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¿Existe la generación del crack, la de los hijos del boom? Parece que algo se mueve. Eduardo Mendoza: "Todos esos hijos del boom, Volpi, Padilla, Garcés, por ejemplo, no sé qué pasará […] Vienen con ganas de ocupar un terreno, cosa que hasta ahora no me parece que hubiera sucedido. Se incorporaban nombres a la fiesta, pero que no venían dispuestos a hacer su propia fiesta, y creo que ahora esto está empezando".
     La narrativa latinoamericana vuelve a interesar en España coincidiendo, por otra parte, con cierto cansancio que empieza a producir la saturada Nueva narrativa española, que, desde mi punto de vista, cada día se va pareciendo más a una galería de cuadros copiados. Se ha producido una inflación, se ha escrito y publicado demasiada narrativa española. Empieza a vislumbrarse una crisis. Francisco Ayala: "Cualquiera es novelista en este momento. Se cometió la imprudencia de acabar con el analfabetismo, y ahora va uno, coge un lápiz y un papel, cuenta un día de su vida y las paparruchas que se le ocurren, llega un editor y le edita el libro […] Hay buenos escritores, sin duda, pero hay cientos de escritores malísimos".
     Ayala tiene más razón que un santo. La Nueva narrativa española se está muriendo de éxito. Hay cientos de escritores malísimos, aunque apenas hay quien se atreve a decir algo, porque nos hemos vuelto chovinistas. Es horrible. Tantos años criticando el chovinismo francés y ahora resulta que los chovinistas son españoles. La prensa, por ejemplo, no para de decir que somos los mejores en tenis, en futbol, en golf. No hay día en que no leamos que el Nuevo cine español es de largo el mejor de Europa. El bombardeo mediático sobre el Óscar de Hollywood a Pedro Almodóvar fue un espectáculo bochornoso y provinciano, al que contribuyó el propio director al empeñarse en decirles a los americanos que el santoral de su pueblito manchego era el mejor del mundo. De repente, de tanto hablar de Almodóvar, todo el mundo se olvidó de Víctor Erice, nuestro mejor cineasta, al que un famoso productor le ha impedido llevar a cabo su ambiciosa adaptación al cine de El embrujo de Shangai, la novela de Juan Marsé. ¿De verdad que se encuentra el cine español en un momento tan espléndido cuando a su mejor director se le tiene arrinconado?
     Con nuestra narrativa, otro tanto. Se le ha estado prestando una atención desmesurada a cuanto aparecía como narrativa española. Se ha llegado a decir que había entre cuarenta y cincuenta novelistas buenos. Una verdadera barbaridad. La gente está empezando a cansarse al ver que son engañados demasiadas veces. Javier Marías: "A mi modo de ver, se está produciendo una saturación que resultará tal vez muy perjudicial, equivalente a la que se produjo con los novelistas latinoamericanos tras el boom. Se publicaron tantos, y todos fueron tan jaleados, que llegó un momento en que los lectores españoles, engañados demasiadas veces, dieron la espalda a todo cuanto venía de América Latina. El hartazgo ha durado un par de decenios".
     Ese hartazgo parece estar llegando a su fin, algo se mueve, se habla de una generación del crack. Y todo esto al mismo tiempo que la narrativa española está entrando en una cierta crisis. Sobre el futuro de la nueva narrativa latinoamericana en España está claro que el mercado es quien tendrá la última palabra. La primera ya la tuvo ese mercado. Porque no seamos ingenuos: el interés repentino por otra narrativa que no fuera la tan jaleada narrativa española no se produjo por romanticismo o por un "vamos a interesarnos de nuevo por nuestros hermanos del otro lado del Atlántico"; se produjo cuando el mercado interior en España se puso por las nubes, los agentes elevaron el nivel de los adelantos y entonces, dado que la tendencia era la lectura de textos en lengua española, los editores ampliaron el mercado en Latinoamérica, donde podían volver a cobrarse las importaciones y donde las políticas neoliberales desprotegían y siguen desprotegiendo a las editoriales autóctonas.
     Así las cosas, se tiene la impresión de que en territorio español puede volver a generarse un boom latinoamericano como el de antaño. Bienvenida sea esa eclosión si llega. De hecho, es una eclosión que viene gestándose desde hace ya tiempo. Primero llegaron los que vendían mucho en Francia y Alemania, epígonos del realismo mágico: Isabel Allende o Luis Sepúlveda. Más tarde, el sexo y el exotismo de Zoe Valdés. Después, Abilio Estévez, los premiados por Alfaguara, unos cuantos imitadores de Reynaldo Arenas y, en fin, una vistosa colección de epígonos de los epígonos del sector más rancio del realismo mágico. Y un día de pronto, empezó a bajar una gente distinta de los vagones de un tren que también él comenzó a experimentar cambios. Llegaron los premios a Bolaño y a Volpi, autores desmarcados del boom y de alta calidad. Y con ellos, aunque tímidamente, ha comenzado a llegar la gran fiesta, ha empezado a llegar lo mejor —siempre lo mejor viaja en un furgón de cola de lujo—, han empezado a llegar las obras de ciertos autores para mí enormemente interesantes: autores que, por su sentido de la ruptura y el riesgo, avanzan ahora por los andenes españoles con el discreto aire de los rezagados. Aira, Fontaine, Fresán, Rey Rosa, Sada, Villoro, por ejemplo.
     Pero se produce un hecho que tanto chovinismo español convierte en divertido. Es algo que acaba de señalar el crítico y editor Constantino Bértolo en la magnífica revista de literatura latinoamericana Guaraguao, que se edita en Barcelona. Seguimos pensando que todo pasa por España, que somos el centro. Una vez más, hemos vuelto a insistir en una versión españocentrista del asunto, sin tener en cuenta que en la realidad mundial de ahora tal visión es más un sueño (imperial) que un hecho factible. Ya no somos la metrópoli. Basta viajar a México para comprobarlo. Allí la literatura regional castellana —esa tan jaleada por los chovinistas mesetarios— no es más que el bochornoso espectáculo de la provincia. Porque, si lo miramos bien, es muy posible que la nueva lectura de lo latinoamericano se esté gestando en territorio de los Estados Unidos. –