Sin habla

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Tina Brown, editora de profesión, acaba de dar por terminada, ahogada en deudas, su última aventura en los medios impresos. No habría sorpresa, ni motivo para una nota, de no ser porque la susodicha publicación es Talk, la revista que Brown fundó, recién desempacada de su puesto en The New Yorker, con los regordetes millonarios hollywoodenses Max y Harvey Weinstein, propietarios de la casa Miramax.
     Tina Brown, delgada, rubia y talentosa, está considerada en el medio editorial estadounidense como la editora más brillante de la industria. Su labor al frente del New Yorker es motivo de incontables anécdotas y no pocas leyendas. Cuando Brown tomó el mando de la revista favorita de La Gran Manzana, las páginas de la famosa publicación habían dejado de contar con un factor que, en el mundo neoyorquino en particular, es realmente importante: The New Yorker había olvidado cómo ser hip. Una revista es hip cuando tiene ese inasible atractivo para una gruesa gama de públicos: cuando es una lectura requerida, ansiada… necesaria. Después de haber dirigido Vanity Fair, donde levantó el perfil de la publicación con aquella inolvidable foto de Demi Moore en el último mes de embarazo y abrazando su propio vientre, Brown asumió el control de The New Yorker en 1992, la primera mujer en ocupar el máximo puesto editorial en los casi 70 años de vida de la revista. La decisión inaugural de la nueva jefe fue acortar los artículos e incluir una buena dosis fotográfica. The New Yorker aumentó su circulación y se convirtió, de nuevo, en una publicación indispensable para el buen neoyorquino. Cual si fuera una reencarnación del Rey Midas, Tina Brown se convirtió en una verdadera celebridad.
     Cuando Brown dejó el puesto y anunció, en 1999, que fundaría una revista con su propio sello en cada una de las páginas, el medio editorial enloqueció. Se cruzaban apuestas sobre el nombre y el giro de la publicación. Se especulaba ampliamente sobre los inversionistas detrás de la aventura. Se hablaba, como si fuera un asunto de máxima seguridad, del lugar de lanzamiento. Las dudas se despejaron al poco tiempo. La revista se llamaría Talk, competiría con Vanity Fair, sería mensual y tendría el apoyo monetario de los hermanos Weinstein. La fiesta inaugural fue un exclusivo affaire a orillas del Hudson, con fuegos artificiales y copas y copas de champaña. Como broche de oro, la sonriente editora anunció que su director de arte sería nada menos que Oliverio Toscani: los colores unidos de Benetton en la Quinta Avenida.
     Pero no era sólo el pedigree de Brown, el brillo de Toscani y el dinero de los Weinstein lo que auguraba el buen rumbo de Talk. Además, la editora estrella y sus asesores decidieron explotar un concepto novedoso y —aparentemente— blindado contra el fracaso: la sinergia mediática. Una parte central de la ventaja de Talk frente a su competencia sería, pensaba Brown, la cercana relación con Miramax, una casa productora de cine que tenía, antes que nada, una calificación altísima en la escala hip. En 1999, año de salida de Talk, Miramax había conseguido el máximo logro posible en Hollywood: un Oscar a la mejor película por Shakespeare enamorado. Los bonos de los Weinstein estaban por los cielos. Lo mismo ocurría, por supuesto, con todo el equipo actoral que rondaba los pasillos de Miramax. El lánguido rostro de Gwyneth Paltrow —la musa miramaxiana por excelencia— y la mirada apachurrada de Ben Affleck —galán de moda en casa de los Weinstein— no tardaron en aparecer en las páginas de Talk. Aquello era, pues, el poder de las estrellas en pleno: cine, mundo editorial, celebridad… éxito garantizado.
     Para desgracia de Tina Brown, algo pasó con Talk. A lo largo de sus tres años de vida, la revista nunca pudo despegar realmente. La fórmula editorial, dicen algunos, carecía de originalidad: demasiado parecida a Vanity Fair, sin propuesta propia, con un tono repetitivo ad nauseam. O tal vez ocurrió un choque de egos digno de una antología: después de todo, los Weinstein son famosos por sus berrinches tras bambalinas. Para la mayoría, sin embargo, el problema central de Talk fue la inenarrable capacidad de la editora de gastar dinero. Según las últimas cuentas, Talk incurrió en deudas cercanas a los 50 millones de dólares. En las páginas de Talk aparecieron, por ejemplo, decenas de fotografías, algunas tomadas por la lente del propio Toscani, de múltiples celebridades en plena fiesta (las famosas Talk parties). Entre los rostros extasiados del jet set neoyorquino (George Plimpton y compañía), Talk se quedaba seca.
     Hoy, la revista ya no existe. A decir de Time, el proyecto de Tina Brown no pudo sobrevivir, dados los errores cometidos, a las dificultades del medio editorial después del 11 de septiembre. Si antes del ataque a Nueva York la publicación ya estaba metida en problemas, después del derrumbe del WTC las cosas fueron de mal en peor. No hay que culpar enteramente, entonces, al equipo editorial: en un ejercicio de candidez ligeramente tétrico, Time admite que, tras el atentado, el ambiente editorial es el peor que ha visto Estados Unidos desde el principio de la Segunda Guerra. Quizá lo que ocurre es que Talk era sólo un símbolo más del lujo despilfarrado que le dejó a Estados Unidos la boyante era de Clinton, ese tiempo que, como está claro, ya no existe. O tal vez fue simplemente un buen experimento. Después de todo, el ojo mágico de Oliverio Toscani ya se ha visto recompensado con algunas creativas copias en lugares lejanos, muy lejanos del Nueva York de Tina Brown. –

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