Las memorias de un europeo

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Curioso destino el de Stefan Zweig. Para muchos de nosotros, su nombre está ligado en los pliegues de la memoria a los libros de la desaparecida colección Reno, donde convivían con desparpajo clásicos literarios, folletines coyunturales y tenebrosos libros de referencia que paliaban en lo posible el hambre de información de nuestra posguerra. Zweig encarnaba el ideal del escritor cosmopolita, la figura de brillo mundano que tan pronto iluminaba las estancias de la alta cultura como urdía el reflejo sutil y lujoso de la sociedad de entreguerras que lo había encumbrado. El autor de Novela del ajedrez vendió miles de ejemplares de sus libros por toda Europa, genuina literatura popular que fue el prototipo de lo que hemos dado en llamar (no sin algo de cinismo) best-sellers de calidad. Ahora, cuando ya sus obras eran un recuerdo piadoso, la editorial El Acantilado se ha propuesto la reedición de algunos títulos emblemáticos del escritor austriaco. No sé si el interés del editor Jaume Vallcorba hunde sus raíces en una nostalgia bien llevada por los libros de su infancia, pero la presencia de Zweig (como la de Arthur Schnitzler, también felizmente revivido) es testimonio de la atracción que aún ejercen en nosotros ciertos veneros de la cultura centroeuropea, la edad dorada de la Viena imperial y su no menos dorada decadencia, de Beer-Hoffmann a Karl Kraus, de Mahler a Alban Berg. Este es el mundo que Zweig retrata al comienzo de El mundo de ayer (Memorias de un europeo) y que constituye el telón de fondo de su hermoso relato autobiográfico. El itinerario de Zweig es una travesía del desierto, pero a la inversa: el espejismo no está frente a él, sino detrás; el paraíso se disipó con la Primera Guerra mundial y todo lo sucedido desde entonces está teñido de una melancolía  venenosa y lúcida. Alumno y heredero de la Gran Viena, se embarca en una labor misionera: difundir las realizaciones más altas de la cultura europea, honrar un patrimonio ligado para siempre a la existencia de sus mayores. Expulsado del paraíso, guarda su imagen en los ojos y trata de prender con ella la tibieza del presente.
     Zweig comienza el libro quitándose valor ("jamás me he dado tanta importancia como para sentir la tentación de contar a otros la historia de mi vida"). El tema de su narración, dice, no es su hado, "sino el de toda una generación, la nuestra, la única que ha cargado con el peso del destino, como, seguramente, ninguna otra en la historia". Al igual que más tarde Arthur Koestler, Zweig se propone como modelo de una generación y campo de pruebas de las fuerzas que devastaron Europa. Es una justificación comprensible pero innecesaria, que la vivacidad de su prosa no hace sino traicionar: leemos el testimonio de una vida no porque la vida sea ejemplo de nada, sino precisamente como excepción, como suma incomparable de detalles y particulares. Leemos su testimonio porque creemos en el valor de una sola vida y nos conmueve la riqueza de un solo espíritu y una sola existencia. Y el espíritu de Zweig, o al menos el que aquí comparece, es el de un hombre cordial, comprensivo y tolerante, que detesta los extremismos y gusta de la amistad y la conversación galante. Su carácter templado y expansivo explica, quizá, la relativa endeblez de sus esfuerzos puramente literarios: sus fuertes eran el ensayo y el artículo ilustrado, la nota informativa y didáctica. Desde el principio sabe captar la atención de sus lectores: su retrato de la Viena imperial es vivaz y no escamotea los aspectos grotescos o ridículos, como los relativos a cuestiones sexuales o de orden moral; el juicio que dedica a sus colegas es generoso y desprendido, sabedor de lo difícil que resulta forjarse una identidad y atenerse a ella (y no digamos ya cualquier forma de prestigio social); propenso a la idolatría, se complace en coleccionar autógrafos de sus héroes literarios con el mismo afán con que recorre Europa entrevistando a los grandes espíritus de la época: es su manera de unir a Goethe con Romain Rolland, a Beethoven con Schönberg, y tejer con ellos la trama suprema de una cultura europea que trascienda el tiempo y su máscara sucesiva y fatal, la historia.
     Porque este es el verdadero asunto de sus memorias. Un asunto que son dos: Europa y la Historia, o mejor, Europa en la Historia. Zweig pertenece a la vieja escuela liberal que abomina del radicalismo y sus impulsos irracionales. Su dios es la razón, pero una razón amable que acepta los datos de la intuición y el sentimiento. Es, sobre todo, alguien que cree en el individuo y desconfía de cualquier forma de Estado u organización social, para quien la medida es el hombre y no su reunión en conceptos más o menos nebulosos, llámense patria, pueblo o proletariado. No sin tristeza comenta que "antes de 1914 la Tierra era de todos […] me divierte la sorpresa de los jóvenes cada vez que les cuento que antes de 1914 viajé a la India y América sin pasaporte y que en realidad jamás en mi vida había visto uno". Habría que matizar, tal vez, que la Tierra era entonces para quien podía pagársela, pero Zweig apunta con sus palabras al demonio ascendente de nuestra época, "la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea". Y es que para Zweig no hay cosa más repugnante que el fervor nacionalista. La coquetería con que se queja de los visados y los controles aduaneros no es nada comparado con el frío terror que le inspiran esas masas de jóvenes instruidos en el credo de la superioridad racial y el desprecio al prójimo. Zweig rastrea el origen del nacionalismo en la Europa de entreguerras y evoca con dolor las sucesivas capitulaciones de la sociedad civil ante los ataques de los violentos. La descripción de sus actos vandálicos, que seguían "el principio de la intimidación por el terror de un grupo reducido contra una mayoría numéricamente superior, pero humanamente más pasiva", tiene (sobra reseñarlo) una patética vigencia en nuestro país. Como la tiene el uso que de estos actos hizo un puñado de políticos sin escrúpulos.
     Pero, sobre todo, el libro de Zweig retrata con nervio la muerte de un mundo, la Europa de finales del xix, que define como "el mundo de la seguridad", y en el que la Historia era poco más que un espejismo. Un mundo complaciente cuya negación del ayer hemos remedado, por más que su entrega incondicional a la religión del progreso nos parezca en exceso optimista: cien años de barbarie no han pasado en vano. En esa familiaridad, que recorre la lectura como un eco, hay que buscar el estremecimiento que despiertan muchas de estas páginas y que nos dicen, tal vez, que no vivimos en el mejor de los mundos posibles. Tal conclusión tiene algo de acto reflejo, como quien pasa ante un escaparate y sorprende, amedrentado, su propia imagen sombría. Pero es una conclusión inevitable, como sin duda la quiso el mismo Zweig. –