Las caricaturas hacen llorar

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Después de Cabeza de Vaca, Nicolás Echevarría ha vuelto a probar su suerte con un largometraje de ficción. El resultado es Vivir mata, comedia urbana evaluada por Gustavo García, quien cuestiona los riesgos de incursionar en un género ajeno a las predilecciones del director.
Durante veinte años, las ruinas del cine mexicano enseñaron a sus habitantes a caminar guardando el equilibrio entre la inexistencia y el oportunismo. En un sistema cortesano y burocrático como el del cine gubernamental, que fue entonces la única alternativa de cualquier cineasta con pretensiones estéticas, era más fácil que una obra de ambición fuera el epitafio de su creador (El diablo y la dama de Ariel Zúñiga, Goitia de Diego López, Historias violentas de Gerardo Pardo, Víctor Saca, Diego López, Carlos García Agraz, Daniel González Dueñas) antes que el inicio de su madurez. Los dioses de Imcine quisieron destruir las voces altas, y lo lograron con todos sus recursos. Una personalidad insólita fue Nicolás Echevarría, quien destacó en el primer sexenio donde hacerlo era imposible, el de Margarita López Portillo, y realizando el tipo de cine con el que nadie sobrevive en México, el documental. En esos años de confusión artística, sus recorridos por la cultura indígena (Tesgüinada, María Sabina / Mujer espíritu) y las manifestaciones deslumbrantes del misticismo y el arte populares (El Niño Fidencio / El taumaturgo de Espinazo, Poetas campesinos) reorientaban la mirada del espectador a unas densidades nunca antes registradas; su cámara abarcaba un México profundo de perfiles nítidos, lejanísimo, olvidado y autónomo, como la bandita infantil de música que toca a Verdi en medio de la Sierra de Puebla (Poetas campesinos) o los "cajitas" o poseídos del espíritu del Niño Fidencio, que hacen sanar entre lodazales a quienes creen en el  curandero que murió joven y sin desarrollar características sexuales secundarias (Niño Fidencio).
     Pero Echevarría sobrevivió mal a la burocracia: su rápido y firme prestigio lo llevó a  la siniestra encomienda oficial de hacer la película mexicana del quinto centenario del Encuentro de Dos Mundos, Cabeza de Vaca. El entonces director de Imcine tenía la manía de regatear un proyecto personal a cambio de un encargo: al veterano Roberto Gavaldón le cambió su ambiciosa La huelga de Río Blanco por una biografía de Álvaro Carrillo, compositor de boleros muy grato al entonces presidente De la Madrid; Gavaldón se negó, nunca volvió a filmar, y la vida de Carrillo la actuó José José (Sabor a mí, 1987, René Cardona hijo, con guión de Isaac). Lo mismo pasó con un Cabeza de Vaca que Echevarría debía hacer para poder realizar una película propia; el horror de las mil revisiones del guión, las suspensiones de rodaje a unas horas de salir a las locaciones, y los diseños de maquillaje y vestuario saqueados por otros cineastas mientras tanto, se prolongó de 1986 a 1990. El resultado fue un diagnóstico de las inmensas posibilidades de Nicolás Echevarría en pleno control de sus imágenes más sorprendentes, y de su tremenda debilidad narrativa, evidente en los últimos cuarenta minutos de película.

     Vivir mata, su regreso al cine de ficción, es un salto al vacío sin red de protección: no se fíe nadie porque el guión sea de un amigo suyo tan cercano como Juan Villoro, y la música de Mario Lavista, ni porque por ahí haga un bit forzadísimo Guillermo Sheridan (su guionista para Cabeza de Vaca) en el papel de Gil Miranda, un locutor ciego (pese a trabajar con libros abiertos ante sí).

Echevarría está en terrenos muy ajenos a sus códigos, en una comedia amorosa urbana tan al gusto de los productores Mattías Ehremberg (Sexo, pudor y lágrimas) y Epigmenio Ibarra (el de la productora de telenovelas Argos). Los problemas se los empieza a poner la historia de Villoro: el hacedor de reptiles de plástico Diego (Daniel Giménez Cacho), en trance de recoger un pavo en un concurso radiofónico, conoce a la locutora también radiofónica Silvia (Susana Zabaleta), quien se hace pasar por una reportera que toma a Diego por un novelista; él asume la identidad falsa en plan de ligue, pero, al final del día, ambos descubren que el otro no es quien decía ser, aunque no les queda claro lo que en verdad es cada cual. Al día siguiente, en la estación de radio, ella cuenta sus dilemas a su fiel amiga Regina (Alejandra Gollás, con mucho lo mejor de la película), mientras él hace lo propio con sus cuates Chepe (Luis Felipe Tovar) y Helmut (Emilio Echevarría), atorados en un infernal caos vial camino a pintar un grafito. ¿Cómo se reunirá la pareja? No anticipemos más, sino que en el asunto interviene la horrenda Cabeza de Juárez de Siqueiros, que por fin tuvo algún chiste, aunque sea como escenografía de película.
     Los personajes de Villoro carecen de motivaciones claras; sus conflictos e historias van apareciendo a lo largo de la película, pero ni los explica ni los complica: nada agrega a la situación el que Helmut quizá haya traicionado, hace años, al grupo de pintores callejeros, o que Regina se derrita por Gil Miranda, o que todo ocurra, según Miranda, en los últimos Días Aciagos aztecas, lo que explica el horror urbano, o que quizá Silvia sí hubiera comido veneno para cucarachas cuando era niña. La ética de la película no llega muy lejos: que la mentira sea el sustento del amor suena más a perversión momentánea que a experiencia compartible, y la anécdota, así, se apoya más bien en la caricatura urbana, que funciona por momentos (los vendedores de comida rápida, y hasta de prostitutas, en el embotellamiento). Pero nunca estalla, pese a los intentos de unas avestruces.
     Los protagónicos sobreactúan, declaman sus frases para informarse a sí mismos de quiénes son, lo que a su vez lleva a una hiperdialogación que pudo haberse evitado en una buena afeitada del  guión (aunque Zabaleta entra y sale de su personaje como presumiendo lo que podría hacer si se le pegara la gana). Luis Felipe Tovar, que tiende a la expansión actoral, aquí aparece, en comparación, discreto como un actor de Ozu. En toda la película, Nicolás Echevarría está en el notable trabajo de cámara de Pablo Reyes Monzón, y en un diseño de producción que aprovecha la ciudad pero también la recrea (la taquería El Taco de Ojo), con un sentido celebratorio que recuerda el de  Los Caifanes, aunque también puede entrar en la ficción de Diego y mostrar visiones que pertenecen a otra película, mucho más fascinante (la vaca en la cocina, la Mujer en Llamas), más cercana al otro Echevarría. Su cine siempre ha sido una búsqueda y un encuentro con el corazón oculto de las cosas: cuando llega al corazón de  Vivir mata encuentra un marcapasos. –

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