Rodríguez Monegal: perpetuo móvil

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Emir Rodríguez Monegal (Melo, Uruguay, 1921-New Haven, Estados Unidos, 1985) abrazó varias disciplinas: profesor, investigador, crítico de cine, de teatro y de literatura, director de publicaciones culturales, scholar. Más allá de tales etiquetas, tanto en sus años mozos en Montevideo como en sus etapas adultas en el exterior (Francia, Inglaterra, Norteamérica), fue una figura: una persona que irradia un carácter y un estilo que se vuelven centrales y animan a su entorno. Temperamento crítico y pedagógico, aquí en Montevideo tuvo a su cargo las páginas literarias del semanario Marcha (1944-1959) y del diario El País (1960-1968) y compartió responsabilidades en la conducción de la revista Número (1949-1955). En esas fechas, que cubren una primera etapa de su desarrollo, su activismo intelectual se caracterizó por una voluntad de revisar el repertorio literario del país desde una perspectiva analítica nueva, que mucho se alejó de las complacencias y complicidades de un medio que las tenía por habituales. Trabajos como José Enrique Rodó en el Novecientos (1950), Objetividad de Horacio Quiroga (1952; algo más tarde reelaborado como Las raíces de Horacio Quiroga) y Eduardo Acevedo Díaz (1963) dan testimonio de un escrutinio ensayístico que llegaría a una transitoria culminación con Literatura uruguaya del medio siglo (1966). Este título, que recoge la casi totalidad de sus preocupaciones uruguayas y se ha vuelto de consulta inevitable, tiene en la mayoría de sus páginas una andadura de crónica rápida y espumosa que la hace llevadera y es muy de agradecer.

La labor de Rodríguez Monegal en Marcha y en El País impuso un tono profesional, de celo examinador y de distancia ante lo que se enjuicia; además, y acaso como complemento de tal actitud, se empeñó en traspasar las fronteras nacionales. En efecto, allí la visión crítica y el rigor del método se pretenden universales, la conciencia se desea ecuménica y los valores y las mediciones que se aplican son semejantes a los que regirían en cualquier latitud. De ahí, de esa amplitud vicaria, surge el interés –interés que, en su caso, se convierte en una doctrina– por difundir las corrientes más vanguardistas y removedoras que sacuden a las literaturas del mundo y los nuevos autores que las encauzan y representan. Es fama que fue en las secciones de Rodríguez Monegal, anglófilo superlativo en un país de afrancesados, que aquí se leyó por vez primera a Eliot, a Pound, a Virginia Woolf, a James Joyce.

Integrante de lo que se conoce canónicamente como la “generación del 45” (un grupo de intelectuales de enorme influencia en la segunda mitad del siglo pasado), compartió con ese elenco un afán por renegar de las estructuras mentales y políticas que habían conformado el suelo y el subsuelo históricos del país hasta entonces. Ése fue, conviene recordarlo, el primer gran paso que provocó a poco andar la ruina de lo que en una época se bautizó “la Suiza de América”. ¿Hasta qué grado alentó en esa postura de Rodríguez Monegal una reacción estética contra una coyuntura intelectual de prosa administrativa y de miras municipales? ¿Su reclamo y su protesta se afincaron en pareceres ideológicos y sociológicos? ¿Hasta dónde no fue un hijo más del espíritu de un tiempo muy datado?

El desempeño posterior de Rodríguez Monegal –lo que debe considerarse la segunda etapa de su evolución– inclina a que se tenga por más razonable la primera explicación esbozada. Un libro como Borges / Una biografía literaria (1978), y las directivas literarias con las que gobernó a comienzos de los setenta del siglo pasado su revista Mundo Nuevo (que por cierto fue vinculada, no sin algún escándalo, a la diplomacia cultural que el Departamento de Estado de Estados Unidos desplegó en ciertos tramos de la Guerra Fría), hablan de un alejamiento de los argumentos de índole extraliteraria y de un progresivo adentrarse en la interioridad del texto literario y en su autarquía creadora y, sin olvidar jamás los anclajes circunstanciales que lo provocan y lo sostienen, en las reverberaciones del lenguaje en cuanto moción principal del hecho literario. Así, y de más en más, los textos de Rodríguez Monegal ilustran un criterio abierto de fuerte arraigo estético y de filiaciones transgresoras, un criterio –cabe añadir– que, subido a la inquietud intelectual, no tiene reparos en abrevar en fuentes inspiradoras diversas, como el psicoanálisis, el formalismo o el estructuralismo. En esos trámites, la escritura se entiende y se practica como una militancia radical en la literatura en tanto literatura, con sus sangres y sus impurezas incluidas y, muy en especial, como un acto que se inscribe en una continuidad histórica en la que resulta imperioso discernir los orígenes fundadores y la reformulación y actualización que de ellos se practica.

A tales postulados orientadores debe añadirse el ejercicio simpático, irónico y sin complejos de un género de características tan impertinentes y enemistosas como es el de la crítica literaria, vuelto en sus manos una manera de oxigenar el universo de la creación. Por lo demás, el apoyo de Rodríguez Monegal a los autores más atrevidos literariamente del llamado “boom latinoamericano” (su apoyo a Manuel Puig, a Guillermo Cabrera Infante, a Severo Sarduy), y su comunidad de intereses con la poesía concreta brasileña (mantuvo una entrañable amistad con Haroldo de Campos), son otras tantas estaciones de una elección (de una dicción) que crecerá y se ahondará. Por último, y en el final de su vida, cuando ya se sabía herido de muerte, se aplicó a escribir Las formas de la memoria, una obra autobiográfica de largo aliento de la que tan sólo terminó la primera entrega, titulada Los magos (1989). Es una pieza en la que, por vez primera en su trayecto, se compromete entero, en cuerpo y alma, y en la que demuestra una auténtica estatura de artista, es decir, de alguien que tiene una idea del mundo y una voz con la cual transmitirla. Nosotros, uruguayos, nos encontramos en ese libro con el paisaje geográfico y sentimental de un país ahora inexistente, a tal punto hemos cambiado. ~

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