Las caricaturas del Museo Palestina

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A fines de 2005, el periódico Jyllands Posten dio su salto a la fama global, al menos durante ese cuarto de hora que la mayoría nos quedamos esperando toda la vida. Su pasaporte fueron las famosas doce caricaturas de Mahoma publicadas como acompañamiento de un artículo sobre Kåre Bluitgen, el autor para niños que hizo saltar las alarmas democráticas de la prensa danesa cuando declaró que, a no ser desde el más riguroso anonimato, ningún artista local estaba dispuesto a ilustrar su libro sobre el profeta del islam. La razón: el miedo al extremismo, un miedo –vale recordar– con motivos bien reales, como indican la fatua contra Rushdie, la degollación del cineasta holandés Theo van Gogh o el clima de guerra santa que provocaron las recientes declaraciones del Papa.
Según explicaron los editores, la idea no era ofender a los creyentes, sino poner a prueba la profundidad de la autocensura en su país, lo que equivale a decir: el avance del miedo a las represalias terroristas. Con el tiempo, la prueba se aplicó a todo el mundo occidental, con resultados más bien dudosos. Tras la publicación de las imágenes, una buena parte del planeta se llenó de protestas violentas. Hubo quemas de banderas en Gaza, con exhibiciones de lanzamisiles incluidas, y amenazas a mansalva: contra los empleados de la Cruz Roja danesa en Yemen, contra la empresa Arla en Arabia Saudí y, claro, contra el diario mismo. Y mientras las deseables oleadas de solidaridad de la prensa democrática con el Posten se extinguían bastante rápido, entre llamados hipocritones a la tolerancia en todas las partes y reticencias generalizadas a reproducir las caricaturas en cuestión, por pruritos de corrección política y por miedo, desde la orilla de los agraviados todavía hoy llega alguna que otra ola. Como la que generó un concurso de caricaturas sobre el Holocausto al que convocó el periódico Hamshari de Teherán, una respuesta a la iniciativa de su par danés que causó la sorpresa escandalizada de los medios y las cancillerías occidentales, perplejas e impotentes ante la galería de burlas en torno al genocidio que todavía hoy se exhibe en –dónde si no– el Museo Palestina.
Una perplejidad, conviene puntualizarlo, injustificada. En Irán, una convocatoria como la de Hamshari no sería posible sin la anuencia o, mejor, el entusiasmo de Mahmoud Ahmadineyad, de cuyas opiniones sobre el tema no faltan ejemplos. Hace poco, el presidente nos reveló la verdad de que el Holocausto no existió, sino que fue un “mito” inventado por una entidad llamada sionismo para chantajear a la humanidad, un montaje mediante el cual se pudo fundar –y mantener con vida– al Estado de Israel. Pudimos enterarnos así de que Ahmadineyad es nada menos que un negacionista, o sea, un teórico de la conspiración seguro de que un cónclave agazapado en las sombras ha logrado manipular la realidad y vernos a todos las humanitarias caras. Más tarde nos enteró de que, en el reino feliz de los fieles que está por llegar –asegura que el Mahdi, o sea el imán chií oculto desde el siglo IX, está a nada de volver e instaurar la utopía islamista que antecede al fin del mundo–, no tiene cabida Israel, y en seguida dejó caer la nueva de qué pensaba hacer al respecto: sacar jugo a las posibilidades de la energía nuclear y desaparecerlo del mapa.
Así que, lo dicho: ¿por qué sorprenderse? El negacionismo se ha extendido de las periferias filonazis del mundo hasta el panarabismo y el islamismo radical de todo signo, y Ahmadineyad, tan propenso al impromptu mesiánico, no tenía por qué ser inmune a esta epidemia. Si uno se acerca a los sitios web de la ultraderecha, se encontrará con una retórica del exterminio muy similar a la suya. Se encontrará eso y caricaturas, muchas caricaturas, algunas de las cuales se parecen también, inquietantemente, a las que llegaron al concurso iraní, en especial a las enviadas por los artistas locales, que en general son las más claramente ancladas en el negacionismo. Ahí están el señor Mehdi Sadeghi, que se apunta con un alien muerto en la Luna junto a una bandera israelí que dice “Holocausto”, y Homayoun Abdolrahimi, que nos obsequia con la imagen de un rabino que porta un libro con la palabra “Holocausto” y una nariz que crece al infinito, como la de Pinocho. Pero no caigamos en el pozo del prejuicio. Los participantes, que enviaron un total de 1,193 obras, de las que fueron seleccionadas 204, provienen de ámbitos muy diferentes, y la paranoia negacionista no se circunscribe ni a Irán ni al mundo árabe. Como botón, esa foto de las colinas californianas en donde la palabra “Hollywood” es sustituida por la palabra “Holocaust”, cortesía del norteamericano Bernard Vennekohl.
Por lo demás, el negacionismo no priva en la muestra y las viñetas suelen limitarse a repetir el estribillo inútil y tramposo del “otro genocidio”, de la “doble moral” que lleva a los “sionistas” a perpetrar un exterminio equivalente a ese que tanto lamentan haber sufrido. Esta forma del prejuicio, sólo aparentemente light, no tiene denominación de origen geográfica ni ideológica. Lo prueban, entre otras, la generosa contribución brasileña, encabezada por Carlos Latuff, un veterano de las lides propalestinas al que, parece ser, un cronista menos ignorante que el que suscribe reconocería de inmediato; o la cubana, indigesta de impulsos no alineados y subdesarrollistas.
Con la izquierda hemos topado, en efecto, y ante ello uno se siente movido a decir que, ahora sí, tenemos motivos para sorprendernos. Pero, de nuevo, no es el caso. Hace un buen tiempo ya que ciertas izquierdas periféricas y otras que no los son tanto –cómo olvidar los cantos de Saramago al terrorismo suicida– promueven sin rubores una lectura del conflicto entre Israel y Palestina que se relaciona mucho menos con la solidaridad ante los sufrimientos de este país que con una teorización burda del odio, la cual, por muchas capas de barniz progresista que se le apliquen, deja un perfume demasiado penetrante a judeofobia de la de toda la vida, a prejuicio viejo, simple, llano. La diferencia es que esta vez el suelo del que brota es el de la corrección política, y no el de su aparente envés, el ultranacionalismo racista.
Sobra decir que el valiente que se decida a visitar las imágenes del Museo Palestina (www.irancartoon.ir) no se encontrará ante nada parecido a lo que implica la buena caricatura, o la caricatura y punto: no hay análisis, reflexión o crítica, sino propaganda; no hay parodia, ironía o siquiera sarcasmo, sino crueldad. ¿A alguien le vino a la mente nuestra prensa de izquierda? ~