Museo en exhibición

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Tras cuatro años de espera, el Museo de Arte Moderno de Nueva York estrena el cuerpo que el arquitecto Yoshio Taniguchi y los 425 millones de dólares de inversión le han confeccionado. Con motivo de su 750 aniversario, el pasado 20 de noviembre el moma reabrió las puertas de su legendario espacio ubicado en la calle 53 de Manhattan, iniciando no sólo avalanchas para entrar sino extensos debates que también sobrepasan la Quinta Avenida. Desde el vacío provocado por la destrucción de las Torres Gemelas, hasta el desconcierto de las elecciones presidenciales, la ciudad, que se hallaba arrebatada ante los efectos de aquellos dos martes eternos, resucita su epicentro de modernidad y recobra su gusto por lo inesperado.
     En noviembre de 1929, pocas semanas después del viernes negro de la gran depresión estadounidense, el moma abrió su sede en un pequeño espacio rentado en el edificio Heckscher, mostrando la obra de cuatro artistas que no eran admitidos en otros museos del país. Así, el arte de Van Gogh, Cézanne, Gaugin y Seurat inauguró las instalaciones provisionales del primer museo de arte moderno del mundo. Lo que comenzó gracias al apoyo de tres esposas multimillonarias se consolidó diez años más tarde en lo que se calificó como “el primer edificio del Estilo Internacional en América”, realizado por los arquitectos Philip L. Goodwin y Edward Durell Stone, sobre el actual emplazamiento. Las palabras de corte futurista de su fundador, el historiador de arte Alfred Barr —”Este museo es un torpedo que se desplaza a través del tiempo, cuyo cono es el presente que continúa avanzando y cuya cola es el pasado de hace cincuenta o cien años que continúa alejándose”—, han definido siempre esta institución, y se convierten ahora en el eco que acompaña el estreno y cuestiona su futuro.
     Las 150,000 obras del siglo xx que componen lo que se considera la colección más importante de arte moderno en el mundo cuentan no sólo gran parte de la historia del arte, sino delatan también el papel de la arquitectura a través de los años. Las ampliaciones llevadas a cabo por Philip Johnson en 1951 y en 1964, o la de Cesar Pelli en 1984, que dotó al espacio con un ambiente más próximo al de un centro comercial, reflejan la relación cambiante entre el arte y sus contenedores. Desde el carácter experimental de la primer instalación, o el edificio de 1939 de escala casi doméstica, hasta el ineficiente y desbordado supermercado de arte en el que se había convertido en los últimos años, el museo, como tantos otros, confunde las cifras de taquilla como medida de excelencia cultural.
     Pasando del laboratorio al templo, el moma, próximo a museos como el Tate Modern de Londres, el Centre Georges Pompidou parisino, o el Guggenheim Bilbao, acelera su paso y se presenta con el nuevo rostro e infraestructura que estaba pendiente. La nueva propuesta integra las distintas capas históricas del edificio, al tiempo que confiere una imagen renovada. El sello sobrio del arquitecto, famoso por su repertorio de museos en Japón, ayudan a que el edificio, que ha duplicado su capacidad a 58,000 metros cuadrados, quede inmerso amablemente dentro del corazón de Manhattan. Hace siete años, cuando Taniguchi ganó el concurso, el moma rechazó la arquitectura provocativa de estudios como los de Herzog & de Meuron o Bernard Tschumi, dando la espalda a la ideología moderna que tanto presumía. Como lo ha hecho también recientemente el Whitney, que tras casi veinte años de encargos fallidos para remodelar su museo de Madison, creado por el bauhasiano Marcel Breuer en 1966, finalmente ha decidido rechazar el proyecto de Rem Koolhaas canjéandolo por la propuesta menos abrupta de Renzo Piano. Así, pese a su vocación vanguardista, la ciudad de los rascacielos, a la hora de elegir su arquitectura, vota con conservadurismo y miedo.
     El proyecto del japonés mantiene el adn del edificio anterior pero logra esclarecer su distribución interna, facilitando el recorrido al millón y medio de visitantes que se esperan anualmente y que ahora ganan un ambiente bañado por luz natural y amplitud. El edificio de seis niveles sorprende por la perfección en los detalles y el uso de materiales elegantes. El jardín de esculturas, una de las mejores partes del espacio anterior, se amplía con maestría, y aunque pierde su aspecto casi místico, logra reunir las diferentes piezas que conforman el edificio. A pesar de ser la primer obra de Taniguchi fuera de Japón, el arquitecto, de 67 años de edad, consigue una integración inteligente entre el museo y su contexto. Con una inversión total de 858 millones de dólares, incluyendo los gastos ocasionados por el cambio de la colección a la sede temporal de Queens, ubicada en una antigua fábrica de grapas, la renovación del moma ha costado lo que ocho Guggenheim de Bilbao. Pero la ampliación, que es vista más como un proyecto urbano que como un ejercicio de identidad arquitectónica, crea cierto suspenso sobre la postura que la institución tendrá ante el arte y la arquitectura del siglo xxi.
     El moma, que con su exposición de 1932 “Modern Architecture: International Exhibition” importó las vanguardias europeas a América creando el Estilo Internacional en la arquitectura, que en 1988 organizó la exposición “Arquitectura deconstructivista”, cerrando el capítulo del posmodernismo, y que bajo el título de “Light Construction” celebró en 1995 la arquitectura que hoy se hace a partir de la transparencia y ligereza, define, con la remodelación de su sede, una postura cuyos efectos aún están por verse. Mientras unos agradecen que la arquitectura no compita con el arte ni con la ciudad, a otros les inquieta que el Museo quede encerrado en su propia historia. –