Retrato de familia en Expaña

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Ahora miras ese retrato de familia que, por las posturas de los retratados y la luz artificial, por el telón de fondo en que está sugerido un vago salón encortinado, participa del carácter de una foto posada entre actos por los actores de un drama. En el retrato hay un hombre, una mujer y dos niños, los cuatro mirando hacia ti, que después de transcurrido más de medio siglo los contemplas sabiendo, sí, de quiénes se trata, pero a la vez sabiendo que son otros: los desconocidos habitantes de un país extraño, de esa España de la que no eres, pues tú eres de otro país: el Exilio. Y en realidad no miran hacia ti, sino a la lente de la cámara del fotógrafo que en esa tarde estaba retratando a esos cuatro De la Colina-Gurría, de los cuales Concha y Jenaro, las dos personas mayores, saben que son los últimos momentos de estar junta la familia, porque pocas horas después Jenaro, a quien se ve con el uniforme de capitán de infantería del ejército republicano (¡un anarcosindicalista en uniforme militar!), tomará el tren de retorno al frente y no se volverá a ver sino casi dos años después, en Francia, recién salido del campo de concentración de Argelès-sur-Mer, flaco, sin afeitar y cargado de piojos que le será muy difícil expulsar de su pellejo.
     Jenaro es en la foto un hombre de treinta y un años, delgado, enérgico y guapo, y está de pie, algo moreno por el sol del frente de guerra, con el cabello muy corto al modo militar, con una camisa reglamentaria cruzada delante por dos correas en equis, un pantalón de campaña, de perneras metidas en botas de caña, y un ancho cinturón con cartucheras. De su mirada, dirigida hacia fuera de cuadro y hacia la izquierda, fluye una eventual leve bizquera y una especie de energía inútil, exasperada. Él sabe que vamos a perder Santander…
     Delante de él, sentada en una silla, se halla Concha, una mujer de veintisiete años, menuda, pálida, no guapa pero de grandes y bellos ojos morunos, con ropa clara. Se la ve triste y solitaria aun estando acompañada, y su mirada, vuelta hacia la derecha, hacia fuera de cuadro, en realidad no mira, está ensimismada; y tú, más de medio siglo después, puedes leer en sus bellos ojos que ella no entiende del todo el momento, ella nunca ha entendido de políticas, sólo entiende que su marido se volverá al frente, y que no se sabe lo que nos espera a todos.
     Delante y un poco a un lado de Jenaro y Concha, están dos niños de caras redondas, con abrigos y camisas blancas y pantalones cortos, peinados con raya a un costado: Raúl, de dos años, rechoncho, con una apatía plácida, sentado en la banqueta junto a Concha; y Novel, o sea tú, un año mayor que tu hermano, estás de pie y también al lado de tu madre, apoyado en su regazo, con ojos tal vez un poco asustados por la mirada del aparato fotográfico. Porque el fotógrafo, después de pedir quietud absoluta, quizá ha dicho: ¡Atención, mirando a la lente, que voy a disparar!
     El fotógrafo, el hombre que desde luego no está en la foto, que metía la cabeza en una amplia manga negra, detrás de un enorme aparato negro y cuadrado con un ojo central apuntado hacia la familia, habrá dicho que va a disparar como si fuese a fusilar a los retratados para resucitarlos luego en la frágil perduración de la imagen, perpetuándolos contra ese típico fondo de estudio fotográfico profesional, con espesas cortinas pintadas en un gran bastidor, sugeridoras de un convencional salón burgués que desde luego los retratados no poseen en la realidad y que se halla como esfumado en una niebla intemporal y ajena a la Historia, la cabrona Historia que ya está, con mala voluntad y fingiendo imparcialidad, tejiéndole una trama de guerra, destierro y otras desventuras a la familia Colina-Gurría.
     Es una foto con aire serio y un tanto crispado en su aparente tranquilidad. Es también triste, porque ninguno de los fotografiados esboza siquiera una sonrisa. Si acaso el fotógrafo solicitó la sonrisa de la familia, lo hizo más por rutina profesional que por otra cosa, pues él, hombre del partido socialista, amigo del jefe de esta familia, también tiene que saber que las cosas en Santander, y en toda España, no están precisamente alegres. (Unos días después, el 26 de agosto de 1937, entrarán las tropas de Franco en Santander.)
     Del grupo en la foto, Concha y Jenaro ya no respiran sino en el recuerdo, pero de otra manera también son fantasmas los niños que allí están, porque ahora, cuando escribes esto mirando por momentos hacia la foto, tanto Raúl como Novel (que ése era entonces tu nombre) ya son muy otros. Y la foto misma es un fantasma, una imagen sin latidos cuyo color sepia ha venido a ser para tu mirada el color mismo del tiempo, o mejor dicho, de Otro Tiempo, el de España, ahora tu Expaña. –

Ahora miras ese retrato de familia que, por las posturas de los retratados y la luz artificial, por el telón de fondo en que está sugerido un vago salón encortinado, participa del carácter de una foto posada entre actos por los actores de un drama. En el retrato hay un hombre, una mujer y dos niños, los cuatro mirando hacia ti, que después de transcurrido más de medio siglo los contemplas sabiendo, sí, de quiénes se trata, pero a la vez sabiendo que son otros: los desconocidos habitantes de un país extraño, de esa España de la que no eres, pues tú eres de otro país: el Exilio. Y en realidad no miran hacia ti, sino a la lente de la cámara del fotógrafo que en esa tarde estaba retratando a esos cuatro De la Colina-Gurría, de los cuales Concha y Jenaro, las dos personas mayores, saben que son los últimos momentos de estar junta la familia, porque pocas horas después Jenaro, a quien se ve con el uniforme de capitán de infantería del ejército republicano (¡un anarcosindicalista en uniforme militar!), tomará el tren de retorno al frente y no se volverá a ver sino casi dos años después, en Francia, recién salido del campo de concentración de Argelès-sur-Mer, flaco, sin afeitar y cargado de piojos que le será muy difícil expulsar de su pellejo.
     Jenaro es en la foto un hombre de treinta y un años, delgado, enérgico y guapo, y está de pie, algo moreno por el sol del frente de guerra, con el cabello muy corto al modo militar, con una camisa reglamentaria cruzada delante por dos correas en equis, un pantalón de campaña, de perneras metidas en botas de caña, y un ancho cinturón con cartucheras. De su mirada, dirigida hacia fuera de cuadro y hacia la izquierda, fluye una eventual leve bizquera y una especie de energía inútil, exasperada. Él sabe que vamos a perder Santander…
     Delante de él, sentada en una silla, se halla Concha, una mujer de veintisiete años, menuda, pálida, no guapa pero de grandes y bellos ojos morunos, con ropa clara. Se la ve triste y solitaria aun estando acompañada, y su mirada, vuelta hacia la derecha, hacia fuera de cuadro, en realidad no mira, está ensimismada; y tú, más de medio siglo después, puedes leer en sus bellos ojos que ella no entiende del todo el momento, ella nunca ha entendido de políticas, sólo entiende que su marido se volverá al frente, y que no se sabe lo que nos espera a todos.
     Delante y un poco a un lado de Jenaro y Concha, están dos niños de caras redondas, con abrigos y camisas blancas y pantalones cortos, peinados con raya a un costado: Raúl, de dos años, rechoncho, con una apatía plácida, sentado en la banqueta junto a Concha; y Novel, o sea tú, un año mayor que tu hermano, estás de pie y también al lado de tu madre, apoyado en su regazo, con ojos tal vez un poco asustados por la mirada del aparato fotográfico. Porque el fotógrafo, después de pedir quietud absoluta, quizá ha dicho: ¡Atención, mirando a la lente, que voy a disparar!
     El fotógrafo, el hombre que desde luego no está en la foto, que metía la cabeza en una amplia manga negra, detrás de un enorme aparato negro y cuadrado con un ojo central apuntado hacia la familia, habrá dicho que va a disparar como si fuese a fusilar a los retratados para resucitarlos luego en la frágil perduración de la imagen, perpetuándolos contra ese típico fondo de estudio fotográfico profesional, con espesas cortinas pintadas en un gran bastidor, sugeridoras de un convencional salón burgués que desde luego los retratados no poseen en la realidad y que se halla como esfumado en una niebla intemporal y ajena a la Historia, la cabrona Historia que ya está, con mala voluntad y fingiendo imparcialidad, tejiéndole una trama de guerra, destierro y otras desventuras a la familia Colina-Gurría.
     Es una foto con aire serio y un tanto crispado en su aparente tranquilidad. Es también triste, porque ninguno de los fotografiados esboza siquiera una sonrisa. Si acaso el fotógrafo solicitó la sonrisa de la familia, lo hizo más por rutina profesional que por otra cosa, pues él, hombre del partido socialista, amigo del jefe de esta familia, también tiene que saber que las cosas en Santander, y en toda España, no están precisamente alegres. (Unos días después, el 26 de agosto de 1937, entrarán las tropas de Franco en Santander.)
     Del grupo en la foto, Concha y Jenaro ya no respiran sino en el recuerdo, pero de otra manera también son fantasmas los niños que allí están, porque ahora, cuando escribes esto mirando por momentos hacia la foto, tanto Raúl como Novel (que ése era entonces tu nombre) ya son muy otros. Y la foto misma es un fantasma, una imagen sin latidos cuyo color sepia ha venido a ser para tu mirada el color mismo del tiempo, o mejor dicho, de Otro Tiempo, el de España, ahora tu Expaña. –