Enrique González Pedrero (1930-2021)

Enrique González Pedrero (1930-2021)

González Pedrero hizo suyos los razonamientos y las convicciones de Tocqueville, pero, ayudado por el paisaje intelectual parisino de la posguerra, los actualizó y agregó presente histórico. Este entretejido de tutelas perviviría a lo largo de su trayectoria.
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Enrique González Pedrero fue una figura representativa –es decir, alguien que anima un entorno y alguien que lo tonifica– de la historia político-cultural del México de la última mitad del siglo XX. Lo fue en la práctica política y en la teoría política, en las manifestaciones intelectuales y en el ejercicio de la academia, actividades en las que dejó sus marcas y a través de las cuales, sea como ejemplo de una conducta personal o sea como irradiador de una pedagogía, por un lado forjó la formación de una vertiente de estudio y, por otro, de un elenco generacional. Fue, entonces, en el sentido más abarcador, y de más peso, de la palabra, un maestro; al aliar al hombre de acción y al hombre de reflexión, tuvo una influencia redoblada.

¿De qué modo, y por qué caminos, se adentró esa influencia?  Desde que, allá en su primera juventud, se fue a París a completar sus estudios, González Pedrero asumió como suya la tradición de la filosofía política francesa clásica, la que discurre sin sobresaltos de Montesquieu a Rousseau y la que desemboca en Alexis de Tocqueville. He aquí, en Tocqueville, la piedra fundacional que en gran medida habrá de vertebrar el futuro de González Pedrero y he aquí, si se quiere alargar el horizonte, la relación todavía palpitante con el presente activo que hoy se conjuga en el país.

Vayamos por partes. Ya sabemos que La democracia en América es la obra que, a partir de las observaciones que hace in situ su jovencísimo autor, desarrolla una clase inédita de análisis que tiene como telón de fondo la revolución norteamericana de 1776. Apoyándose en las consecuencias que esa revolución crea en los diferentes usos y costumbres de las ideologías que configuran el inmenso mapa de los Estados Unidos, Tocqueville descubre que allí despunta un nuevo sistema político que habrá de trascender los alcances del ciclo de las revoluciones y habrá de inaugurar una nueva legitimidad política: descubre, nada más y nada menos, que el advenimiento de la democracia. Pues bien: aquí cabe señalar que la primera, y para muchos ya canónica edición de La democracia en América hecha por el Fondo de Cultura Económica, lleva precisamente una introducción de González Pedrero.  Bien leído, ese texto suyo muestra una admiración y sirve como declaración de unos principios que de ahí en más serán rectores. Se trata de unos principios que, como se verá al enunciarlos, son los mismos que el país mexicano de entonces (o al menos, para mayor beneficio de la verdad histórica, una parte del país mexicano de entonces) querría apropiarse para así alentar su vocación republicana. A grandes rasgos, esos principios son la apuesta por la libertad y la igualdad llamados a trabajar con la justicia social y la justicia institucional, y, rodeándolos y configurándolos, señoreando como figura principal, el régimen democrático. Tales valores y tales instrumentos habrán de tensar dramáticamente el propio desarrollo de una democracia que en lo sucesivo tendrá que cuidar –Tocqueville es el primero en apuntarlo– con celo político y atención intelectual a todo cuanto pretenda interponérsele. Las utopías inspiradas en la esperanza redentora o las leyes que rigen la historia según el cuño marxista, por ejemplo, sumados a los desmanes de un posible despotismo democrático que querría fundarse en la igualdad y de esa forma rebajar a la libertad, o en la virtual tiranía de una mayoría social, serán tentaciones que deberán atajarse y combatirse.

González Pedrero hace suyos los razonamientos y las convicciones del edificio levantado por Tocqueville. No obstante, ayudado por el paisaje parisino que se le impone en su estadía, los actualiza y les agrega presente histórico. En efecto, él incorpora a su bagaje los debates que marcan a la Francia de la posguerra, los que tienen como maîtres-à-penser a Jean Paul Sartre y Albert Camus, a un André Malraux intrépido y a la vez analítico, y a aquellos que se expresan en los semanarios Le Nouvel Observateur y L’Express, el primero con Jean Daniel y Edgar Morin y el segundo con Raymond Aron y Jacques Revel. Ellos son, de alguna manera, sea en el acierto o sea en el error, los continuadores de la gran corriente de pensamiento que amanece en el siglo XIX. Y algo más, y más importante. Ellos son los que, al vincular vivamente lo político y lo cultural, habrán de promover y garantizar, en el costado europeo, la fuerza de una sociedad civil que –anunciada, una vez más, cómo no, por Tocqueville– será considerada como clave de bóveda de la democracia que se construye.   

Este entretejido de tutelas pervivirá a lo largo del trayecto de González Pedrero. En una mitad del siglo XX mexicano que, al extenderse, transita por etapas que convierten al ejercicio de la democracia en un ideal que aquí se enaltece y más allá se denigra, que aquí despunta y más allá se elimina, González Pedrero concentrará sus empeños en una única tarea. Esa tarea,  simplificándola en una fórmula que se antoja pertinente, será la de situarse en posiciones que trabajen hacia la democracia, hacia la libertad, hacia la igualdad, hacia la institucionalidad. Trabajo que implica, entonces, y en su conjunto, avanzar hacia otro México. Y, además. aplicarse a tal trabajo basándose en la aspiración de marchar hacia una gestión de la honradez y hacia una responsabilidad en la cosa pública –hacia una reforma política que se desdoble en una reforma nacional y moral.

Los libros de González Pedrero ilustran, comentan y analizan ese pertinaz esfuerzo por salirse de un lugar inhospitalario o un extremo distorsionador y apostar por otro horizonte que los modifique y los corrija, enriqueciéndolos en un trámite que tenga a la democracia como referencia y garantía. Así lo hace La riqueza de la pobreza, así lo hacen los ensayos que organizan La cuerda floja y La cuerda tensa y así lo hace ese ciclo inagotable que se configura en País de un solo hombre. Cabe agregar, last but not least, que el itinerario de hombre público de González Pedrero intentó ser, en cada una sus vueltas, un refrendo y una confirmación de los desvelos y ideales que aquí se ha intentado inventariar. Figura representativa, sí, de un momento de nuestra historia, y figura cuyas trazas constitutivas tanto se desearía encontrar encarnadas con más frecuencia.

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