Michael Jackson como personaje de thriller

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Lo que hace falta en la vida es tener un par de narices, suele decir Hugo Sánchez. Y he ahí el problema: Michael Jackson no lo tiene. Posee, apenas, unos orificios respiratorios en mitad de la cara, que suele ocultar tras un tapabocas cuando sale a la calle —no se sabe si por pudor, coquetería o legítima vergüenza. Como la gran esfinge de Egipto, el “rey del pop” no tiene nariz. Y ésa es sólo la primera pista de que ha dejado de contarse entre los humanos y ha pasado al terreno de los monstruos de fantasía, en algún lugar indeterminado entre el catoblepas y el coco.
     Uno se acostumbra a todo en la vida, menos a no tener nariz. Nos hemos habituado a la pegajosa música de Jackson, a sus bailecitos, a sus millones de discos vendidos y dólares gastados, a sus líos familiares, a sus affaires —reales o imaginarios— con hijas de Elvis, púberes de doce años y hasta indiferentes chimpancés. Nos hemos acostumbrado a sus cirugías plásticas, a que su piel fuera negra y que, luego de tratamientos que sus promotores llaman “una rara enfermedad”, resulte hoy día más blanca que la de Michelle Pfeiffer. Nos acostumbramos a todo, pero ahora nos sorprende que no tenga nariz. Ni éxito. Ni casa disquera. Ni dinero. Y que esté fichado por la policía de California y enfrente amenazas de quiebra y prisión.
     En 1986, Jackson había vendido casi ochenta millones de copias de discos como Off the Wall y Thriller. La cifra, más o menos, representaba que le hubiera tocado uno de sus discos a cada nativo mexicano de la época si al presidente De la Madrid se le hubiera ocurrido comprarlos todos. No es que la humanidad lo hubiera confundido con Beethoven: sólo que desde que había conmovido a las masas con “Ben”, una canción de amor para una rata, Michael “hacía latir los corazones de todos”, a decir de Liza Minelli. Las estaciones de
     radio de EU programaban una de sus piezas, en promedio, cada hora. Y sus videos musicales se convirtieron desde su aparición en clásicos del género (y quizá permanecerán inigualados por siempre: pocos osarían repetir una coreografía de cuerpos putrefactos que mueven la patita al compás, como sucede en Thriller).
     Ni la descocada Madonna, ni la versión achaparrada de Little Richard que era Prince alcanzaban por entonces las suelas del éxito de Jackson —y no se diga lo que importaban en comparación los cabecillas del rock de la época, como U2 o The Cure: poco o nada. Uno encendía la televisión y ahí estaba su cara chata —y su redonda nariz—, en plena interpretación de alguno de sus himnos. Y si no, aparecía en un noticiero la imagen de un agente de tránsito que daba silbatazos al ritmo de sus canciones y se meneaba evocándolo en pleno eje vial. O resonaba su música como fondo de un comercial de pantalones. O se descubría a media docena de estrellitas locales, exaltadas de peinados y ropajes como los suyos, que bailaban sin despegar los pies del piso, como él.
     Para 1987, las cirugías plásticas ya habían convertido su rostro en una parodia de Liz Taylor. Sin embargo, sus peculiaridades comenzaron a ser comentadas con menos indulgencia, en la medida en que álbumes como Bad (1987) y Dangerous (1992) fracasaron en igualar el éxito de sus predecesores. Cuando un mozo despedido de Neverland, el inmenso rancho californiano del cantante, deslizó el rumor de que Jackson, de hecho, cohabitaba con los menores que invitaba a pasar el fin de semana con él, su popularidad comenzó a mostrar más que grietas.
     En 1993, Jackson fue acusado formalmente de abusar de un niño. Canceló una gira mundial de promoción para enfrentar el asunto. Y aunque no aceptó culpabilidad alguna, acabó por desembolsar una suma millonaria para solucionar el caso fuera de los tribunales.
     Durante el último decenio hemos leído que gastó 150 mil dólares en una maldición vudú contra Steven Spielberg, que salió a las calles de Nueva York portando una pancarta en la que acusaba al entonces presidente de Sony —y actual esposo de Thalía—, Tomy Mottola, de ser ni más ni menos que Satanás, que sacó por una ventana a diez metros de altura al menor de sus hijos, Prince Michael ii, y lo sacudió de mala manera ante los fotógrafos, que sus pocas ganancias y enormes gastos lo tienen al borde de la quiebra…
     Pero la última hazaña de Jackson desbordó el vaso: la fiscalía californiana ordenó arrestarlo el 17 de noviembre, bajo cargos de “abusos deshonestos” contra un menor, y la prensa mundial se regodeó en la imagen del antiguo ídolo de multitudes esposado y vencido en una comandancia. Tres millones de dólares tuvieron que ser desembolsados para solventar la fianza, y el sujeto espera ahora un juicio que podría ser el epitafio de su carrera.
     Michael Jackson ha sobrevivido en el interés público a casi todos sus contemporáneos, ha sobrevivido a las modas de los setenta y ochenta que lo impulsaron, y ha obtenido un lugar en el folclore popular a la altura de Elvis Presley o Marilyn Monroe. Pero también se ha consumido por el camino casi hasta el tuétano.
     Como ciertos apestados de la antigüedad, parece condenado a pasar el resto de su vida sin nariz, para que no pueda ocultar nunca el tamaño de su desgracia. ~

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