Los güeyes del Big Brother

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La copiosa venta de una intimidad prefabricada como una mise en scène y decorada con motivos comerciales atestigua de la popularidad igualmente prefabricada del grupo reunido por el programa televisivo Big Brother en versión mexicana. Puesto que sus protagonistas —pero, ojo, allí sólo hay protagonistas, aunque minutos antes sólo fuesen ignotos— surgen de la realidad regida por el Consumo y la Televisión, es decir son ordinaria gente "normal", eso los garantiza como gente de veras. En esa documentada Tierra de Oz, neorrealista Disneylandia o narcisista Casa de Cristal, los elegidos por Big Brother (que en la circunstancia es uno de los rostros de Televisa, la verdadera Secretaría de Educación Pública) ejercen una intimidad dialogada y gesticulada según los patrones del telespectáculo ordinario y traban relaciones afectivas convencionales, manifiestan pasiones aprendidas de la telenovelería. Prueba de que lo cotidiano sólo es válido si la magia de la televisión lo certifica.
     Big Brother es más una telenovela-happening que un reality-show. Es también un programa de concurso. Los actores naturales, colectados de una clase media ansiosa de ascender a clase nice, actúan sus propios papeles y compiten por convertirse en personajes inolvidables, en instantáneos astros de la televisión, mientras, a su vez, los telespectadores, voyeurs permitidos y aun muy requeridos, gozan y discuten el show y apuestan a cuáles serán los sucesivos personajes "nominados", es decir eliminados de la Casa de Cristal hacia la cual confluyen miríadas de miradas.
     En las dos o tres discontinuas horas (repartidas en casa de un amigo con televisor dotado de Sky) que he visto de Big Brother, el espectáculo me pareció muy escasamente atractivo  quizá porque la llana realidad ya es un más que suficiente espectáculo estúpido. En cambio, me interesó comprobar que esos little brothers, esos jóvenes que supongo clasemedieros, se sirven con mecánica frecuencia de expresiones como chido, chafa, alucinar, me vale madre, pendejo, güey, etc.
     Particularmente, güey, supuesto avatar fonético de buey, me ha resultado la más interesante de esas expresiones por su función no lineal en las relaciones de los súbditos del omnipresente y mirón aunque no visible "Hermano Mayor". Y descubro que, quién lo diría, el remozado Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, edición XXII, de 2001, sacudiéndose de su imperial letargo, ya registra buey en la acepción cuarta de la entrada correspondiente: "buey. Guat., Méx. y Nic. Persona tonta, mentecata. U.t.c. adj." Luego se me ocurre buscar güey, y, oh, aún mayor sorpresa, también lo encuentro:
      
     "güey. m. Méx. Persona tonta.  U.t.c. adj.
     / álzalas, ——. loc. interj. U. para dirigirse a alguien que ha tropezado."
      
     De este modo,  güey, presunto sinónimo de la acepción mexicana de pendejo —anotado en la tercera acepción del real diccionario como coloquialismo que significa "hombre tonto, estúpido"—, ya no está fuera de la ley, ni al emitirlo delinque verbalmente la "familia" mexicana del Big Brother, que además (tal vez como un sustituto de los obsoletos cuate/ cuata, y mano/ mana) suele usarlo como interpelativo más que como calificativo y con tono no insultante sino compañeril, incluso cordialísimo. Lo emiten hasta las little sisters entre ellas; y de hecho (así deriva el habla) tiende a convertirse en un habitual e inocente modo de puntuación y de ritmo:
     —¡Mira güey [,] no manches güey [,] enamorarse es superchido güey [.]!
     Y acabo preguntándome si no ocurrirá algún día lo mismo con pendejo, quizá contraído a pend:
     —¡Mira pend [,] si te gusta andar de enamorada pend [,] puede que sientas superchido pend [,] pero nomás porque eres pendeja pend [.]! –


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