Madrid: una semana de marzo

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César Vallejo, Octavio Paz y Pablo Neruda, tres piezas de caza mayor de la poesía latinoamericana, lloraron la sangre derramada por España en su trágica Guerra Civil, cuando las dos Españas, que diría uno de los dos Machado, se enfrentaron hasta helarse el corazón. Un llanto análogo recorrió el mundo el pasado 11 de marzo de 2004: ¡Madrid roto de nuevo por las bombas! Tres estaciones, Atocha, Santa Eugenia y el Pozo del Tío Raimundo, cuatro trenes, diez bombas en otros tantos vagones, y, en un lapso eterno y brevísimo, entre las 7:39 y las 7:42 de la mañana, 201 muertos y más de 1,400 heridos. España enfrentó un desafío desestabilizador de proporciones bíblicas —o habrá que decir coránicas— a 72 horas de la apertura de las casillas para unas elecciones generales.
     La emoción de las jornadas de solidaridad nos hicieron recordar, a los mexicanos en Madrid, los sismos del 85. Un simple ejemplo de miles de pequeños y grandes actos de heroísmo anónimo: Tele-Madrid solicita sangre a las 9 de la mañana del mismo 11-M para atender lo que se prevé una lista larga de heridos. A las 10:30 anuncia que no son necesarias más donaciones. Pese a ello, seis mil personas se agolpan en la Puerta del Sol, delante de una de las cabinas móviles de donación. Sangre derramada y litros y litros de sangre solidaria: empática, enfática, esdrújula.
     Fue ETA. Lo dice el presidente del gobierno vasco, el lehendakari Ibarretxe, lo dice Aznar y lo repite Zapatero. Lo dicen el rey y todos los plebeyos de este reino. Lo dice la edición especial de los periódicos, que desde la una de la tarde está ya en la calle, y lo explican y lamentan, con plena autoridad moral e intelectual, políticos y analistas, víctimas y perseguidos de la demencia etarra. Razones sobran y bastan: ETA ha matado sin aviso y de manera indiscriminada; en la Nochebuena pasada intentó una carnicería con un tren, maletas y explosivos, en la estación de Chamartín; en febrero, otro intento, con media tonelada de explosivos detenida a tiempo; ETA no siempre se atribuye los atentados; ETA suele dejar bombas-trampa con el fin de llevarse a los artificieros que acuden al lugar del atentado; ETA lleva cerca de mil asesinados en su negra historia; ETA quería hacerse presente en las elecciones, como ha hecho desde que España es una democracia; ETA quería vengarse del gobierno del Partido Popular que la puso, con medidas policiales y jurídicas, contra las cuerdas; ETA había anunciado una tregua en exclusiva para Cataluña, la famosa “tregua-bomba”, y tenía la obligación de sancionarla, de preferencia en Madrid, con un gran atentado. Razones obvias para España y ciegas para el mundo, que sigue llamando a la banda terrorista grupo separatista. Y que lo hace repitiendo tópicos no fundados en la razón: no, el pueblo vasco no es un pueblo oprimido; Euskadi es una de las regiones más ricas de Europa, con un gobierno propio que tiene competencias plenas en educación, cultura, salud, turismo…, con capacidad de recaudación fiscal basada en los derechos históricos, medievales, del pacto entre el señorío de Vizcaya y el reino de Castilla y una policía autonómica, además de himnos y banderas para consumo de un gobierno y un parlamento nacionalistas, elegidos por mandato de la Constitución española; los perseguidos en el País Vasco son los no nacionalistas que, con el miedo en la piel, empiezan su jornada revisando los bajos de sus coches para ver si hay una bomba lapa adosada. La libertad está en peligro en el País Vasco: lo está para los no nacionalistas, insultados en las calles, repudiados en las aulas por una minoría fanática y racista. Paradojas de Euskadi, los escoltas los llevan los miembros de la oposición. Entonces, fue ETA.
     El viernes 12 España vive la mayor manifestación de su democracia: en Madrid, de una población censada de cuatro millones y medio, dos millones cuatrocientas mil personas salen a la calle; en Barcelona, de un censo de poco más de tres millones, un millón trescientas mil. Incluso se da la paradoja de que en Bilbao, ciudad que pide a gritos borrar la sombra de una sospecha, la población en las calles, por el extrarradio que acude a manifestarse, de Barakaldo, de Getxo, de la orilla izquierda del Nervión, supera a la población censada. Un millón de valencianos, setecientos mil sevillanos, medio millón de zaragozanos, hasta completar la cifra de catorce millones de españoles sobre una población de cuarenta millones. La manifestación, convocada por el gobierno, es respaldada por todos los partidos políticos legales, pese a que las elecciones son el domingo, y tiene como lema oficial: “Con las víctimas, con la Constitución y por la derrota del terrorismo.” Las consignas rompen el aire, desgarran el alma. Avanzan como olas, un murmullo que se hace grito y da paso a un nuevo murmullo: “No estamos todos, faltan doscientos”, “No está lloviendo, Madrid está llorando”; “ETA, escucha, así es como se lucha”, “Íbamos todos en ese tren”, “ETA no, democracia sí”. Desde el puente de Eduardo Dato, mirador privilegiado de La Castellana, la avenida que parte en dos la capital, la vista se pierde en un infinito, casi inmóvil, mar de paraguas. No, no está lloviendo, Madrid está llorando.
     En un principio, resulta difícil precisar el grado de la manipulación oficial sobre los responsables del atentado, ya que el primer indicio que apunta a una autoría diferente a la de ETA lo hace público, el mismo jueves, el ministro del Interior Ángel Acebes, quien informa que dentro de una camioneta sospechosa, estacionada en la estación de Alcalá de Henares, de donde partieron los “trenes de la muerte”, se encontró una cinta con versículos en árabe del Corán. Esa misma noche, un grupo en Londres se atribuye el atentado a nombre de Al-Qaeda, pero ambas pistas son débiles: el cassette pudo ser sembrado. O pertenecer al dueño de la camioneta robada, y su verificación requiere tiempo. El grupo que se atribuyó el atentado, las brigadas de Abu Hafs Al Masri, suele adjudicarse —como un timbre de orgullo— todo el mal que sucede en el mundo, incluido el apagón de Nueva York. Pero, luego, lentamente, aparecen datos y más datos: el explosivo no es el que usa ETA, Titadyne fabricado y robado en Francia, sino Goma 2, fabricado en España; la camioneta no tenía placas falsas, como hace ETA; hay testigos que hablan de hombres de rasgos árabes entrando y saliendo de los trenes. Y pese a que todo lo informa Acebes, el gobierno simultáneamente mantiene que la pista principal es ETA. Quizás al principio bajo esa certeza, después bajo la sospecha de que si los autores del atentado son de Al-Qaeda, la gente le pasará la factura pendiente de la guerra de Iraq al pp en las inmediatas elecciones, sin tiempo para reaccionar. El engaño se hace burdo: desde la Moncloa se habla con los directores de los medios de comunicación para insistir en la autoría de ETA, se dan instrucciones al cuerpo diplomático y se privilegia un extraño testigo que dice haber visto, en horario estelar de la televisión pública, gente “como de ETA” en los alrededores de la estación de Alcalá. El sábado, jornada de reflexión en vísperas de la jornada electoral, las cosas se salen de cauce: los servicios de inteligencia de otros países están en alerta máxima, la prensa extranjera (y ya buena parte de la nacional) no cree en ETA y el gobierno, claramente rebasado, sostiene su mentira. En la tarde del sábado, en Lavapiés, el barrio madrileño con la mayor población magrebí, se llevan a cabo cinco detenciones que no pueden ser mantenidas en secreto. El propio Acebes, al filo de la tarde, se ve obligado a informar de los detenidos, tres marroquíes y dos indios musulmanes, como presuntos implicados en el atentado. Las elecciones empiezan en menos de doce horas. En el colmo de los mensajes cruzados, la televisión pública emite, fuera de programación, un documental de Elías Querejeta, sobre el asesinato, a manos de ETA, del socialista vasco Fernando Buesa y de su escolta, que un día antes había trasmitido La 5, uno de los canales privados. Regateo de la verdad y utilización facciosa de las víctimas del terrorismo.
     Esta manipulación oficial, intolerable e irresponsable, profundamente inmoral, se contrarrestó por una manipulación de la manipulación de ciertos medios y actores políticos que dieron por ciertos rumores y noticias falsas o imposibles de comprobar, y deslegitimaron una investigación delicada, en pleno curso, que requería sigilo y discreción, y que había dado frutos concretos a las pocas horas de los atentados. La lucha de poder, normal en una campaña electoral, tuvo como escenario la atribución del atentado. Y unos y otros olvidaron los cadáveres sin sepultura. El sábado se organizan manifestaciones espontáneas, a través de los celulares y el e-mail, para repudiar al pp en sus sedes, actos ilegales en una jornada de reflexión; en respuesta, el candidato del pp, Mariano Rajoy, sale al aire a repudiarlas, acto también ilegal ese día, y el vocero del psoe, Pérez Rubalcaba, sale para refutar al candidato del pp y soltar el aserto de que informes confidenciales, en poder del partido socialista, aclararán muchas cosas en su momento, tercer acto ilegal.
     Por primera vez en la democracia española un partido que gobierna con mayoría absoluta es desalojado del poder. Y por vez primera un contendiente que debuta gana unas elecciones. La gente, indignada ante la mentira, y azuzada maliciosamente, acude a votar con rabia y en olor de multitudes. El voto a Zapatero lo han explicado los politólogos españoles por tres razones: una mejor campaña que la del gris Rajoy, que lo llevó a recortar a sólo tres puntos, según las últimas encuestas publicadas, la ventaja de siete con que inició la campaña; el voto útil de la izquierda, al que Zapatero llamó explícitamente para cerrar filas y desalojar al pp de la Moncloa, lo que significó un descalabro mayúsculo de Izquierda Unida, el partido de los ex comunistas españoles; y una baja abstención, con muchos votantes nuevos o que no acuden nunca, salvo en casos excepcionales como los vividos el 11-M y que suelen favorecer a la izquierda. Todo ello, sin embargo, sólo hubiese alcanzado para quitarle la mayoría absoluta al pp, pero no para vencerlo. El verdadero vuelco electoral, como encabezaron los periódicos del día siguiente, lo dio un feroz voto de castigo como consecuencia psicológica de los atentados y sus mentiras. Televisión Española y la cadena privada Antena Tres encargaron exit polls para sus sondeos al cerrar las casillas; Tele 5, la cadena privada más beligerante con el pp, prefirió, en un plan obviamente previo al 11-M, hacer una última encuesta. La razón es que en España un porcentaje no insignificante de electores miente sobre el voto que acaba de emitir en mayor grado que sobre el que va a emitir. Las dos primeras televisoras acertaron: el psoe había ganado las elecciones. Los resultados de Tele 5 dan, por el contrario, la victoria al pp. Conclusión: un porcentaje decisivo cambió el sentido de su voto en la noche del sábado. Afortunadamente, el perdedor supo perder con señorío, felicitando a las diez de la noche a su adversario y ofreciéndole su colaboración en la encrucijada, y el ganador supo ganar con modestia, llamando a la concordia y el bien común. Quizá sea injusto, pero no puedo dejar de pensar que Al-Qaeda ha inclinado la balanza. Aviso siniestro para las democracias europeas.
     Paradojas finales, si Zapatero retira las tropas de Iraq habrá cumplido una legítima oferta electoral, repetida mil veces, así como un compromiso moral con sus electores y, en general, con el pueblo español que se opuso masivamente a la intervención de su país en la antigua Babilonia, pero actuará de manera irresponsable: un Estado no puede participar en una guerra, por más estúpida o ilegal que haya sido, como fue ésta, y ocupar un país para luego hacer mutis. Su responsabilidad es dejar un Irak soberano y viable, y hasta que esto no se produzca, con o sin el aval de la onu, las tropas deben evitar la anarquía y la guerra civil, de las que son corresponsables. Hay que añadir a lo dicho la señal que se manda: atentar en el momento oportuno y con toda brutalidad puede forzar la mano de las democracias occidentales. Es obvio que Iraq es sólo una excusa para Al-Qaeda. ¿Participaron Turquía, Marruecos o Arabia Saudita, por citar tres países que han sufrido el embate integrista, en la guerra ilegal de Iraq? ¿Había el gobierno americano, bajo el gobierno de Clinton, actuado imperialmente? ¿Cómo pasar por alto que Francia está bajo amenaza del terrorismo islámico por defender la educación laica en su territorio? El desafío del nuevo fascismo que representa Al-Qaeda, en primer lugar para los gobiernos y ciudadanos de los países musulmanes, no parará mientes hasta lograr sus objetivos totalitarios, y desde luego no se combate con gestos de nueva voluntad. España debe orientar su política exterior hacia la “vieja” Europa, el Magreb e Iberoamérica, sus verdaderas áreas de interés e influencia, pero antes tiene el compromiso moral de dejar un Iraq viable.
     Una última paradoja. La campaña y el equipo de Zapatero estaban diseñados para impedir la mayoría absoluta del pp, por ello hizo toda clase de promesas y se encerró en un círculo de leales colaboradores. Ahora tendrá que gobernar un país en luto, puesto en la mira del terrorismo islámico, con ETA no derrotada, y con tensiones territoriales —fuerzas centrípetas, como le gustaba llamar Pierre Vilar al nacionalismo periférico— que no se conformaran con un simple cambio de talante. Si el equipo de Zapatero estaba diseñado para perder, el de Rajoy lo estaba para ganar: la mayoría de los diputados electos —recordemos que España es una monarquía parlamentaria en la que los electores eligen a sus diputados, y que el grupo parlamentario con la mayoría de escaños es el que tiene derecho a formar gobierno— son ex ministros y ex vicepresidentes poco capaces de hacer un buen trabajo parlamentario en la oposición. Las únicas buenas noticias de estos días de vértigo son que para ETA será muy difícil justificar su siguiente asesinato en una sociedad por fin opuesta al terrorismo de manera monolítica y que Zapatero, si sabe mantener la ortodoxia económica que le legó Aznar, con crecimiento sostenido por arriba de la media europea, superávit de las finanzas públicas, y un paulatino abatimiento del desempleo, podrá traer aire fresco en muchos ámbitos de la vida nacional, en donde las tradicionales posturas de la derecha española —aún por domesticar en tantos y tantos asuntos, como el respeto al estado laico y a la pluralidad ideológica, la integración de los inmigrantes, la necesaria condena del franquismo, etcétera— sólo han significado encono o retrocesos. ~

— Madrid, a 15 de marzo de 2004