdo de la última tarde que Borges pasó en Barcelona, hará de eso ya más de veinte años. Esa última tarde, un escritor malogrado, un amigo mío muerto hace ya más de veinte años, comparó inesperadamente a Borges con Shakespeare. Y aquella comparación me quedó grabada y a veces me pregunto si Paco Monge, mi amigo muerto, no llegó a intuir aquella tarde el cuento que años después escribiría Borges.
     Aquella tarde. Tal vez no es hoy una tarde tan remota como a primera vista podría parecer. Me digo esto porque acabo de recordar de repente unos versos de Borges: "Las tardes que serán y las que han sido/ son una sola, inconcebiblemente […] La tarde elemental ronda la casa./ La de ayer, la de hoy, la que no pasa".
     Un inciso necesario: Desde que leí el libro de Piglia concibo la historia de la literatura como una sucesión, en el tiempo y el espacio, de escritores habitados imprevistamente por los recuerdos personales de otros escritores. Vista así, la historia de la literatura sería una novela que nos contaría la historia secreta de una serie de escritores que recuerdan con una memoria extraña a la suya imágenes, textos y lecturas que vieron, escribieron o leyeron antes otros. Una corriente de aire mental de misteriosos recuerdos ajenos compondría un circuito abierto de memorias robadas: la verdadera historia de la literatura.
     Vista así esa historia, no es extraño que lleve días secuestrado por el capítulo de Formas breves de Piglia dedicado al último cuento de Borges: ese cuento en el que un oscuro escritor, que ha dedicado su vida a la lectura y a la soledad, por medio de un artificio muy directo y sencillo (como los que Borges ha preferido siempre para construir un efecto fantástico), es habitado por los recuerdos personales de Shakespeare y recuerda, por ejemplo, la tarde en que escribió el segundo acto de Hamlet.
     Vuelvo a la tarde aquella del ayer de hace más de veinte años, la última tarde de Borges en Barcelona, y ese recuerdo de nuevo trae consigo, con una gran nitidez, el de un momento memorable que tuvo lugar en mi casa instantes antes de que mi amigo Paco Monge y yo la abandonáramos para ir al paraninfo de la Universidad de Barcelona a escuchar a Borges. "Bueno, vamos a escuchar a Borges", dije esa tarde de forma distraída y tonta, sin sospechar que la frase quedaría congelada en el tiempo y no podría olvidarla ya nunca, porque Paco Monge la rescató de la banalidad al comentarme: "¿Te das cuenta de lo que acabas de decir? Es como si hubieras dicho: Bueno, vamos a escuchar a Shakespeare".
     Muchas veces, cuando la tarde elemental ronda mi casa, he recordado aquel intuitivo comentario de mi amigo. Hasta la otra tarde lo había recordado siempre de la misma forma: admirando la lucidez de aquel comentario que supo convertir en trascendentes aquellos instantes previos a la oportunidad única que la vida nos ofrecía aquel día: la posibilidad extraordinaria de ver por primera y última vez a un escritor inmortal, algo que desde luego no pasa todas las tardes.
     Pero la otra tarde ese recuerdo se volvió imprevistamente más complejo, amplio e inquietante cuando leí en Formas breves: "Recordar con una memoria extraña es una variante del tema del doble pero es también una metáfora perfecta de la experiencia literaria […] Tal vez en el porvenir alguien, una mujer que aún no ha nacido, sueñe que recibe la memoria de Borges como Borges soñó que recibía la memoria de Shakespeare".
     Estas frases de Piglia y la asociación en las dos tardes distintas (y al mismo tiempo iguales) entre Borges y Shakespeare volvieron más turbador y profundo el comentario de Paco Monge en aquella tarde elemental, la de ayer, la de hoy, la que no pasa porque está ya pasando. ¿Qué está pasando ahí? Nada, noto que empiezo a ser visitado por la memoria de un escritor malogrado, mi amigo muerto que, por lo visto, quiere que estas líneas terminen con un efecto fantástico de estilo borgiano. –